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La sabiduría


Domingo vigésimo OCTAVO del
Tiempo Ordinario

Año litúrgico 2005 - 2006 - (Ciclo B)

 

1ª LECTURA (Sap 7, 7-11)

Lectura del libro de la Sabiduría.

 

Por eso supliqué, y me fue concedida la prudencia; oré, y vino a mí el espíritu de sabiduría. La preferí a los cetros y a los tronos, y en su comparación tuve en nada la riqueza. Ni la comparé a piedra inestimable, pues todo el oro en su presencia es un poco de arena, como lodo es reputada la plata ante ella. La amé más que a la salud y la belleza y preferí su posesión a la misma luz, porque su resplandor es inextinguible. Me vinieron con ella todos los bienes, pues ella tenía en sus manos una riqueza incalculable.

 

SALMO RESPONSORIAL (Sal 90)

Enséñanos a contar nuestros días
para que adquiramos un corazón sabio.
Vuelve con nosotros, Señor.
¿Hasta cuándo? Ten piedad de tus siervos.
Llénanos de tu amor por la mañana
para que vivamos alegres
y contentos todos nuestros días,
convierte en alegría
los días en que nos castigaste,
los años en que padecimos las desgracias,
manifiesta tus obras a tus siervos
y tu esplendor a sus hijos.
La bondad del Señor, nuestro Dios,
esté con nosotros.
Haz prosperar la acción de nuestras manos;
sí, haz prosperar la acción de nuestras manos.

 

2ª LECTURA (Heb 4,12-13)

Lectura de la carta a los Hebreos.

 

La palabra de Dios es viva y eficaz y más aguda que espada de dos filos; ella penetra hasta la división del alma y del espíritu, de las articulaciones y de la médula, y es capaz de juzgar los sentimientos y los pensamientos. Y no hay criatura alguna que esté oculta ante ella, sino que todo está desnudo y descubierto a los ojos de aquel a quien debemos dar cuenta.

 

EVANGELIO (Mc 10,17-30)

Lectura del santo Evangelio según San Marcos.

 

En aquel tiempo, al salir Jesús de camino, un hombre corrió a preguntarle, arrodillándose ante él: «Maestro bueno, ¿qué tengo que hacer para alcanzar la vida eterna?». Jesús le dijo: «¿Por qué me llamas bueno? El único bueno es Dios. Ya conoces los mandamientos: No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás falso testimonio, no estafarás, honra a tu padre y a tu madre». Él dijo: «Maestro, todo eso lo he guardado desde mi juventud». Jesús lo miró con amor y le dijo: «Te queda una cosa que hacer: Anda, vende todo lo que tienes, dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo. Después, ven y sígueme». Al oír esto, el joven se fue muy triste, porque tenía muchos bienes. Jesús miró alrededor y dijo a sus discípulos: «¡Qué difícilmente entrarán en el reino de Dios los que tienen riquezas!». Los discípulos se quedaron asombrados ante estas palabras. Pero Jesús les repitió: «Hijos, ¡qué difícil es entrar en el reino de Dios! Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre en el reino de Dios». Ellos, más asombrados todavía, se decían: «Entonces, ¿quién puede salvarse?». Jesús los miró y les dijo: «Para los hombres esto es imposible; pero no para Dios, pues para Dios todo es posible». Entonces Pedro le dijo: «Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido». Jesús dijo: «Os aseguro que nadie deja casa, hermanos, hermanas, padre, madre, hijos o tierras por mí o por el evangelio, que no reciba el ciento por uno ya en este mundo, en casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y tierras, con persecuciones, y en el siglo venidero, la vida eterna.

Introducción

Todos los pueblos a lo largo de la historia han tenido como meta el vivir bien, el ser felices. Y han llamado “sabiduría” precisamente al “saber vivir”, al saber ser felices. Sabia, por tanto, no es la persona que tiene muchos conocimientos en ciencias o en letras, sino la que sabe sacar a la vida un buen sabor, la que sabe ser feliz. Ahora bien, ¿en qué consiste ese “vivir bien”, o, lo que es lo mismo, la felicidad? Las respuestas han sido múltiples y variadas, pues resulta evidente que el contenido de la felicidad no ha sido igual para todas las culturas ni es el mismo para todos los humanos. Y si buscamos una explicación a tanta variedad, tenemos que decir que cada cultura, cada pueblo, cada individuo entiende por la felicidad según el modelo humano o estilo de ser hombre que tenga como referencia. Por eso, el buen sabor de la vida, la felicidad, no será igual para un creyente que para un ateo o para un agnóstico, para un musulmán que para un cristiano o para un budista, para nuestros abuelos que para nosotros, pues cada uno tenemos un modelo humano distinto como referencia. Las lecturas de hoy nos enseñan qué sabiduría y qué felicidad ha de buscar un seguidor de Jesús de Nazaret.

