Estudios y trabajos >Casimiro Bodelón Sánchez

APRENDIENDO EL DIFÍCIL ARTE DE SER PADRES

 

 

 

Thomas Gordon, en su famosísima obra “P.E.T, Padres eficaz y técnicamente preparados” hace esta afirmación que le repiten una y mil veces los padres que acuden a sus cursos: a los padres se les culpa, pero no se les educa. Y yo, en mi experiencia de muchos años como educador de menores y de sus familias, puedo atestiguar que es algo constatado a diario. ¿Que la juventud anda desmadrada...?, la culpa es de los padres, que les dejan hacer lo que les da la gana. ¿Que los niños y los no tan niños presentan cada vez más problemas de salud mental, se meten en drogas, se suicidan...?, la culpa es de los padres que no los atienden adecuadamente. ¿Que nuestros escolares fracasan en los estudios en un porcentaje muy alto y, además son maleducados, altaneros y holgazanes...?, los culpables son los padres, que no les enseñan respeto, educación ni amor al estudio. ¿Que...?, los culpables, los padres.

 

Y yo me digo, algo tendrán que ver los padres (los padres y las madres) en el tipo de conducta que mantienen sus retoños, a los que han traído a este mundo, pero, ¡cuidado! Una criatura se gesta durante 9 meses en el vientre materno, se sigue gestando un par de añitos más o tres en la “placenta” familiar, pero, sí, sí, pero, seguidamente entra a “gestarse” en otra placenta más grande, más compleja, escasísimamente controlable por los padres y de gran importancia en el troquelado de la personalidad, del carácter y de la conducta de los pequeños ciudadanos, que siguen creciendo: esa placenta social es el parvulario, luego la escuela, la calle, la televisión, los mensajes publicitarios, los letreros y las pintadas que aparecen en las paredes y que no se borran con la prontitud debida (¡)... Toda esa “Escuela-placenta”, poco controlable por los padres, sigue gestando la mente y la posible conducta de los llamados hijos “nuestros”.

 

De lo dicho, podemos colegir varias cosas: que esas criaturas no son nuestras, es decir, no nos pertenecen, no son de nuestra propiedad; que vienen al mundo a través de nosotros, lo cual nos crea una grave responsabilidad; que los padres los engendramos y acogemos en los primeros años de vida, pero esa paternidad-maternidad, poco a poco, se va ampliando y con ella, la responsabilidad de su educación y su crianza adecuada va contando con otros “padres-madres” cuya responsabilidad no siempre responde adecuadamente, y no siempre es exigida a la hora de compartir “culpas”, esas que echamos sobre las frágiles espaldas de la familia original, desconociendo que esa es una actitud “cainita”, olvidadiza de que cuanto hacemos los adultos repercute para bien o para mal en la conducta de los más jóvenes, que aprenden por modelaje, aprenden de lo que nosotros hacemos y de lo que dejamos de hacer, de lo que hacemos bien y de lo que hacemos mal; aprenden de lo que decimos y de lo que callamos, de cómo lo decimos y de cómo lo callamos.

 

