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La sociedad de consumo.



XXI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO.

26 de agosto de 2007

Año litúrgico 2006 - 2007 - (Ciclo C)

 

Introducción

Las lecturas de hoy nos proponen una confrontación entre el estilo cristiano y otros modos humanos de vivir. Los autores sagrados tenían a la vista comportamientos humanos concretos que no estaban de acuerdo con los que debía practicar un creyente en el Dios de Jesús. Hoy, como nunca había sucedido antes, un único modo de ser y de hacerse hombres se ha extendido por todos los rincones de nuestro planeta y ha invadido las conductas de muchos seres humanos: el de la sociedad de consumo. Frente a éste, los cristianos tenemos otro bien distinto: el que inauguró Jesús de Nazaret. En muchos aspectos son opuestos e incompatibles. ¿Por cuál optamos? Que la celebración de hoy nos sirva para no pasar de largo ante esta cuestión, sino para enfrentarse a ella y sacar las consecuencias pertinentes.

 

Pautas para la homilía

1. Las múltiples facetas, dimensiones o necesidades del ser humano

Podemos distinguir en el ser humano siete grandes grupos de necesidades: las necesidades biopsíquicas, que son las que se refieren al cuerpo y al psiquismo, tales como la salud, el placer de los sentidos, la sexualidad y los estados anímicos; las necesidades económicas, o de producción, comercio y consumo de bienes; las necesidades morales: que haya justicia, honestidad, generosidad, bondad en las relaciones humanas; las necesidades de saber y conocer acerca de todo; necesidades estéticas: que nos rodee lo hermoso, lo limpio, lo elegante, lo precioso; las necesidades sociales: cariño, acogida, educación, ayuda, amistad, democracia, legalidad, simpatía, compañía, etc.; y las necesidades religiosas: todo lo relacionado con los Dioses.


2. Ningún otro estilo de ser hombre anterior a nosotros ha desarrollado como el hombre de la sociedad de consumo todo lo que se refiere a la satisfacción de nuestras necesidades económicas y biopsíquicas

Por primera vez en la historia, hoy pueden producirse bienes económicos en cantidad suficiente para alimentar satisfactoriamente a los seis mil millones de personas que poblamos el planeta tierra (otra cuestión es la de que estos bienes estén justamente distribuidos). Los servicios de la salud alcanzan en estos momentos desarrollos inimaginados hasta hace bien poco; cultivamos con esmero nuestro cuerpo para que aparezca joven, bien equilibrado, atrayente, aseado y bello; nuestros sentidos reciben múltiples, intensos y variadísimos placeres; la sexualidad humana no conoce fronteras ni cortapisas en sus manifestaciones; los placeres psíquicos se han convertido en la estrella de nuestra forma de hacernos hombres: alcoholes, drogas, técnicas, gimnasias, amistades, etc. son buscados con ahínco para poder experimentar con intensidad estados psíquicos placenteros, para “estar a gusto”.

 

3. Pero este hombre de la sociedad de consumo ha olvidado todas las demás necesidades humanas y todos los demás valores

Nuestro estilo de ser hombre se construye únicamente sobre dos ejes: el económico y el biopsíquico. Sólo es valioso lo que desarrolla estas dos dimensiones humanas. El resto de las facetas del hombre se han puesto al servicio de la económica y de la biopsíquica; si no sirven para esta función, son suprimidas sin ningún miramiento ni pena. El consumismo es, pues, un estilo de ser y de hacese hombres que sólo valora lo que aporte valores económicos o biopsíquicos. Y este estilo de vida ha penetrado en todos los ámbitos y facetas de nuestra vida: en la familia, en el trabajo, en la escuela, en las diversiones o en la fe religiosa. Como consecuencia de ello, somos sensibles, nos atrae, disfrutamos, pensamos, nos movemos únicamente por lo que nos satisface económica o biopsíquicamente. Nadie parece dudar de que el consumo es ahora el nuevo dios en el que esperamos la liberación de todas nuestras calamidades. El consumo une a los pueblos como ningún otro valor lo ha hecho antes. El consumo es el horizonte que proporciona el sentido último a todas las experiencias de nuestra vida. Hoy los seres –también Dios– y las acciones son juzgados como “válidos” sólo si contribuyen a desarrollar los valores económicos y biopsíquicos para nuestra vida.

 

4. El consumismo produce una seducción y una atracción como nunca jamás lo ejercieron otros estilos de ser y de hacerse hombres

El atractivo que ofrece el modelo humano de la sociedad de consumo es el más cautivador de cuantos han existido a lo largo de la historia. Ningún otro modelo del pasado ha ejercido tanta seducción, no sólo para los que vivimos y disfrutamos en las sociedades de la abundancia, sino también para los pobres del Tercer Mundo, que arriesgan a diario sus vidas por llegar a las tierra de promisión en la que mana con abundancia el consumo. Además de seductor, este estilo de ser hombre no necesita maestros para su adquisición, puesto que se aprende espontáneamente y sin esfuerzo. Por eso ha entrado con facilidad y con una alegre aceptación en la mayoría de nuestras vidas. Los poderosos medios de comunicación son ahora los divertidos y afables educadores.

