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El viviente

Domingo 3º de Pascua (ciclo B)

Año litúrgico 2005 – 2006 (Ciclo B)

Introducción

Jesús de Nazaret, que vivió una historia no muy larga hace dos mil años, tuvo que morir para alcanzar su plenitud humana, pues su cuerpo, como el de todos los hombres, estaba lleno de limitaciones. Pero Jesús es un viviente. Éste es, posiblemente, el mensaje central del Evangelio. En efecto, después de su muerte no quedó para siempre en el reino de la nada, de la oscuridad, sino que Dios le ha dado una existencia nueva: la glorificación, que dice la Escritura. Ahora bien, el destino de Jesús no sólo se aplicó a él, sino que también nos afecta y nos beneficia a todos los humanos, pues Jesús es el primero, el modelo de cómo este Dios nuestro se comporta con todos los hombres. La vida de cada uno de nosotros no termina con la muerte, sino que nuestro Padre Dios hace que se desarrolle en plenitud más allá de nuestra historia terrena. La sociedad rica occidental no quiere ni oír hablar de la muerte, a pesar de ser el hecho más universal y el que más influencia tiene en la vida de las personas. Nosotros los cristianos debemos ir aprendiendo a enfrentarnos a ella como lo hizo Jesús de Nazaret. Para eso estamos en esta celebración eucarística.

Pautas para la homilía

Las lecturas de hoy nos ofrecen un fino análisis de cómo los discípulos llegaron al convencimiento de que Jesús de Nazaret es un viviente y las implicaciones que esto lleva consigo.

 

LA DUDA. Ante la muerte de seres queridos –y Jesús lo era sin duda para sus discípulos– surge incontenible en nosotros el deseo de que no estén muertos. Pero con igual fuerza aparece la certeza de que lo están. No es fácil convencernos de que realmente estén vivos. Los discípulos vivían precisamente esa enorme duda ante la muerte de Jesús, a pesar de que algunos contaban que lo habían visto.

 

EL CONVENCIMIENTO. Cualquiera de nosotros disiparía completamente sus dudas de fe si se encontrara con la situación que narran los evangelios: Jesús aparece en medio de sus discípulos y les enseña las manos y los pies. Esto parece una prueba irrefutable. Pero los evangelios no pretenden mostrar palpablemente un cuerpo resucitado, porque esto no es posible. Utilizan todas esas imágenes con otra intención bien diferente: indicar sin ningún género de duda que Jesús es realmente un viviente, no una fantasía creada por algunas mentes. Además, que este viviente no ha sufrido una aniquilación de su identidad, sino que por el contrario la identidad gloriosa que ahora disfruta conecta armónicamente con la que tuvo cuando vivió con ellos. Estos relatos nos enseñan también que los discípulos dudaron –como no podía ser de otra manera–, pero que el convencimiento al que llegaron después fue tan firme o más que el que proporciona lo que entra por los ojos. Dicho sea de paso, muchas veces lo que nos entra por los ojos no es más que una apariencia, un engaño; y frecuentemente las cosas que vemos no son en realidad lo que parecen.

 

¿Cómo llegaron al convencimiento de que Jesús es un viviente y no un muerto? En las comidas eucarísticas. Nos dicen los evangelios que los discípulos reconocieron a Jesús al partir el pan; que se les apareció cuando estaban reunidos comiendo; que les pidió de comer; etc., expresiones todas ellas que hacen referencia al banquete eucarístico. ¡Qué diferente debió de ser la comunicación que había en aquellas eucaristías de la iglesia primitiva y la que existe ahora en las nuestras! Pues bien, del mar de inseguridades en que está sumida nuestra vida a diario, sólo pueden sacarnos y darnos seguridad las comunidades apropiadas. Así, por ejemplo, de las inseguridades de la salud, las comunidades sanitarias; de las inseguridades del conocimiento, las comunidades escolares; de la inseguridad económica, las comunidades económicas. Y de las inseguridades de la fe, sólo las comunidades de creyentes pueden liberarnos y darnos seguridad; nunca otro tipo de comunidades.

LA MISIÓN. Todos los relatos de las apariciones de Jesús resucitado terminan con un mandato dirigido a los que, como resultado del convencimiento, se han convertido en testigos. Nos podemos preguntar, sin embargo, el por qué de tal relación entre la resurrección y la misión, pues parece que no basta con la acción poderosa de Dios, sino que es necesaria también nuestra participación para que se produzca la resurrección de los hombres. Y así es, en efecto. Porque si la glorificación no es otra cosa que la consecución de la plenitud humana, a ésta se llega a través de un proceso, en el que cada uno de nosotros tiene su parte activa y su responsabilidad. Por eso, para alcanzar la plenitud después de la muerte, no vale haber vivido de cualquier manera la historia personal. Jesús fue glorificado por Dios porque su vida en Galilea se desarrolló en continua sintonía con el Padre. Los que acepten ser testigos tienen la misión de ir removiendo en sí mismos y en los demás todo aquello que sea un obstáculo en el camino de ir alcanzando la plenitud humana. En el fondo en eso consiste la liberación del pecado.

 

Llama poderosamente la atención lo que es capaz de hacer un hombre como Pedro, que después de la negación y de la duda se ha convertido en testigo convencido de que Jesús es un viviente. Señala con el dedo acusador a los que cometieron injusticias. Lucas, en los Hechos, describe esas injusticias cometidas por los jefes del pueblo con remarcados contrastes: condenar al inocente y al autor de la vida e indultar al asesino. Quien quiera ejercer esa tarea de testigo de la resurrección, que sepa que la vida no va a resultar un camino de rosas. Los profetas fueron perseguidos y asesinados por denunciar las injusticias. Pero, ¡ojo!, no cualquier denuncia es un testimonio de la resurrección. Jesús y los apóstoles tuvieron como guía de su acción el cumplimiento de las sagradas Escrituras y a ellas apelan constantemente. Un verdadero testigo de la resurrección ha de hacer lo mismo, para que sus acciones no sean justificación de intereses mezquinos y egoístas, un peligro que nos acecha con demasiada frecuencia.

 

Baldomero López Carrera