Ahora bien, si la cosa no es tan sencilla, si hay más padres-madres que los puramente biológicos, si los hijos no nos pertenecen como propiedad, pero sí son de nuestra responsabilidad familiar y social, tendremos que repartirnos las cargas y “aprender a estar cada uno en su sitio y en su momento, con las habilidades adecuadas para responder adecuadamente” (¡eso es responsabilidad!). Pero me dirán mis lectores: “demasiado complicado, eso exige ir a la escuela para aprenderlo, porque no viene en el libro de instrucciones que traen los hijos cuando vienen al mundo”. Ahí quería yo llegar, a que mis inteligentes lectores encuentren la solución adecuada al problema. Necesitamos aprender la nada fácil tarea de la paternidad y de la maternidad, que no es ni mucho menos, la acción de juntar un óvulo y un espermatozoide, acción que a veces se hace sin el menor conocimiento de las consecuencias o de las responsabilidades que ello conlleva... De ahí la existencia de tanto <<des-madrado, des-padrado, des-pistado, des-fondado, des-equilibrado, des...>> que nos des-coloca y nos des-quicia con su conducta atípica y provocadora, en el mejor de los casos. Pues, amigos lectores y lectoras, aquí quería yo llegar: a deciros que los adultos necesitamos un <<reciclaje>> para aprender a comprender y a ayudar a desandar tantos caminos equivocados de muchos jóvenes, de muchos hijos que se han des-carriado o han des-carrilado en su ruta vital o, si llegamos a tiempo, para que esos pequeños retoños que traemos al mundo no lleguen nunca a pertenecer al colectivo de los <<des->>, eso se llama PREVENIR. Este reciclaje, para padres noveles, para padres cansados, para padres des-orientados, para ciudadanos plurales que se olvidan de que en su puesto de trabajo, público o privado, son observados por los más jóvenes, para todos, digo, la Administración pública paga a orientadores profesionales que imparten “clases” en las que se aprende a ser <<padres eficaz y técnicamente preparados>>, <<maestros eficaz y técnicamente preparados>>, <<líderes eficaz y técnicamente preparados>>. Son las llamadas ESCUELAS DE PADRES. ¿A qué esperamos?

 

ATERRIZANDO

 

Después de haber presentado esa panorámica en la que quedamos encuadrados todos, unos como padres-madres biológicos y todos como ciudadanos con responsabilidades diversas, conviene que me centre en la necesidad que tiene toda pareja que se decide a traer a un ser humano a este mundo, de prepararse adecuadamente para tan importante labor. Más arriba puse en letras grandes la palabra <<PREVENIR>>. Y es que de esto se trata fundamentalmente; lo padres no debemos esperar a que nuestros hijos tengan 14, 16 ó más años, porque a esas edades ya están puestos los fundamentos y las bases de la personalidad y de las conductas y, si se presentan comportamientos desviados, va a resultar más difícil encauzar adecuadamente a esas personas. Por lo menos, nos va a suponer un mayor desgaste y sin garantías de pleno éxito. Y no se me diga que los profesionales de la educación están para eso. No, los profesionales de la educación estamos ante todo y sobre todo para prevenir, más que para curar, aunque también ésta es función propia. Pero, como en medicina, lo mejor, lo más barato y lo más efectivo es la prevención. Curaciones se producen muchas, pero también se producen muchas muertes tras infecciones irremediables o debilitaciones indebidas. Esto es lo que hay que evitar y ahí es donde muchos jóvenes padres se encuentran inermes o carentes de las adecuadas herramientas o habilidades sociales para ejercer con los menos errores posibles su tarea de maternidad y paternidad responsable.

 

Como se ha dejado claro antes, en esta labor importantísima de apoyo, de orientación, de dotación de habilidades educativas, están especializadas las ESCUELAS DE PADRES Y MADRES, que con mejor o peor fortuna se ponen en marcha cada año en los colegios públicos y privados y que en la actual legislatura impulsa de forma plausible la Consejería de Familia de la Junta de Castilla y León.

