Estudios y trabajos >Casimiro Bodelón Sánchez

EDUCADORES DE SEGUNDA GENERACIÓN: LAS ABUELAS Y LOS ABUELOS

En una cultura de <<usar y tirar>>, en la que los objetos (móviles, ordenadores, tecnologías punta) a los dos años ya son viejos y desechables, corremos el riesgo, por no decir el grave peligro de aplicarles a las personas idénticos criterios de valoración. Y digo esto, no porque ustedes o yo pensemos de esta forma o aceptemos esa mal llamada cultura del <<usar y tirar>>. Lo que ocurre es que yo soy muy consciente de la sabiduría que encierra el dicho: “REPITE A UN HOMBRE LAS VECES QUE SEA NECESARIO QUE ES UN PERRO Y ACABARÁ LADRANDO”. Vivimos rodeados de gente que a los abuelos, a las personas a partir de los 50 años, ya no los tiene en cuenta ni valora adecuadamente. Hay empresas que, por pura especulación económica (como si ese fuera el único y gran valor), pre-jubila a sus mejores activos.

 

En este ambiente donde parece que sólo lo <<joven>> es valioso, oímos demasiadas veces el mensaje de que somos <<perros>>: somos inservibles, somos una carga, somos clase pasiva, casi un estorbo que no aporta nada y gasta mucho... Pues, si tras oír estos mensajitos, más o menos directos, nos los creemos, ladraremos, es decir, nos retiraremos de la circulación social.

 

Pero yo me pregunto y pregunto a las personas que leen este artículo: ¿de verdad tienen ustedes la sensación y la convicción de que ya no valen para nada, de que no tienen nada que decir ni que aportar a los que les rodean?. Si esto fuera así, o si alguien lo piensa, sepa que ese tal empieza a “ladrar”, porque le han convencido de que es como un perro callejero, sin pedigree y destinado a la perrera...

 

Como muy bien saben y comprenden ustedes, estoy usando un lenguaje simbólico, para que cada uno lo “traduzca”, es decir, lo “traslade” a su personal realidad vivida cada día.

 

Si no nos paramos a reflexionar, ustedes y yo corremos el serio peligro de que alguien nos convenza de que ya no tenemos nada que hacer, nada que aportar u ofrecer. No debemos olvidar que en la antigüedad, precisamente las sociedades más avanzadas y más cultas eran gobernadas por un consejo de ancianos, de mayores, de veteranos, de “presbíteros”, porque eran los colectivos con mayor experiencia y conocimiento de la realidad, amén de poseer el espíritu y la mente más equilibrados.


Una vez planteada la cuestión desde esta perspectiva, nuestra perspectiva de personas mayores, quiero exponer una idea que me preocupa y de la que deseo hacerles partícipes, pues la considero importante, y ustedes como colectivo tienen mucho que decir y que aportar para su posible encauce.

 

El filósofo José Antonio Marina, autor de moda, famoso por sus libros: Ética para náufragos, Por qué soy cristiano, La inteligencia fracasada, entre otros, el 31 de enero último publicó un interesante artículo en la prensa titulado: <<La violencia en la escuela>>. No descubro nada nuevo si les digo que resulta preocupante (a mí me preocupa mucho) constatar el alto grado de violencia que se detecta entre menores tanto en las familias como en los centros educativos. José Aº Marina recuerda en ese artículo una idea luminosa atribuída a un venerable y sabio Jefe indio al que le preguntaron qué hacía falta para educar bien a un niño y él respondió: <<para educar bien a un niño hace falta toda la tribu>>.

 

Por su parte, el novelista francés André Malraux en “La condición humana” llega a afirmar <<se necesitan nueve meses para hacer a un hombre y un solo día para matarlo>>. Y yo afirmo: no basta con engendrar y parir a un hijo. Tras el parto hay que seguir gestando a nuestros hijos por lo mismo que certeramente dice Malraux en su novela: <<no se necesitan nueve meses, se necesitan cincuenta años para hacer un hombre; cincuenta años de sacrificios, de voluntad... de ¡tantas cosas!>>.

