Estudios y trabajos >Casimiro Bodelón Sánchez

CRUELDAD DE NIÑOS, IRRESPONSABILIDAD DE ADULTOS

 

 

 

 

Toda <<sinrazón>> tiene su razón, sólo es cuestión de buscarla, pero eso exige
meterse de lleno en el estercolero, y para ello hacen falta un par de narices. Hoy
escasean los que las tienen bien puestas y sin constipar, por eso “algo me huele a
podrido” en la educación que estamos dando a los menores.

PREAMBULO: una llamada de atención

Hace unos meses, mi colega y buen amigo Amando Vega, “maestro” en la Universidad el País Vasco, me decía en un correo electrónico: Casimiro, tienes que escribir sobre la responsabilidad de los padres y educadores en la educación de sus hijos. Tu experiencia en el trato diario con menores en conflicto no te pertenece, tienes que compartirla. Y, hete aquí que leyendo la prensa me topo con dos experiencias desagradables, y me digo: esta es la ocasión para echar mi cuarto a espadas, como me pide Amando. Por un lado, el juicio a unos menores que, con una crueldad escalofriante se ensañaron,“hasta desguazarla”, con una indefensa muchacha deficiente en Carabanchel. Por otro, las lesiones y las amenazas de cuatro mocosos de diez años a una compañera en un colegio de Ponferrada. En este caso, el tema llega al juzgado de menores por la respuesta improcedente, a mi modo de entender, por parte de la Dirección del Colegio que ni ha querido recibir al padre de la víctima, al considerar el atropello una falta leve.

Los menores, que son buenos, yo no lo pongo en duda, hacen a veces cosas que resultan gravemente perjudiciales y de consecuencias deplorables. A la hora de enjuiciar estas actuaciones de menores, los adultos deberíamos tentarnos la ropa y demostrar en la práctica que damos respuestas adecuadas, no tanto a nuestros gustos, cuanto a las necesidades de los ofendidos. Lo contrario es hacer grave dejación de nuestras obligaciones y un atropello a los derechos elementales de protección que tiene todo menor. Ya se sabe que ciertas conductas de menores nos crean incomodidades graves a los adultos, pero eso no puede llevarnos a consentir en la tentación fácil de mirar para otra parte y no darnos por enterados, porque a las víctimas se les puede causar un daño irreparable... y las lamentaciones no arreglan nada. ¡Más vale prevenir! Eso es lo que pretendo con esta llamada de atención.

LA CRUELDAD, UN HECHO GRAVE Y REAL

Las conductas crueles de grupos de menores hacia congéneres de la misma edad o más pequeños, ocasionan muchas más víctimas de las que nos imaginamos o de las que esporádicamente salen en la prensa diaria; y, desde mi perspectiva como educador, creo que los adultos somos responsables (también penalmente!) de las consecuencias por no tomarnos estos hechos con la seriedad que en sí requieren.

No vale eso de <<son cosas de niños y no hay que darles importancia>>. Seamos serios: los que piensan así, ¿le han preguntado a un niño o a una niña o adolescente cómo se siente al ser sistemáticamente menospreciada, perseguida o humillada (si no hay más!!) por un grupo de compañeros o compañeras?. Los adultos antes hemos sido niños y no podemos olvidar lo que sentimos en esas circunstancias u otras parecidas. O ¿es que lo pasamos tan mal que no queremos ni replantearnos el tema?. Hay conductas de niños que tienen una importancia vital, bien para ellos mismos, bien para sus iguales. Si olvidamos esto los adultos, no vamos a entender nada o casi nada de la problemática social que nos envuelve cada día

En los casi diez años que estuve al frente del malogrado Teléfono del Menor de los Servicios Sociales de la Diputación de León, escuché cientos de denuncias y quejas de menores que se sentían maltratados, humillados, perseguidos, amenazados por sus compañeros o compañeras de clase, y estos menores acosados y angustiados manifestaban que no les hacían caso ni sus profesores ni, en algunos casos, sus propios padres: sencillamente nadie daba importancia al sufrimiento verdaderamente grave que soportaban y que les hacía sentirse muy mal.

