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El resucitado.



8 abril 2007 (C)
† DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR.

1ª LECTURA (He 10,34a. 37-43) Hemos comido y bebido con él después de la resurrección

En aquellos días Pedro tomó la palabra y dijo: «Vosotros conocéis lo que ha pasado en Judea, comenzando por Galilea, después del bautismo que predicó Juan: cómo Dios ungió con el Espíritu Santo y llenó de poder a Jesús de Nazareth, el cual pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el demonio, porque Dios estaba con él. Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en el país de los judíos y en Jerusalén. Ellos lo mataron, colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó al tercer día y le concedió que se manifestase no a todo el pueblo, sino a los testigos elegidos de antemano por Dios, a nosotros, que hemos comido y bebido con él después de su resurrección de entre los muertos; y nos encargó predicar al pueblo y proclamar que Dios lo ha constituido juez de vivos y muertos. Todos los profetas testifican que el que crea en él recibirá, por su nombre, el perdón de los pecados».

 

Sal 117. Este es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo.

2º LECTURA: Col 3,1-4. Buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo.

Hermanos, ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde Cristo está sentado a la diestra de Dios; pensad en los bienes de arriba, no en los de la tierra. Vosotros habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando Cristo se manifieste, él que es vuestra vida, entonces vosotros también apareceréis con él en la gloria.
O bien:
1Co 5,6b-8. Quitad la levadura vieja para ser una masa nueva.

EVANGELIO: Jn 20,1-9. El había de resucitar de entre los muertos.

O bien: (tarde) Lc 24,13-34. Le reconocieron al partir el pan.

El primer día de la semana, al rayar el alba, antes de salir el sol, María Magdalena fue al sepulcro y vio la piedra quitada. Entonces fue corriendo a decírselo a Simón Pedro y al otro discípulo preferido de Jesús; les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto». Pedro y el otro discípulo salieron corriendo hacia el sepulcro los dos juntos. El otro discípulo corrió más que Pedro, y llegó antes al sepulcro; se asomó y vio los lienzos por el suelo, pero no entró. En seguida llegó Simón Pedro, entró en el sepulcro y vio los lienzos por el suelo; el sudario con que le habían envuelto la cabeza no estaba en el suelo con los lienzos, sino doblado en un lugar aparte. Entonces entró el otro discípulo que había llegado antes al sepulcro, vio y creyó; pues no había entendido aún la Escritura según la cual Jesús tenía que resucitar de entre los muertos.

Introducción

Hay muchas maneras de dar respuesta a la gran pregunta humana de qué será de nosotros después de la muerte, qué nos espera o qué debemos esperar tras ese terrible oscurecimiento de nuestro existencia. Los cristianos creemos que resucitaremos con y como Cristo, que fue el primero en ser llevado a una vida humana en plenitud después de su muerte. Para la fe cristiana, los muertos no existen. Como Cristo, pasaron por la muerte y resucitaron. Nosotros creemos que pasaremos por la muerte y seremos resurrección, vida plena en el ámbito misterioso de la plenitud de Dios.

 

Ahora bien, aunque esa vida en plenitud es obra gratuita de Dios, no se hará sin nuestra colaboración. Los resucitados hemos de ser resucitadores ya desde ahora. No podemos vivir como los que no creen en la resurrección. Nosotros estamos llamados a comprometernos a que desaparezca todo lo que hay de muerte a nuestro alrededor. Los miles de víctimas que a diario en nuestro mundo sufren el mismo destino doloroso que el Crucificado, han de empezar a disfrutar, con nuesta colaboración, de una nueva vida. Sólo así podemos dar testimonio de que la resurrección no es una mentira en la que no creemos nada más que de palabra.

 

Pautas para la homilía

 

1. LA RESURRECCCIÓN NO SE VE, SINO QUE SE CREE

Me dice un amigo que “si se hubiera instalado una videocámara en el sepulcro, no habría grabado nada”. Con demasiada frecuencia se ha entendido la resurrección de Jesús como un milagro que justifica la fe de los creyentes. Pero no es así; la resurreción exige y supone la fe. Que nadie, pues, intente buscar pruebas físicas de un hecho que no es físico. Ni la piedra movida, si el sepulcro vacío, ni el sudario son, en la intención de los evangelistas, una prueba demostrativa de la resurrección de Jesús. Cristo no volvió a la vida que tenía anteriormente, no es un “revivificado”, sino que ha adquirido una “nueva vida”, y ésta no se puede captar con los sentidos. Para hacer creíble la resurrección, no hemos de caer, pues, en la trampa de querer hacerla visible, porque, pretendiendo defender la fe, la estamos haciendo imposible.

 

Ahora bien, ello no significa que la resurrección sea una alucinación subjetiva. Pedro y los primeros creyentes experimentaron un encuentro real: Cristo se les “apareció”, y este encuentro transformó su vida. El cambio real que los apóstoles experimentaron lo atribuyeron a un don gratuito del Viviente Jesús, que los sacó de la desesperación y los llevó a una nueva fe y a una nueva vida


2. NO ES POSIBLE UNA VISIÓN INDIVIDUALISTA DE LA RESURRECCIÓN de CRISTO

La sociedad de consumo de los países ricos centra toda su atención en el individuo y en su propia satisfacción. También cuando los cristianos pensamos en la resurrección, tenemos la tentación de reducirla a “mi” particular destino definitivo, a “mi” resurrección, a “mi” plenitud. Pero nada hay más ajeno a la resurrección inaugurada por Jesús que esta visión individualista. Porque Jesús no fue resucitado aisladamente, sino como “el primogénito de muchos hermanos”, como el “primero” de todos, no como el “único”. Por eso, la plenitud que Él ha alcanzado incluye, como una exigencia necesaria, que también todos los humanos alcances su plenitud. Cristo ha resucitado como aquel que resucita. Por eso tiene sentido hablar de la resurrección al final de los tiempos, que quiere decir que cada uno de los muertos encontrará su plenitud cuando la alcancen todos los seres humanos de todos los tiempos. Por consiguiente, tener como único anhelo llegar a la propia plenitud como un individuo aislado, no es ésa una esperanza nacida de la resurrección de Cristo.