 

¡Cuántos sacrificios, cuántos esfuerzos, cuánta disciplina, cuánta voluntad... hacen falta para lograr un ser humano bien educado, responsable, alegre, feliz, un ciudadano de bien!

Madres y padres, maestras y maestros, educadores y educadoras saben lo mucho que cuesta esa noble tarea llamada <<educación>>; pero no sólo nosotros, también ustedes saben mucho de esto porque todos ustedes hoy siguen siendo EDUCADORES. Me explico: los niños, las niñas y los adolescentes del pueblo y de la ciudad, sin que en la mayoría de los casos nos percatemos de la situación, observan atentamente nuestra conducta, nuestro comportamiento. Observan si somos ciudadanos civilizados, amigos del orden..., o por el contrario si somos unos groseros, gruñones, mal hablados, egoístas, tercos o respondones...

 

Por eso tú, te llames como te llames, seas abuela o abuelo, con nietos o sin nietos, estés soltera o viuda, no debes olvidar nunca que eres <<educadora en activo>> y, como persona adulta, tienes obligación de ser una buena educadora, llevando una vida correcta.

 

¿Y por qué es tan importante que seamos conscientes de nuestra obligación de ser unos ciudadanos <<correctos>>?. Pues, por lo mismo que dice Malraux: un solo día, un solo mal ejemplo puede dar al traste con una vida que se inicia y puede torcerse de forma definitiva e irreversible, sin que nos demos cuenta. Y esto es tan serio, tan grave que “ningún miembro de la tribu” se lo puede permitir, y hemos de repetirlo hasta la saciedad, para evitar tantas “muertes educativas”.

 

¿Dónde están los padres?

 

En la actualidad, como técnico de Servicios Sociales, recorro muchos kilómetros semanalmente, atendiendo varias escuelas de familia y constato una realidad: el 99,5% del peso educativo de los hijos recae sobre las madres..., y constato aún más, en los casos en los que hay ausencia de madre, las cosas aún van peor. Miren, toda orfandad es mala, malísima para la crianza y la educación de la prole, pero mientras existe una madre, las criaturas, aunque sea a trancas y barrancas, salen a flote.

¿Qué está pasando hoy, debido al trabajo del padre y de la madre?, que, de alguna forma, se da cierta orfandad (¿?) temporal de los hijos y éstos se “desmadran”, “se despadran”, se construyen mal.

 

Para educar todos somos necesarios, y algunos, indispensables

 

Aquí es donde quiero poner el acento, un acento que involucra a toda persona que lea estas líneas. La sociedad tiende a marginar, a dejar en la cuneta como inservibles, a ciertos colectivos. Uno de esos colectivos es el de las personas mayores. Pues yo les digo: en educación todos somos necesarios, y los jubilados (abuelas o abuelos), como madres-padres, como simples y sencillos ciudadanos, son absolutamente necesarios en esta tribu para sacar adelante a nuestros retoños.

 

En educación los absentismos, voluntarios o involuntarios, queridos o permitidos, tienen consecuencias nefastas para la sociedad, cuya base está formada por las niñas, los niños, los y las adolescentes. Estas criaturas necesitan mucho del apoyo y el ejemplo de los adultos para aprender a vivir “correctamente”.

Toda orfandad tiene consecuencias negativas para los huérfanos, pero en educación hoy tenemos mucha más orfandad que antaño y así nos va. Las que han sido madres saben mejor que yo que se necesitan 9 meses de gestación, pero yo como educador tengo que decirles a todos ustedes, que una persona no está hecha y acabada tras nueve meses de gestación en el vientre materno. Dice Malraux que luego se necesitan otros cincuenta años para seguir madurando adecuadamente, en la placenta familiar, en la placenta escolar, en la gran placenta social... pero de estas placentas TODOS SOMOS RESPONSABLES, y las irresponsabilidades sociales crean muchas orfandades de muy mal pronóstico y peor arreglo.

