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EDUCACIÓN Y VALORES

Casimiro Bodelón Sánchez, Psicólogo
 Responsable de “Infancia y Familia” en la Diputación

 

Hemos empezado el curso escolar con una nueva Ley (LOE) de Educación en el BOE (la 5ª en 30 años), ley que como las anteriores, hace hincapié en la importancia de educar en valores. Nadie, salvo cuatro expertos a los que casi nadie escucha, polemiza o discute sobre los programas de Lengua, de Historia, de Idiomas… Ah, pero sobre los valores… ahí ha saltado el griterío, y concretamente sobre la educación de la ciudadanía, la religiosidad o la laicidad. A favor unos y en contra otros. Grave error, a mi juicio, pues tanto la educación para la ciudadanía como la religiosidad y la laicidad son valores de muchos quilates de los que ninguno de nuestros hijos y ciudadanos debiera ser ignorante, pues sin ellos no progresará adecuadamente el mundo, nuestro mundo. Estos valores conocidos y asumidos nos hacen a todos más autónomos, más libres y más respetuosos, más alegres y más responsables  en la comunidad civil; es decir, nos facilitan la sana convivencia. ¡Casi nada! Los reaccionarios (de uno y otro color), normalmente ignorantes y carentes de estos valores, aunque se autodenominen “progresistas”, son de lo más retrógrado y empobrecedor, amén de nefastos gobernantes si algún día llegan al poder.

 

Llevamos ya varios meses de curso escolar y, personalmente, como educador, como padre de familia y como responsable en la Institución Provincial de la infancia y la familia, quiero subrayar el derecho a la educación de nuestros menores y hoy, más concretamente, al derecho a ser educados en “valores”.

 

“El valor, afirma el profesor J.M. Calvo, tiene una dimensión subjetiva y otra objetiva. Es decir, una cosa vale no porque a alguien se le ocurra, sino porque representa un bien para otros seres, y, además, cualquier valor se devalúa en el momento en que deja de ser estimado y buscado por la gente”. Los valores en sí no son materia transferible de padres a hijos, de profesores a alumnos. Pero está en sus manos, y deben hacerlo, educar a sus hijos, a sus alumnos en el aprecio de todo lo que consideren más vital y valioso para la humanización. En esta pedagogía no debemos darnos descanso.

 

Los valores “instruyen y forman”, por eso no se puede, no se debe prescindir de ellos, sino cultivarlos con gran esmero. Personalmente creo que una sociedad de ciudadanos fuertes y técnicamente preparados, pero carentes o con una formación pobre en valores ético-cívico-sociales, es una sociedad que camina peligrosamente hacia el desastre.

 

Hoy, masivamente, nuestros maestros-profesores-educadores confiesan, impotentes, la ausencia o escasez de “disciplina”, respeto, amor al esfuerzo en un porcentaje muy elevado de alumnos. Y esto ya lo detectan desde la enseñanza primaria. La LOCE abortada y la LOE actual pretenden corregir este grave desastre. Pero no basta que la ley quiera corregirlo. Todos nosotros, los adultos: Administración-Profesores-Padres y Alumnos tenemos que remar en el mismo sentido y ser conscientes de lo valioso que resulta ser disciplinados, ser respetuosos, considerar imprescindible el esfuerzo de cada día, creer en el valor de las personas y en el valor de toda la naturaleza que tenemos a nuestro lado y que tenemos obligación de “cuidar con verdadero esmero”. Esta dirección educativa es auténticamente “progresista” porque lleva al progreso y al desarrollo de las personas y de la sociedad. La contraria, es necrófila y destructiva.

 

Pero, tú lector y yo que escribo, nos preguntamos ¿Quiénes deben ser los verdaderos artífices y maestros que inculquen a diario estos preciados valores y las directrices básicas para lograr una sociedad evolucionada, con grandes niveles de libertad y capacidad para la convivencia pacífica y solidaria?  No tengo la menor duda en afirmar que los primeros implicados y responsables somos los padres y madres de familia y en segundo lugar, contando con todo nuestro apoyo y empuje, los maestros y profesores en las escuelas, en los institutos, sin olvidarnos de los dirigentes religiosos y políticos, en los espacios de su competencia. Todos tenemos una gran responsabilidad y si algún colectivo hace dejación de ella, todos pagaremos cara esta traición educativa para con nuestros menores.

 

¿Qué educación se necesita en el siglo XXI para llegar a conseguir estas metas deseadas? Ante todo, necesitamos una educación activa y no bancaria”, donde enseñemos a los alumnos a ser protagonistas, de forma que aprendan a aprender “haciendo”, no basta con prestar oídos. Hemos de enseñarles a “escuchar” y luego a poner en práctica, aunque cueste, lo aprendido. Hemos de desterrar la ley del mínimo esfuerzo. La pereza crea hombres “plastilina”.