Quienes no tengan mucha información querrán saber algo de lo que en esas escuelas se lleva a cabo. En breves pinceladas puede decirse que, ante todo, los que participan en ellas, llegan a darse cuenta de que no están solos en tamaña labor educativa, sino que en todos los hogares se generan similares problemas y al compartirlos, se encuentran posibles respuestas a lo que uno no acaba de encontrar en su caso concreto. Se aprende a dialogar, a escuchar, sí, a escuchar, eso que suele confundirse con “oir”, pero que es bien diferente, porque la escucha es un proceso importantísimo para unas buenas y sanas relaciones y que todos tenemos que aprender, porque no es problema de audición física de lo que nos dicen nuestros hijos o hijas, nuestros esposos o esposas, es más bien un proceso de prestarle atención a lo que nos dicen y a lo que nos quieren decir, aunque sólo insinúan, por miedo o inseguridad. Cuando alguien, ustedes y yo, y, por supuesto nuestros hijos, se siente escuchado o sabe que puede comunicarse con sus padres o con su pareja para tratar de algo que le inquieta o preocupa, esa persona tiene confianza para preguntar, para discutir, para pedir orientación, para buscar ayuda y para encontrar apoyo, respuesta o consuelo; y cuando hay verdadera confianza, si se ha cometido un error, uno acude sin temor a pedir auxilio y no se queda solo, ahogado en su fracaso. La soledad y el miedo producen inseguridad y la búsqueda equivocada de soluciones. Lo contrario resulta enormemente saludable en los proyectos de construcción de la propia personalidad; hace que evitemos riesgos innecesarios o que no intentemos aventuras de las que uno puede salir descalabrado, y, en el peor de los casos, cuando el descalabro ya se ha producido, la buena comunicación con los padres ayuda a encontrar la “mercromina” y la cura pertinente, antes de que se produzca infección o gangrena generalizada, es decir, antes de que el joven interprete el error puntual como el fracaso vital definitivo que le empuje a tirarse impulsivamente por el terraplén. Como puede comprender el lector, hablo en metáfora para que cada uno concretice su situación, que siempre es plural y multicolor como la realidad misma.

 

PADRES QUE NO SE ENTERAN

 

Llama poderosamente la atención, cuando hablamos con padres cuyos hijos se han extraviado al llegar a la adolescencia o a la primera juventud, el ver que ellos no salen de su asombro ni entienden cómo pudo producirse tal desaguisado. ¿Cómo es posible que esos padres que duermen todos los días en casa y ven a sus hijos mañana tarde y noche, no se percaten de la situación por la que pasan? Sencillamente porque sus relaciones son de pura yuxtaposición; se ven pero no se miran, no se observan, se oyen pero no se escuchan, no hay contacto humano de calidad. Los hijos están en casa, pero no son de casa, porque ésta ha dejado de ser un hogar para convertirse en una pensión barata. La mente, el corazón y los valores de estos hijos están fuera y muy lejos del núcleo familiar. Sus “referencias” tienen poco que ver con sus padres... y de ahí su mutuo desconocimiento, su real lejanía e incomunicación. Esos padres no han sabido escuchar, no han sabido comunicarse con sus hijos y ellos se han alejado gravemente del hogar, indefensos, y se han hundido en la miseria. Esos padres no han contado con habilidades adecuadas para saber percibir, “oler” lo que estaba pasando por la cabeza y en la vida de su hija, de su hijo. Y, cuando se han enterado, se muestran tan sorprendidos, que no pueden dar crédito a lo que ven: ya se ha producido el descalabro o la tragedia. En su desesperación o, en el caso más benigno, en su decepción, pasan revista a sus acciones pecuniarias: “pero si le he dado todo lo que me pedía; si me paso la vida trabajando para que no les falte nada... ¡cómo me pueden responder así?.” Y este pobre padre o madre, desesperado y frustrado no entiende que no es cuestión de dar cosas, dinero, comodidades extremas, a costa de agotarse día y noche con trabajos extras, para que no les falte... ¡qué?. No saben, nadie se lo enseñó, que el ser humano necesita calor, afecto, contacto, comunicación, ternura, acogida, antes que el video, la moto, el móvil o las ropitas de maca.

 

UNA BUENA OPORTUNIDAD DE APRENDER: LAS ESCUELAS DE PADRES Y MADRES

 

En las Escuelas de Padres-Madres, se estudian casos supuestos y casos reales, se estudian sus propios casos, planteados en el grupo y entre todos, coordinados por el orientador o el técnico especialista en temas familiares y educativos, se aprende a buscar las soluciones pertinentes (nunca milagrosas, porque en este campo no hay milagros). Los padres aprenden a respetarse y ese respeto es la mejor lección para sus hijos; aprenden los principios básicos de la convivencia familiar, que, aunque parece sencilla, en la práctica exige conocer las técnicas elementales para unas relaciones humanas bien hechas y bien condimentadas.