 

Nuestra sociedad actual, compleja, rica, plural suele olvidarse de algo elemental: tras el maravilloso milagro que supone todo nacimiento, tras esa gestación materna de nueve meses, para seguir inyectando vida a esa criaturita, todas las manos son pocas, porque son muchas las necesidades. Los ojos inquisidores de los niños y de las niñas, de las adolescentes y de los adolescentes, de los y las jóvenes, nos miran, nos observan a diario y esperan de nosotros una mirada cálida de acogida, un gesto de apoyo, una compañía que les ayude a perder el miedo y les enseñe a vivir, a disfrutar de la vida. Esperan de nosotros la seguridad, la protección, la serenidad y el equilibrio que a ellos les falta y se nos supone a los adultos.

 

Sí, eso que parece tan sencillo, VIVIR, se convierte en un problema para muchas personas jóvenes, porque los adultos no somos buenos consejeros, buenos acompañantes, porque los dejamos mucho tiempo solos y huérfanos de calor humano; ellos se refugian en la TV, en el ordenador, en la Internet... y esos instrumentos les dan muchas cosas, pero no les dan calor ni calidad humana, por eso su sensación de orfandad, y sus respuestas de agresividad desmadrada, por pura vaciedad.

El edificio familiar se viene a tierra cuando falla alguna de las columnas: padre o madre. Y el edificio social se viene también a tierra cuando los “adultos” en lugar de responder adecuadamente como adultos, nos portamos como niños caprichosos e inseguros y como si no tuviéramos nada que ver con la tribu.

 

Un aviso personal: ¡mucho cuidado con ciertos experimentos “arquitectónicos” en el área familiar y social! Alguien ha dicho que en temas de importancia, los experimentos, sólo con gaseosa, por las consecuencias que suelen traer. Creo que se me entiende.

 

Lo voy a decir muy clarito, porque es mi punto de vista: educativamente hablando, no me gustan las familias experimentales con padre o madre “ausente” o en “fuga permanente”. Los hijos necesitan figuras “presentes”... y cuando los padres o las madres, por las circunstancias que sean no pueden estar presentes, es bueno que haya figuras que los sustituyan con presencia cercana. Personas que dediquen tiempo a estar con ellos, para que no se sientan huérfanos; personas que les sirvan de patrón para su modelado. Esta presencia familiar y social evita muchos “desmadres” y muchos “despadres” fruto de la orfandad real en la que viven muchos menores y jóvenes, porque a sus padres malamente les llega el tiempo para llevar unos euritos a casa para comer, vestir y pagar la hipoteca. ¡Estamos olvidando que la gran hipoteca pendiente es la educación de los hijos! ¡ese es el negocio, sí, “nec-otium”! Y a otros padres-madres, con suficientes euros o nivel económico, se les ha olvidado o nunca lo aprendieron, que “economía” es el arte de gobernar la casa (oikos), y no el arte de acumular propiedades. Todo buen gobierno tiene sus prioridades para hacer un buen negocio. Pero, lamentablemente, en el negocio educativo tenemos demasiados “ociosos” en las familias.

 

Pues si no sabían en qué emplear su tiempo, para seguir siendo útiles, aquí tienen una llamada: son convocados todos ustedes para ejercer de EDUCADORES DE SEGUNDA GENERACIÓN, PARA SALVAR A LA PRIMERA Y EVITAR SU ORFANDAD. ¡Casi nada! Para que algún descerebrado venga diciendo que los mayores ya no sirven para nada... y resulta que son ustedes, una vez más, indispensables. Gracias, abuelos, abuelas, jubilados, jubiladas, por estar ahí, siempre dispuestas a echar una mano... o las dos.

 

León, 27 de marzo de 2006.

Casimiro Bodelón Sánchez, Psicólogo