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El profeta.



19 de agosto de 2007
XX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Año litúrgico 2006 - 2007 - (Ciclo C)

 

Introducción

Las lecturas de hoy nos proponen como reflexión y vivencia la figura y la misión del profeta. “Profeta” (palabra que deriva de los términos “pro” = en lugar de, y “femi” = decir) es el que habla en lugar de otro. El profeta bíblico es el que habla en nombre del Dios de Israel, para lo cual necesariamente ha de identificarse con la causa de Aquél a quien representa. Y la causa de nuestro Dios es, entre otras cosas, que el pobre, el huérfano y la viuda –expresión bíblica para designar a los desvalidos– se liberen de su situación. Por eso, hablar en nombre de Dios es, en definitiva, hablar en nombre de los que no tienen voz, precisamente porque son los preferidos de nuestro Dios.

Jesús de Nazaret es el máximo profeta, porque es la manifestación humana del mismo Dios. Todo seguidor de Cristo necesariamente ha de ser profeta, ha de hablar en nombre del Dios de Jesús y prestar su voz a los que carecen de ella. “¡Ojalá todo el pueblo fuera profeta!”, dice el apóstol. El profeta cristiano tiene las palabras y actitudes de Jesús, está sensibilizado por todo lo que a él le conmovió. Desde esta sintonía con Jesús, el profesta cristiano exhorta, corrige, critica, consuela, da ejemplo y esperanza de que las utopías cristianas son posibles.

En esta celebración pedimos ser fieles a la causa de Jesucristo y adquirir o reforzar nuestra valentía para hablar en nombre de Jesús, es decir, en nombre de los que no tienen voz.

 

Pautas para la homilía

1. El encuentro del profeta con Dios

El profeta cristiano ha tenido una experiencia profunda del Dios de Jesús y ha sido “seducido” por Él, con lo que Dios se ha convertido en el centro de su vida y marca por completo todas sus acciones. Ahora bien, el profeta no se encuentra con Dios para gozar de Él, sino para cumplir la misión de transmitir a sus contemporáneos la causa de Dios. Hablar en nombre de Dios exige, pues, renunciar a la propia palabra para asumir el clamor de aquellos que sufren todo tipo de inhumanidades. Los que hablan de sus intereses y no de las necesidades ajenas, ésos no son verdaderos profetas de nuestro Dios.

2. El profeta cristiano ve la realidad desde la perspectiva de Jesús

La visión cristiana de la realidad es bien distinta a la que nos ofrece, por ejemplo, la sociedad de consumo. La primera puede descubrir ofensa a la fraternidad universal de los hijos de Dios donde la segunda no ve nada más que actividad productiva y comercial. Tal enfoque cristiano de la realidad no es cómodo ni fácil de adquirir y practicar para los que disfrutamos de una vida de abundancia. Hablando con lenguaje del Nuevo Testamento, todos pasamos junto al pobre, el hambriento, el desnudo, el enfermo, el marginado, sin descubrir en esa persona el rostro de Jesús. Todos aceptamos las falsas verdades de paz y seguridad que nos ofrecen los dirigentes del Primer Mundo, y nadie quiere darse cuenta de que se trata de una guerra injusta, cruel, continua de los países ricos contra los pobres, a la que enmascaramos con acuerdos de ayuda internacional. Hace falta un don especial para «ver» la realidad con los ojos del Dios de Jesucristo; para ver a todos los hombres como hermanos, para ver la ofensa a cualquiera de ellos como algo que me atañe personalmente, como un ataque a «mi propia carne» (Is 58,7). Si olvidamos este campo inmenso, diario, inmediato, de la visión profética, perdemos de vista lo esencial.

3. La principal fuente de conocimiento profético, el cauce más importante por el que Dios le comunica su mensaje al profeta es la vida real

Dios no se revela a los profetas en visiones espectaculares, sino en las personas y en los hechos que le rodean. Le hablan de Dios el rostro de las personas explotadas, los pueblos oprimidos por los impe­rios, los pobres que son juzgados con injusticia, la familia despojada de su casa y de su campo, el niño vendido como esclavo, las mujeres maltratadas, los inmigrantes que son rechazados, los enfermos y los ancianos desamparados. En los seres humanos y en las cosas, en la historia concreta de los pueblos es donde el profeta descubre a Dios.

4. El profeta nos echa en cara la mediocridad de nuestra vida cristiana

Donde hay un profeta, se ha acabado la tranquilidad que da el vivir un cristianismo mediocre. A la postre, el profeta resulta molesto para todos –no sólo para los poderosos–, pues a nadie permite aletargarse en el seguimiento de Jesús de Nazaret. El pueblo, también culpable, no merece contemplaciones para el profeta.