Los niños/as y adolescentes que son víctimas de la crueldad (no es cuestión sólo de maltrato físico; el sufrimiento moral puede llevar a consecuencias más perniciosas para quien lo soporta sin apoyo y en silencio), crueldad proveniente de sus iguales, esperan de los adultos una respuesta adecuada (contundente y rápida) en su defensa. Si ésta no se produce, las víctimas pierden lo que técnicamente llamamos confianza básica, absolutamente necesaria para el equilibrio emocional y la madurez personal. A partir de esa pérdida, tenemos como resultado tres posibles tipos de personas:

  • Los que, de por sí o con ayuda de alguien cercano (una amigo o amiga), superan el incidente.
  • Los que se hunden, crecen inseguros, atemorizados, y desconfiados van por la vida sin levantar cabeza. Ese atropello del que han sido víctimas inocentes y al que los adultos no hemos prestado la atención suficiente, los convierte en personas capitidisminuidas, incapaces de llegar a conseguir ni la mitad de lo que realmente sus capacidades les hubieran permitido en circunstancias normales.
  • Los de respuesta agresiva y sádica, capaces de cualquier barbaridad, tras una adolescencia o juventud hura a, introvertida y “rara”. La respuesta de estos sujetos al sufrimiento padecido en silencio y de forma absolutamente injusta es de venganza fría y calculada, como para pasar una fuerte factura al silencio de los adultos que no los defendieron. Suelen llevar una vida normal, dentro de ciertas “rarezas”, a las que no se suele dar más importancia; pero cuando, por las razones que sean, eligen a una víctima, se muestran como sujetos carentes del menor sentimiento humano de compasión. Más que psicópatas (puede darse algún caso), son mayoritariamente sociópatas, conocedores de lo que hacen y deseosos de vengar todo el mal que en otro tiempo soportaron injustamente.



Conozco algún caso donde estas conductas destructivas se manifiestan ya antes de la adolescencia. Estos sujetos experimentan un nivel de resistencia a la frustración casi nulo. Su principio del placer, tan poco gratificado, tiende ahora a satisfacerse imperiosamente por las malas y con una violencia desproporcionada para su edad y desarrollo físico. Los padres y, en muchos casos los educadores poco experimentados, se asustan ante estas actuaciones y tienden más a la retirada que a plantar cara con firmeza a estos menores, lo que proporciona al sujeto actor una especie de poder amenazante, que va consolidándose con la práctica reiterada de conductas avasalladoras y heterodestructivas. Se apoderan del hogar o del aula, ante la retirada de los adultos auténticamente responsables. Al convertirse en autoridad suprema, sin patrones éticos adecuados (¡no hay más ética que su capricho, al que nadie se atreve a oponerse!), carece de sentimientos de culpabilidad.

Un ejemplo: Menor de 10 años, con un padre problemático y agresivo que descargó sus iras contra el hijo hasta lo insoportable. Tras la separación del matrimonio, la madre tiene otro bebé con pareja diferente. Pedro, (lo llamaremos así), se siente marginado y poco querido por su padrastro que dedica su cariño al bebé; Pedro sufre unas crisis de celos tan fuertes hacia el pequeño, que un día, en un descuido de la abuela, lo mete al horno de la cocina y le abre el gas para cocerlo como a un pollo (¡).

LA PERDIDA DE CONFIANZA

La pérdida de la confianza básica es como la pérdida del “chip” que gobierna el germen de los buenos sentimientos. Sin éstos, en lugar de gestarse una persona humana, se gesta un peligroso social, con frecuentes arrebatos de agresividad “ad intra”, autodestructivo... en el límite de la escala, el suicida, o con agresividad “ad extra”: destructor, pendenciero, camorrista, amante de todo tipo de violencia irracional, que desahoga la menor frustración o contrariedad destrozando un jardín, apaleando a un perro, aplastando la cabeza de un gatito o propinando una paliza a quien le llama la atención o asestando un par de navajazos a un colega que le ha ganado una partida de cartas ¿con alguna trampa?!. No, eso es la disculpa; la causa es su insoportable frustración por perder. Quien no confía en sí mismo nunca podrá fiarse de los demás... Todos son enemigos de los que no es posible fiarse y a los que hay que eliminar