 

Y no termina en los humanos esta dimensión comunitaria de la resurrección de Cristo, pues también incluye al resto de los seres de la creación. La razón de ello está en que los humanos nos nutrimos de todos los entes de la Naturaleza y del Cosmos, y, en estos momentos, esos entes no están a la altura que requiere el ser humano resucitado, glorificado, que ha llegado a la plenitud. Por eso, también ellos han de alcanzar esa plenitud, con el fin de que no se produzca ningún desajuste entre el ser humano y la naturaleza. Sin la resurrección de la naturaleza tampoco puede darse una resurrección de los seres humanos. Cristo resucitado es el primogénito de toda criatura, no sólo de las criaturas humanas.

3. VIVIR COMO RESUCITADOS ES VIVIR COMO RESUCITANTES

La resurrec­ción es un proceso y no se puede reducir al momento inmediatamente posterior a la muerte. Resucitar comporta ya desde ahora nuevas relaciones con los seres humanos, con los seres de la creación y con el mismísimo Dios. La resurrección no fue en Jesús la ruptura con su vida histórica, sino una continuación. El resucitado que ven los discípulos tiene las llagas de la crucifixión. Posiblemente fue la vida singular de Jesús, de obediencia a Dios, de servicio a los oprimidos y de libertad para enfrentarse a las injusticias lo que impulsó en los discípulos el convencimiento de que Dios lo había resucitado. La resurrección –glorificación, elevación, exaltación– es algo que Jesús “recibe” como don en respuesta a su vida. Por eso la resurrección es una esperanza, pero también un modo de vivir. Pedro empieza su discurso contando lo que Jesús de Nazaret hizo en su vida histórica: pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos, porque éste –y no otro– era el plan de Dios. La experiencia de Jesús fue un ejemplo que provocó en los discípulos la participación humana en la lucha contra la injusticia. En la carta a los Colosenses, Pablo afirma que los que creen en la resurrección deben experimentar en su vida una transformación para participar en la nueva vida de Cristo, para alcanzar la plenitud humana. La resurrección es obra transformadora de Dios, pero cuenta con la par­ticipación humana.

 

El obispo Casaldáliga expresa su fe en la resurrección de la siguiente manera: “Porque resucitaré debo ir resuci­tando y provocando resurrección... a cada acto de fe en la resurrec­ción debo responder con un acto de justicia, de servicio, de solidari­dad, de amor. Nadie puede profesar honestamente su fe en otra vida, resuci­tada, si no profesa verdad, justicia y libertad en esta vida, dentro del tiempo convulso de nuestra caducidad. Para llegar a vivir el Nuevo Cielo y la Tierra Nueva tenemos que ir renovando radicalmente este cielo tantas veces opaco y esta tierra tan violada”.

4. LAS CELEBRACIONES LITÚRGICAS PARA ALIMENTAR LA FE Y LA ESPERANZA EN LA RESURRECCIÓN

Celebrar eucarísticamente la Resurrección significa confesar la fe y la esperanza en ella. Pero, al mismo tiempo, también significa alimentar esa fe y afianzar esa espe­ranza. Lo necesitamos. En primer lugar, porque la terrible oscuridad de la muerte desgasta continuamente la certeza de la resurrección, y las evidencias de lo palpable ponen a prueba las íntimas y difíciles claridades que nos aporta la fe. Sólo aquí en comunidad, con el recuerdo vivo de la muerte–resurrección de Cristo, con la fuerza de los textos bíblicos, con el calor de la vivencia comunitaria, se puede ir superando ese miedo a la muerte. En las oraciones eucarísticas, “en la fracción del pan”, cada “ocho días”, “el primer día de la semana”, en la “comida y bebida con Él” es donde los discípulos reciben la fe en que el Crucificado es ahora un Viviente.

 

En segundo lugar, necesitamos afianzarnos y no perder de vista los compromisos a que nos lleva la fe en la Resurrección. Pasar haciendo el bien no suele ser un camino de rosas. Los profetas, Jesús y muchos de los que hoy trabajan y luchan por la justicia han muerto asesinados. A los mejores, a quienes defienden al oprimido, la injusticia les da muerte. Los discípulos de Jesús se asustaron y huyeron a Galilea cuando Jesús, en quien habían depositado toda su esperanza mesiánica, murió impotente y abandonado por Dios en la cruz. Pero cuando se les “aparece” Jesús –en las celebraciones litúrgicas, dicen los textos sagrados–, transforma sus corazones y su vida. El encuentro con el Viviente les hace perder el miedo a la muerte y a los que matan. Y por eso tienen la valentía de denunciar a los que habían cometido la gran injusticia de asesinar a un hombre cuya único crimen había sido que pasó haciendo el bien. De esta celebración tenemos que salir con la fuerza necesaria para abrir nuestro corazón al amor y al perdón, a la justicia y a la fraternidad; para destilar bondad por todos nuestros poros y para gastar nuestra vida por el bien de quien lo necesita. Eso es creer en la resurrección.


Baldomero López Carrera