Pautas para homilía

La sabiduría que nos enseña a ser felices con el consumo

¿Qué es lo que nos hace felices hoy? ¿Qué sabor de la vida perseguimos con decidido empeño y cuál la sabiduría que utilizamos para ello? Es evidente que la mayoría de los seres humanos, tanto los que vivimos en países ricos como los pobres que arriesgan su vida por alcanzar nuestra tierra, buscamos un sabor de la vida aderezado casi en exclusividad con valores económicos y biopsíquicos. Son valores biopsíquicos, en primer lugar, los que se refieren al disfrute de la salud y a la lucha contra la enfermedad. Ninguna cultura ha valorado tanto como la nuestra el tener un cuerpo sano, lleno de vigor, siempre joven, brillante, bien equilibrado en sus formas, atrayente, aseado y bello. No tenemos más que mirar cuáles son hoy nuestros modelos estrella y cuántas energías y dinero empeñamos en imitarlos. También son valores biopsíquicos todo aquello que produce placer en nuestros sentidos: olores, colores, sabores, tactos, sonidos tienen hoy una importancia que no tuvieron en épocas pasadas. Los programas de televisión en torno a los sabores de la mesa tienen de antemano el éxito asegurado. La poderosa industria del perfume nos deleita con amplísimas gamas de olores. La suavidad en el tacto ha de caracterizar a la casa y a los enseres, a las prendas de vestir, a las sábanas y a todo lo que nos rodea. Se consideran también valores biopsíquicos los que se refieren a los placeres del sexo; ninguna cultura como la del consumo ha desarrollado tanto este campo. Finalmente, pueden ser considerados como valores biopsíquicos los que dicen relación al bienestar psíquico. Todos los medios (alcoholes, drogas, medios audiovisuales, técnicas psíquicas o gimnasias específicas) son buenos con tal de que se consigan los placeres psíquicos deseados.


Pero si nos hacen felices los valores biopsíquicos, no tienen menor protagonismo en esta función los valores económicos. Todo en nuestra cultura gira en torno a la producción y al consumo de estos bienes. Cuanto existe, sean aguas, familias, plantas, organizaciones, personas, ciencias, cultos o dioses son tratados únicamente como bienes de consumo. Los grandes almacenes, mercados y supermercados son los auténticos templos de la actualidad. A ellos acudimos como fieles dispuestos a ofrecer sacrificios al “dios consumo”.


La sabiduría que se requiere para disfrutar este modelo de ser hombre
de la sociedad de consumo es extensa y profunda en lo que se refiere a valores biopsíquicos y económicos, pero no tiene en cuenta ni se preocupa del disfrute de otros valores tan importantes como los de la justicia, los de la belleza, los religiosos, los sociales, los del saber, etc. Nuestro saboreo de la vida, además, requiere continuo cambio de todo, lo que hace que nuestros compromisos con los bienes de consumo sean momentáneos, fugaces y provisionales, nunca ligadas a compromisos fijos y estables. Las fidelidades para toda la vida han desaparecido de nuestra cultura. Véanse, si no, los compromisos matrimoniales de hoy; en muchos casos no se diferencian del compromiso que se tiene con un coche o con unos zapatos, que se cambian cada dos días. También el modelo humano de sociedad de consumo conduce inevitablemente al egoísmo, pues si la estima de cada uno depende en gran medida de los valores económicos, es lógico que cada uno intente acaparar para sí el mayor número de ellos, aunque los demás se mueran de hambre. Pero lo más grave de este modo de ser hombre centrado casi con exclusividad en los valores económicos y los biopsíquicos es que dejamos a muchas personas sin poder disfrutar de este tipo de felicidad que hemos elaborado. Los muchísimos pobres, parados y marginados que hay en el mundo son un ejemplo acusador.

La sabiduría que nos orienta a saborear la vida y ser felices según el modelo humano inaugurado por Jesús de Nazaret.

En los textos sagrados, esta sabiduría es llamada sabiduría de Dios, el cual la regala y comunica a los hombres a través de su Palabra. El sabio cristiano, por tanto, es aquél que sabe vivir el modelo de vida que inauguró Jesús de Nazaret. Sus actuaciones y sus mensajes son la Palabra en la que encontrarán el camino quienes deseen disfrutar de la vida al modo de ese Jesús. Parece evidente que ser felices según el modelo inaugurado por Jesús de Nazaret y serlo según el modelo de la sociedad de consumo son dos modos muy diferentes y bastante incompatibles. Para la sociedad de consumo, la vida sabe casi con exclusividad a valores económicos y biopsíquicos. La Sabiduría cristiana en cambio nos dice: “vende todo lo que tienes para dárselo a los pobres”. No es que Jesús haya despreciado los valores económicos. Todo lo contrario; sin ellos no es posible la vida del hombre sobre la tierra. Pero, en el modelo humano cristiano, los valores económicos están al servicio del conjunto de la vida de todos los hombres. No puede haber gente harta mientras otros pasan hambre y necesidades. Por eso, mientras la sabiduría de la sociedad de consumo nos aconseja acaparar bienes económicos, la sabiduría cristiana nos exige compartirlos. De ahí que el vivir la vida al modo como la vivió Jesús de Nazaret sea frecuentemente juzgado como una necedad y hasta como una locura por otras sabidurías, especialmente por la de nuestra sociedad de consumo. Además, esta felicidad de la sociedad de consumo ejerce sobre las gentes una atracción y una seducción casi irresistibles. De ahí que saborear la vida al modo de Jesús de Nazaret nos resulte hoy más difícil que nunca. Sin embargo, vemos que quien es atrapado por esa sabiduría de Dios, la prefiere a los cetros y a los tronos, a la riqueza y a la salud. Ha confiado en que seguir esta manera tan decidida de Jesús “es imposible para los hombres, pero no para Dios, porque para Él no hay nada imposible”.

 

Baldomero López Carrera