 

5. El estilo cristiano de ser hombre y el de la sociedad de consumo son bastante opuestos

El ser humano de la sociedad de consumo no necesita a Dios, porque la salvación, la liberación y la felicidad que nos ofrece el Dios personal, nos la da sin ningún problema (aparente) el dios consumo. El Dios de Jesucristo es un estorbo para el vivir consumista, porque nos exige como eje central de la vida el considerar a los demás como hermanos, lo que nos lleva, entre otras cosas, a repartir con ellos nuestros bienes. Pero cuando en nuestro modo de ser hombres la estima personal se basa en la cantidad de bienes que tenemos, es lógico que acaparemos únicamente para nosotros cuantos más mejor de esos bienes y que no los comportamos. Solidaridad de Jesús y el individualismo que exige el consumismo son a todas luces incompatibles, por muchas razones.

 

6. El estilo de vida inaugurado por Jesús de Nazaret es duro y necesita aprendizaje y decisión, cosa bien contraria al modo de ser hombre en la sociedad de consumo

El pasaje el evangelio de hoy nos presenta sin ninguna duda una imagen muy severa del mensaje de Je­sús. Él camina hacia Jerusalén, y él sabía que nada bueno le esperaba allí, pero no se desvía de este camino. Este dato es importante en el relato de Lucas, y el evangelista no lo insertó ahí como una anécdota descriptiva, sino que tiene una importancia cristológica de primer orden. Recorría las ciudades y aldeas enseñando cómo ha de ser un cristiano: serán pocos los que lo escojan (los que se salven). Ciertamente, el Dios de Jesús no es un Dios cruel, sino misericordioso, como aparece a lo largo de la Biblia. Pero este pasaje de Lucas afirma con rotundidad que el acceso al Reino es arriesgado y que Dios está aguardando nuestra respuesta. Ser cristiano –hacer de la vida un servicio a los demás– no es cómodo, sino que requiere un sólido entrenamiento, porque es una lucha continua, un combate, en el que se ha de mostrar gran firmeza y decisión. En construir el estilo de vida cristiano intervienen la iniciativa de Dios, el don de su amor, pero también el compromiso como respuesta humana. Y esta respuesta no se puede dilatar indefinidamente, “porque la puerta se cierra”. Hay situaciones en las que hay que actuar como cristiano, porque son irreversibles, y no se pueden dejar pasar.

 

7. Hoy el mayor adversario del estilo de ser cristiano es el modo de ser consumista

Si el evangelista nos habla de un combate, ¿contra quién se ha de luchar? Los cristianos, a lo largo de los siglos, han entablado combates de diversa índole –a veces encarnizados– con ateos, infieles y herejes. Hoy el “satán” es el estilo de vida basado en el consumo. Este enemigo se ha metido en casa y es el más peligroso de cuantos han existido. ¡Es tan seductor y agradable, que no lo vemos como enemigo, sino como un gran amigo y benefactor! Jerarquías eclesiásticas dedican todas sus energías a lanzar sus dardos condenatorios contra otros adversarios, que en la mayoría de los casos son inofensivos y que no son más que emisarios de este gran Satán, que, como decimos, no es otro que el modo de hacerse hombre de la sociedad de consumo. Este estilo de vivir produce grandes satisfacciones, es cierto, pero en pocas personas. Una gran mayoría de nuestros hermanos del planeta sufre las consecuencias de que sólo unos pocos disfrutemos sin medida de la sociedad de la abundancia. Este estilo de vida, repetimos, no necesita a Dios. No lo combate ni lo desprecia, simplemente lo ignora, no le preocupa ni lo más mínimo. Eso explica el enfriamiento y la ausencia en los países ricos de todo lo relacionado con Dios. Al igual que para los interlocutores de Jesús en el relato evangélico, hoy el modo de hacerse hombre según el estilo inaugurado por Jesús de Nazaret seduce a pocos e interesa cada vez menos. ¿Para qué aceptarlo o comprometerse con él?

 

8. El estilo de vida inaugurado por Jesús de Nazaret es un modo universal de ser y de hacerse hombres

Jesús es Dios y hombre verdadero, como dice el credo. Pero podemos precisar que no sólo es hombre verdadero, sino también que es “el verdadero hombre”. La razón es que el estilo de ser hombre inaugurado por Jesús de Nazaret atiende al desarrollo de todas las facetas del ser humano que señalábamos en el párrafo primero. Tiene como eje central la solidaridad –no en general, sino según el modo que practicó Jesús–. Y, cuando la gratuidad es el valor primordial, todo el resto de la vida propia y ajena es de otra manera. Un seguidor de Jesús de Nazaret debe cultivar con intensidad los valores biopsíquicos y los económicos, ciertamente, –Jesús fue acusado de comedor y bebedor–, pero no sólo ni principalmente ésos, sino todos los que desarrollan al ser humano. El modelo de la sociedad de consumo –que ahora es el que está implantado en casi toda la faz de la tierra– anula muchas facetas del ser humano, y eso produce mucho dolor en no pocas personas. Quizás sean los cristianos del Tercer Mundo los que, de momento, siguen mejor este estilo de Jesús de Nazaret, los que, parafraseando a Isaías, “anunciarán la gloria de Dios a las naciones”, o citando a Lucas, “Vendrán de Oriente y de Occidente y se sentarán a la mesa del reino de Dios”, mientras que los que históricamente hemos sido los primeros cristianos, hoy somos los últimos en el seguimiento del modelo de ser hombre inaugurado por Jesús de Nazaret. Padeceremos “el llanto y el rechinar de dientes” que genera seguir un modelo humano tan restringido y tan pobre como es el que nos ofrece esta sociedad a la que tanto amamos.

 

Baldomero López Carrera