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EDUCAR, UNA TAREA DE TODOS. ¿TAMBIÉN DE LOS VARONES?

 

Casimiro Bodelón Sánchez, Psicólogo clínico


“Se necesitan nueve meses para hacer un hombre, y un solo día para matarlo”
(André Malraux, <<La condición humana>>)

No basta con engendrar y parir: luego hay que seguir “gestando” a nuestros hijos por aquello que tan certeramente afirma Malraux en su novela <<La condición humana>>:
“May, escúchame: no se necesitan nueve meses; se necesitan cincuenta años para hacer un hombre; cincuenta años de sacrificio, de voluntad..., de ¡tantas cosas!”.

 

¡Cuántos sacrificios, cuántos esfuerzos, cuánta disciplina, cuánta voluntad... hacen falta para lograr un ser humano bien educado, responsable, alegre, feliz, un ciudadano de bien!

 

Madres y padres, maestras y maestros, educadores y educadoras sabemos lo mucho que cuesta esta noble tarea llamada <<educación>>; pero no sólo nosotros, también tú, amigo lector o lectora, tú también lo sabes, hasta en el caso de que no pertenezcas a ninguno de estos grupos que acabo de nombrar. Sí, sí, porque te guste o no te guste, lo hayas pensado o vivas sin pensarlo, tú, sea cual sea tu profesión, eres un educador. Te lo explico: los niños, las niñas y los adolescentes de tu pueblo o de tu ciudad, sin que te percates de ello las más de las veces, observan atentamente tu conducta, tu modo de comportarte. Observan si eres un ciudadano civilizado, cosmopolita, amigo del orden..., o un cara dura, grosero, gruñón, mal hablado, egoísta, terco, respondón...

 

Por eso tú, te llames como te llames, seas varón o mujer, adulto o anciano y tengas la profesión que tengas, no debes olvidar nunca que eres <<educador>> y tienes obligación de ser un <<buen educador>>, llevando una vida correcta.

 

¿Y por qué es tan importante que todos seamos concientes de nuestra obligación de ser unos ciudadanos “correctos”? Pues, por lo mismo que dice Malraux: un solo día, un solo mal ejemplo puede dar al traste con una vida que se inicia y puede torcerse de forma irreversible, sin que nos demos cuenta. Y esto es tan serio, tan grave, que nadie se lo puede permitir, y hemos de repetirlo hasta la saciedad, para evitar tantas “muertes educativas”.

 

¿Dónde están los padres?

En la actualidad, como técnico de los Servicios Sociales, cada semana atiendo en toda la provincia de León varias Escuelas de Familia, y en la mayoría de ellas no tengo ni un solo padre de familia. Sólo las madres acuden a su cita semanal. ¿Es que vivimos en una sociedad huérfana de paternidad?, ¿es que, de verdad, los padres no tienen nada que aprender en relación con una buena educación de sus hijos? O, más bien sucede que desde el día en que se casaron, decidieron cómoda y equivocadamente que la educación es función o tarea sólo de la madre de sus hijos. Pues, si alguien pensó eso, está en un grave error y los errores debemos corregirlos cuanto antes para evitar mayores males.

 

Todos somos necesarios y, algunos, indispensables

En educación todos somos absolutamente necesarios, y los absentismos, voluntarios o involuntarios, queridos o permitidos, tienen consecuencias nefastas para la sociedad, cuya base está formada por niños, niñas y adolescentes, y estas criaturas necesitan de la concurrencia y del apoyo de todos los adultos para aprender a vivir “correctamente”; y, si toda orfandad es negativa y deja secuelas graves en quienes la sufren desde la más tierna infancia, las orfandades educativas de la figura paterna, maleducan y perjudican seriamente a niños y niñas. Estas criaturas, tras gestarse en el vientre materno (única función absolutamente reservada por la naturaleza a las madres), necesitan seguirse gestando hasta madurar adecuadamente (¡hasta los 50 años le dicen a May en la novela de Malraux!) en la placenta familiar, placenta ya no sólo materna, sino conjunta de padre y madre.

 

Una vez que se ha producido ese maravilloso milagro del nacimiento, tras la gestación materna de nueve meses, debe estar muy presente, mano a mano con la madre, la figura paterna. Los ojitos inquisidores de nuestros hijos observan desde el primer día no sólo el rostro materno y el calor de su regazo. La gestación del varón debemos aprenderla desde el primer día, acostumbrando al bebé a la acogida en nuestros brazos robustos, seguros, “apañaditos”, no bastos, propios del manazas que cree en la brutalidad como sinónimo de virilidad y no sabe ni quiere aprender a acariciar tiernamente. ¡Ignorante!

 

La ausencia de padre va a suponer, ya está suponiendo, una grave deficiencia en los niños y en las niñas. ¡Niñas y niños necesitan imperiosamente desde su gestación contar en el hogar con las dos figuras: la masculina y la femenina! Son los adultos comodones o patológicamente egoístas, que miran sólo a sus intereses y necesidades, pero que desconocen o no valoran suficientemente las necesidades de los bebés, quienes deciden privar a las criaturas que traen al mundo de un padre presencial o de una madre acogedora y no simplemente “incubadora”. En otro artículo ya hablé de los nefastos hogares “incubadora”, a cuyos retoños les faltaba la adecuada “empolladura”, siguiendo el símil de las granjas de pollos nacidos y criados a la luz de una lámpara, pero sin el calor de la “clueca”.

 

La agresividad masculina, cargada de testosterona, y sin modelo adecuado en quien mirarse como en un espejo para aprender, suele acabar en una violencia destructora en la adolescencia y la juventud, amén de otras graves deficiencias para las niñas y los niños; y el edificio familiar se viene a tierra cuando falla una de las dos columnas fundantes: la figura del padre, en este caso. Un aviso muy personal: ¡mucho cuidado con ciertos experimentos “arquitectónicos” en el área familiar! Alguien dijo que en temas de importancia, los experimentos, sólo con gaseosa, porque las consecuencias pueden ser irreparables. Creo que se me entiende.

 

Lo voy a decir muy clarito, porque es mi punto de vista: no me gustan (educativamente hablando) las familias con padre “ausente”, “desfasado”, “sustituido”, “en fuga permanente” o de padre “sólo de visita”.

 

Tal como van desarrollándose las cosas en nuestro entorno social, me temo que las orfandades van a ir en aumento, porque el “desmadre” y el “despadre” crecen en muchos mal llamados “hogares” de esta maltrecha piel de toro, por llamarla de alguna manera políticamente correcta. Si ya no es correcto llamarla Patria, propongo la forma unamunesca de <<Matria>> pues resultaría más coherente con la realidad actual, al menos en el campo educativo.

 

Y, para no finalizar mi reflexión de forma tan pesimista (“alarmista”, me dirán los políticamente correctos, progres de nuevo cuño), de las “orfandades”, de los “desmadres” y de los “despadres” que se nos vienen y, mal que me pese, yo presagio, habrá un colectivo que podrá beneficiarse (no todo van a ser pérdidas): los psicólogos clínicos, hijos predilectos del Colegio Oficial de psicólogos (¡!). Claro que, para no tener que pagar estos servicios, las familias sensatas deben empezar a vacunarse y revacunarse educativamente. La vacuna es gratuita en las Escuelas de Familia, es decir, para PADRES y no sólo para Madres.

 

León, a 4 de marzo de 2007

c.b.s.