5. La resistencia a ser profeta

La misión que Dios encarga al profeta no tiene nada de atractiva, porque la palabra que transmite el profeta es de condena de las injusticias, y eso choca inevitablemente con los intereses de los que estamos aprovechándonos de esas injusticias. El profeta señala con el dedo a los autores de esas injusticias, sean reyes, empresarios, jerarquías religiosas o simples ciudadanos. Antaño, los poderosos respondían brutalmente encarcelando al profeta o condenándolo a muerte, como fue el caso de Jesús de Nazaret. También hoy siguen haciéndolo. Así ha ocurrido con Gandhi, Luther King, el obispo Romero, Ellacuría y con muchos cristianos que son críticos con los injustos. Pero los poderosos recurren también al aislamiento y al desprestigio, a la infamia y al sarcasmo, a la ironía y a poner en ridículo al profeta. ¡Cuentan para ello con los sumisos medios de comunicación social, que convencen al pueblo para que se vuelva contra ellos, los critique y los desprecie! No es extraño que la relación del profeta con Dios atraviese momentos de profunda crisis, por la dureza de su misión, porque los profetas deben hablar, se les escuche o no. No vienen a traer la paz, sino la división, como dice el Evangelio. Los que iban con Jesús hacia Jeruralén se daban cuenta de que nada bueno les podía esperar. Su vida y su predicación eran incomprendidas por la mayoría y despertaban grandes oposiciones. El destino en la cruz estaba ya muy cerca y Jesús se estremece. El profeta cristiano tiene que renunciar al gozo inmediato, como Cristo, y soportar la cruz sin miedo a la ignominia. (Hebreos)

6. El profeta habla con palabras y también con su vida

El mensaje del profeta cristiano no se reduce a palabras, sino que incluye toda su vida, porque nuestro Dios no es un dios que habite sólo en el lenguaje, sino en todos los ámbitos de nuestro ser. Los verdaderos profetas no sólo hablan, sino que también hacen. Los falsos profetas dicen una cosa y hacen otra.

7. Los profetas no sólo censuran, sino que también anuncian buenas noticias, utopías, porque confían en Dios

Los profetas no sólo ejercen el juicio condenatorio, sino que también anuncian buenas noticias. Son personas llenas de esperanza, de utopías, capaces de superar el desaliento; son animadores de los corazones destrozados y de quienes el destino les ha negado casi todo; siempre están al lado de los que apenas tienen ya fuerza para caminar por la vida. Los profetas saben, desde los tiempos de Amós, que Dios es ante todo salvador. Y la gran utopía que colma todas las esperanzas humanas es la resurrección, de la que nos habla la carta a los Hebreos. El gran profeta Jesús fue resucitado por Dios, y con él lo seremos también todos los humanos y el resto de los seres. Pero esa gran utopía tiene que ir siendo construida ya desde ahora por nosotros. Hablar en nombe de Jesús resucitado es ir elimando todo lo que suponga muerte y deterioro.

8. Falsos profetas

Para un cristiano son falsos profetas los que hablan en nombre de otros dioses; por ejemplo, en nombre del dios–consumo. Muchos quedamos seducidos por sus palabras; pero, a pesar de las maravillas que prometen, este dios–consumo produce mucho dolor en no pocas personas. También son falsos profetas los que tranquilizan la conciencia del malvado para que no se convierta de su injusticia.

9. Es necesaria una comunidad que sea capaz de hacer florecer profetas y, sobre todo, de apoyarlos en su misión

La profecía no es algo individual, los profetas no parten de cero. Hay una gran aportación de la comunidad al profeta. La educa­ción recibida en la familia o en el pueblo, lo aprendido en las celebraciones eucarísticas acerca de un Dios compro­metido con la historia, amante de la justicia, padre de huérfanos, protector de viudas, señor de la naturaleza, dueño de la vida y de la muerte, etc., todo ello ayuda a tener experiencias profundas de Dios y a que germine entre nosotros el don de la profecía. Pero los cristianos no sólo debemos enseñar a los profetas cómo es el modo de vivir de Jesús de Nazaret, sino que también debemos ofrecerles nuestro apoyo. El verdadero discípulo que opta por Jesús con todas las consecuencias, sufrirá muy a menudo la soledad y la incomprensión, porque su mensaje no es de componendas con un orden injusto, sino de resistencia y de inconformismo. En no pocas ocasiones son los no creyentes los que nos dan ejemplo en la sensibilidad por los problemas de los más desfavorecidos. Cuando esto sucede, ellos son los verdaderos profetas de la causa de Dios y no los que participamos en la asamblea eucarística.

 

Baldomero López Carrera