Otro ejemplo: Durante mi estancia como universitario en Barcelona y siendo director de una residencia (hoy desaparecida) para jóvenes carentes de familia, un día, a las 11 de la noche una llamada al despacho me anuncia que hay un coche ardiendo en el aparcamiento de la residencia. Era mi flamante ford fiesta, mi primer coche recién estrenado. ¡Siniestro total!. El seguro se hizo cargo del mismo, pero yo investigué hasta descubrir al autor. “¿Por qué has quemado mi coche, T.? (...) ¿Y por qué tú tienes que tener coche y yo no?”. Esa no era la razón profunda de la frustración que llevó a T. a quemarme el coche. El, con sus 19 años, después de tres meses de investigación, localizó en un pueblecito de Teruel a la mujer que con sólo 17 años (¡1956!) lo trajo al mundo y, para ocultar su maternidad (prohibida!) se desplazó a servir a Barcelona, entregando el bebé a la Maternidad. Esa joven, tras unos años de “servicio” en la gran ciudad, se volvió a su pueblo, se casó y cuando T la encontró tenía 5 hijos. Se desconocía en el pueblo las causas reales de la estancia en Barcelona de la joven. T. con los documentos en la mano reclamó conocer a su madre y ésta no supo o no pudo encajar aquel amargo trago. No lo quiso ni ver. Sólo la abuela y el párroco le acogieron un par de días. A la vuelta a la residencia, T. era otra persona. Cualquier manifestación de alegría de un residente le resultaba ofensiva y frustrante y no las soportaba. Los cuidados y mimos que yo dedicaba a mi primer coche a T. le hacían daño y... se vengó quemándolo; no solo eso: a la hermosa perrita setter irlandesa de la residencia, único ser en el que centró su cariño y afecto diario, el día en que descubrió a un nuevo residente acariciándola y festeando con las alegrías del buen animal, ese día no dudó en subirla a la terraza del edificio y lanzarla desde allí a la calle. Ante el asombro y la consternación de todos, la recogió con una manta, llamó un taxi y la llevó a una clínica veterinaria. Nada se pudo hacer, pero él siguió su ritual de desahogo, gastando de forma contradictoria todo el sueldo del mes con el animal que más quería (todos la queríamos) y que acababa de matar de forma absolutamente estúpida. Le dio un entierro espléndido.

Algo digno de ver y de contemplar en aquel ambiente de “adultos” residentes, todos fruto de “accidentes, frustraciones y carencias”, donde lo anormal era normal y donde el aparente absurdo tenía su explicación.

El desfondamiento del que se siente “vital y afectivamente desamparado” es tan profundo, que le lleva a conductas excéntricas , contradictorias e inexplicables la mayoría de las veces, salvo para quienes son capaces de meterse en el “estercolero social” y bucear en el mismo. Siempre hay una razón, una <<sinrazón>> que alguien debió atender y no atendió. En los cinco años de la residencia de Barcelona y en los muchos más que llevo conviviendo día a día con acogidos de Hogares, he podido aprender muchas de las cosas y de las historias más rocambolescas que no traen los libros... sólo la vida, su vida, puede enseñar esa realidad compleja, complicada.

En Barcelona, en Madrid, en La Coruña, en San Sebastián, en Sevilla, en Orense, en Valencia, en Lugo, en León, en Colonia, en Roma, en Montreal... además de esos edificios, avenidas, monumentos y parques que todos quieren fotografiar y recordar en sus visitas turísticas, también existen pútridos estercoleros en los que crecían y siguen creciendo “flores”, y a mí me cupo y me cabe la gran suerte de disfrutar como “jardinero”, ayudando a brotar las plantas más extrañas y exóticas, de todos los colores y texturas, en los terrenos más áridos y en los mejor regados. Y en este trabajo como “floricultor” de retoños humanos he aprendido (ellos me lo van enseñando) que la mayoría de las conductas <<cainitas>> de los menores, tienen su origen y gran parte de la responsabilidad en la irresponsabilidad de los adultos (padres, educadores, instituciones...) que se olvidan de <<gestar adecuadamente, cada uno en su matriz, a los menores que traemos al mundo>>. Nuestros silencios, nuestras miradas “distraídas” hacia otra parte, son la traducción de lo que dijo Caín: “¿Acaso yo soy guardián, responsable de mi hermano?”. Pues claro que somos responsables y el lavarse las manos no le valió ni a Pilatos; por eso espero que en el juicio de Carabanchel, no le tiemble la mano al juez ni al fiscal, en defensa de la víctima irrecuperable. Igualmente en León espero que juez y fiscal pidan cuentas a los padres de los causantes del daño que sufrió y sigue sufriendo la hija de Carlos, así como a la Dirección del Colegio, porque, a mi modo de ver, no han sabido estar a la altura, ha faltado una respuesta adecuada, ha fallado la verdadera responsabilidad. Con ella hubiéramos evitado salir en la prensa, hubiéramos evitado sufrimientos inútiles, hubiéramos evitado cicatrices que siempre dejan huellas dolorosas. ¡Si, al menos aprendemos la lección, evitaremos otros errores mayores!
Deligny: “los niños difíciles son para una sociedad lo que un tronco verde es para una estufa de madera. Si la estufa no tira, el tronco echa humo y los expertos se precipitan a examinarlo, a cuestionar su grado de humedad y otros detalles científicos que expliquen unas burbujas, una espuma y unos silbidos que ni siquiera se hubieran notado si la chimenea hubiera estado bien orientada”.