 

En segundo lugar, necesitamos una educación “participativa y no gregaria” donde cada alumno, cada hijo, conquista su especio de libertad y de autonomía, haciéndose responsable y aprendiendo el valor del trabajo diario y  de la autodisciplina.

 

Finalmente necesitamos dar una educación”personalizante, no alienante”, donde desde muy pequeños nuestros hijos, nuestros alumnos “mamen” que es mucho más importante <<ser y tener>> para compartir, que para presumir y humillar al vecino, al compañero o la compañera de pupitre. Este tipo de educación nos enseña nuestro valor y el valor de nuestros compañeros de viaje, acrecienta nuestra autoestima y nos enseña la norma básica para convivir: respeto absoluto a los demás y a toda la naturaleza (animales, plantas, utillaje público…) que es de todos y para todos.

 

UN NUEVO TIPO DE PADRES Y MAESTROS

 

La educación “activa, participativa y personalizante” exige también unos padres y unos maestros con mentalidad nueva. Necesitamos ser padres y maestros que no “tiremos del carro de nuestros hijos y alumnos”, esa es tarea de cada uno de ellos; nosotros debemos estar “detrás”, empujando, no “sustituyendo”. Debemos ser “facilitadores” de sus aprendizajes, pero no sustitutos: no debemos llevarles en brazos cuando ya saben andar, ni estudiar por ellos, ni pensar por ellos, ni decidir por ellos; más bien caminar a su lado, pensar con ellos, enseñarles a tomar sus decisiones, enseñarles y exigirles el esfuerzo para “conquistar” las cosas. Apoyo, siempre; sustitución, nunca.  Sólo  valorarán  de verdad lo que les haya costado esfuerzo y trabajo.

 

El educador-facilitador (padres y maestros) necesita tener conocimientos, pero, sobre todo y ante todo, necesita saber estar presente en medio de sus alumnos, de sus hijos, como una luz, con autoridad (sin autoritarismo), con prestigio (sin chulería), con firmeza (pero sin agresividad), con mucho amor y respeto, pero sin la menor concesión al chantaje afectivo, propio de la inmadurez de los pocos años. Porque los menores, fundamentalmente se van haciendo y construyendo a través de la “imitación” de lo que hacemos los adultos, sus verdaderos modelos (padres y maestros), a los que desean parecerse. ¿Somos siempre imitables?

Esta es la gran cuestión.

Padres-Madres y Maestros: nuestra presencia activa supone fundamentalmente que estemos dispuestos a cultivar el valor de la “ESCUCHA”. La educación personalizada nos exige a los adultos el esfuerzo de escuchar activamente a los menores, porque sólo así podremos impulsar, motivar, orientar y ayudar a desarrollar hábitos de trabajo, de orden, de esfuerzo, de convivencia respetuosa. En una palabra: escuchar para fomentar la responsabilidad personal de cada hijo, alumno, educando. Y, tras escucharles, no olvidemos que ellos observan nuestra “coherencia”.

 

Este nuevo tipo de padres-maestros: escucha-comprende-estimula-ejemplifica, con lo cual se recupera el añorado diálogo educativo-familiar entre padres-hijos-maestros-familia-colegio-administración, y, de esa forma, la educación volverá a ser lo que nunca debió dejar de ser: una tarea de colaboración-participación, un aprendizaje para la convivencia respetuosa entre padres e hijos, entre profesores y alumnos. Un modelo de este “magisterio” excelente que siempre me impresionó es el que describe San Juan en el capítulo 13 de su evangelio: Dice Jesús: “Me llamáis Maestro y Señor, y lo soy…, pero mirad lo que he hecho con vosotros…” Un señorío y maestrazgo que no domina, no oprime, no humilla, por el contrario, eleva, anima, ayuda, humaniza, fortalece, respeta, sirve. ¡Modelo para padres y maestros, para creyentes y agnósticos, para cualquier adulto sensato e inteligente! ¡El mejor para nuestros hijos!

 

CONCLUSIÓN

 

Si de verdad queremos que los valores entren en la familia, en la escuela y en la sociedad, sólo lo conseguiremos con el trabajo de padres y maestros, codo con codo y en la misma dirección; no si vamos como guerrilleros solitarios o poniéndonos zancadillas. Cuando se trabaja con niños y con adolescentes, no debemos trasmitirles sólo conocimientos científico-técnicos. Pero tampoco olvidemos que el trabajo intelectual y los conocimientos científicos, su mados a la coherencia vital de quienes los imparten o trasmiten, son imprescindibles para que se produzca una asimilación verdadera de cualquier sistema de valores. ¡Un reto para todos!

 

León, noviembre de 2006.                               cabosan@hotmail.com