 

Hay padres que piensan que los adolescentes se rebelan sistemáticamente contra ellos, contra sus profesores, contra la autoridad... y eso no es cierto. Lo que ocurre es que en la adolescencia hay una sensibilidad especial para captar lo que es justo y lo que es injusto, y, sin darnos cuenta, sin mala intención, pero con cierta falta de tacto y de sensibilidad, tacto y sensibilidad muy acusada en los adolescentes, los adultos cometemos errores en el trato que ellos no toleran, errores que nos desprestigian, y luego es muy difícil recuperar la autoridad y el prestigio perdido (dilapidado). La verdadera autoridad proporciona seguridad y confianza a los adolescentes; el sucedáneo, el autoritarismo, el ordeno y mando, la chulería enervan y sacan de sus casillas a cualquiera, pero de una forma estridente, a los adolescentes. Eso se nos enseña en las Escuelas de Padres, con técnicas muy sencillas, pero muy efectivas.

 

Pero alguien me dirá: ¿Cree usted que los adolescentes son unos santos a los que nunca se les puede llevar la contraria?. En absoluto. La mayoría de los y las adolescentes pasan por períodos de extremismos que exasperan a los adultos, la cuestión es saber estar a la altura y no convertirnos nosotros mismos en extremistas. ¿Y los castigos, qué? Miren, los frenos se les ponen a los caballos para que no se desboquen, a los coches para que no nos precipitemos contra el que va delante o nos vayamos a la cuneta; pero hemos de aprender a tirar de las riendas adecuadamente y a pisar el pedal cuando y como es debido, utilizando también el cambio de marchas para reducir la velocidad, cuando hay niebla, cuando llueve, cuando la pista está en malas condiciones... Y eso nos lo enseñan en la “autoescuela”... Una vez más vemos que cualquier caballo, sin freno, puede desbocarse, y nuestros hijos son a veces como potros indómitos. ¿De verdad, todos los padres sabemos utilizar las bridas, pisar el freno suavemente en las plurales y diferentes situaciones que la vida nos pone delante con nuestros hijos pequeños, adolescentes, jóvenes...? O, más bien ¿creemos que con un pisotón brusco en el pedal o un tirón bruto de las riendas que produzca sangre en la boca del potro, se arregla el problema para siempre?. La vida con calidad no se mueve entre pisotones y brusquedades. Sólo la armonía del tira y afloja, la combinación adecuada de pedal y cambio de marchas consigue un viaje feliz y sin “vomitadas”. Una vez más hablo en metáfora para que se me entienda, sin tener que concretizar yo lo que cada uno de mis lectores conoce de su situación.

 

CONCLUYENDO


Después de todo lo dicho, más de uno habrá sentido la necesidad de “renovar su carné de conducir familiar”; otros, con poca capacidad de autocrítica pueden pensar que ellos son unos perfectos jinetes y unos estupendos chóferes que no necesitan reciclarse. Yo, a pesar de ello, les invito a todos a hacer, al menos, una pequeña reflexión sobre sus capacidades educativas, sobre sus rigideces y sobre sus capacidades de aprendizaje. Es posible que todos necesitemos ponernos un poco al día, porque en el campo educativo son muchos los cambios y los padres y madres debemos pertrecharnos para no cometer errores irreparables con lo mejor que la vida nos ha puesto en nuestras manos y bajo nuestra directa responsabilidad: los hijos. Ellos merecen nuestro esfuerzo para que sean felices, y su felicidad será la mejor paga y gratificación que nosotros recibiremos. ¡Vale la pena intentarlo!


León, 11 de Noviembre de 2004

Casimiro Bodelón Sánchez, Psicólogo clínico, Máster en sexualidad humana