EPÍLOGO: Una invitación a la reflexión

Los psicólogos, los pedagogos, los asistentes sociales, los..., ni somos ni podemos ser la panacea para solucionar cualquier problema de educación, familiar, escolar, social, creado por conductas irregulares o atípicas de los menores o de los jóvenes. El “humo” que invade tantos hogares, tantos espacios sociales (las escuelas y centros de enseñanza) la mayoría de las veces no es más que el producto de una mala “orientación” de la “chimenea” en el hogar o en la escuela, una falta de “sentido común” o una grave dejación de la responsabilidad que a los adultos nos compete. Ese importantísimo sentido común y la no menos importante capacidad de dar respuestas adecuadas a las situaciones diarias nunca deben dejarse en manos de los psicólogos, pedagogos, asistentes sociales, como si fuéramos magos o capaces de suplir en el día a día todas las responsabilidades de los padres o de la sociedad. No se puede convertir lo excepcional en algo ordinario y de todos los días. Eso de: “llévelo al psicólogo, que lo atienda el pedagogo, que le haga un informe la asistente social” se ha convertido ya en una rutina masiva que lleva, en muchos casos, a los padres a renunciar a su propia responsabilidad y a muchos educadores a una pasividad inaceptable, esperando que se produzca el milagro. ¡Tal milagro no existe! Cuando en una sociedad, en una familia, en un sistema educativo, lo excepcional se convierte en norma, el desajuste y el fracaso están servidos, porque, como ya he dicho en otras ocasiones, “los bueyes están para llevar el carro”, no para ir detrás y que otros hagan su labor. Sólo cuando un carro se atasca o se rompe un eje ha de prestarse apoyo especial hasta sacarlo del atolladero pero eso es la excepción, no la norma... Salvo que hayamos llegado al colmo de la irresponsabilidad y “y todos los carros sean defectuosos”. Yo soy más optimista. Aunque quiero dejar muy claro que ni los mejores psicólogos, ni pedagogos excepcionales, ni la invasión de servicios asistenciales podrán nunca suplir la dedicación adecuada, el cariño necesario y la coherencia imprescindible de los padres que deciden traer a un hijo al mundo. Un hijo no puede ser fruto de una noche de juerga, ni de un despiste. La paternidad responsable es una asignatura pendiente en nuestra sociedad y es algo más serio y más profundo que unas nociones sobre anticonceptivos.

PARA SABER MAS SOBRE EL TEMA

ARARTEKO (2002). “Menores en situaciones de especial vulnerabilidad y respuestas institucionales. Diez dificultades y posibilidades de intervención y mejora”. Comunicación de la Institución del Ararteko. XVII Jornadas de Coordinación de Defensores del Pueblo. Navarra 2002. (http://www.ararteko.net).
BOUTIN, G., DURNING, P. (1996). Intervenciones socioeducativas en el medio familiar. Madrid. Narcea.
CASAS, F. (1998). Infancia: perspectivas psicosociales. Barcelona. Paidos.
BODELON, C. (2003) Menores maltratados y menores maltratadores, Surgam, enero-febrero, pp.9-15
Id. (1988) La familia nuestra de cada día o todo queda en casa (poligrafiado)
Id. (2003) Ante el día mundial de la infancia. Surgam, enero-febrero, pp. 5-8
Id. (2004) Hogares o incubadoras. Surgam, en prensa
DELIGNY, F. (1987). Vagabundos eficaces. Barcelona. Laia
JARES, X. (2001). Educación y Conflicto. Madrid. Edit Popular
MARTINEZ, E. (1988). Cachorros de nadie. Madrid. Edit Popular
MORAGAS, R. (1970), Los inadaptados. Barcelona. Nova Terra.
ROF CARBALLO, J. (1961) Urdimbre afectiva y enfermedad. Barcelona. Labor
Id. (1988) Violencia y ternura. Madrid. Espasa
VALVERDE, J. (1988). El proceso de adaptación social. Nadrid. Edit Popular
VEGA, A. (1994). Pedagogía de inadaptados sociales. Madrid. Narcea
Id. (2003). “La inadaptación social de menores. La discapacidad invisible” SURGAM , septiembre-octubre, pp. 7-20.
*****************************************************************
León, enero 2004. CASIMIRO BODELON SÁNCHEZ, Psicólogo, cabosan@hotmail.com