Estudios y trabajos >José María García-Mauriño

EUCARISTÍA.


1.- Las Dificultades:

Con ocasión del cierre de la Parroquia de Entrevías y ante el escándalo de algunas personas por decir la Misa los curas en vaqueros o comulgar con rosquillas hechas por las madres contra la droga, he escrito estas líneas para aclarar algo el profundo significado de la Eucaristía. Hay varias dificultades para comprender la diferencia que existe entre una Misa y la celebración de la Eucaristía. Vamos por partes:

 

* Resulta difícil comprender y vivir correctamente lo que significó el origen de la Eucaristía, según los relatos evangélicos. ¿Hasta qué punto hemos desvirtuado el recuerdo y la presencia de Jesús entre nosotros?

 

* En lugar de poner el acento en lo principal, el aspecto comunitario, se ha preferido centrarlo en lo secundario: la `presencia de Jesús en la Eucaristía. La Misa no es la Eucaristía. Esta es una comida compartida que nos da la Vida.

 

* El problema se podría resumir así: en la actuales Misas:
No hay mesa para comer, se ha sustituido la mesa por el altar
La comida ha sido sustituida por las hostias blancas
No se comparte lo que se tiene: cosas materiales, o alegrías, penas, sufrimientos, problemas, afectos, etc.
El rito ha devorado al símbolo, la comida.
En la Eucaristía se participa, en la Misa se “oye” o se asiste.

 

* ¿Qué razones hay para “ir a Misa”:

Existe un gran número de personas que van a misa por un o de estos cuatro motivos


Por obligación
1. Hay que ir a misa los domingos y fiestas de guardar, de manera que, si no vas a misa, cometes un pecado mortal. Para los que piensan de esta forma, misa es una carga, una carga de la que hay que descargarse cada Domingo y cada día de fiesta. Quienes piensan de esa forma dan impresión de que lo que les importa en la vida es no pecar. Es como el que en la vida, lo único que le interesa es no enfermar. Lo importante es la Vida y hacer cosas de provecho para los demás.


Por devoción
2. Hay mucha gente está convencida de que el mismo Jesús, el que andaba por los caminos de Palestina, hace dos mil años, es el mismo Señor que baja del cielo al altar, a las manos del sacerdote. Y es el Señor que entra en nuestro pecho cuando comulgamos.


Por rutina
3. Son lo que tienen la misa como una «costumbre». Porque eso es lo que se ha hecho toda la vida. Las personas que, en sus costumbres de cada día, entra también la misa. La rutina se mete en los conventos, en la vida de las monjas y de los curas, de los seglares piadosos y de los que no lo son tanto.


Por conveniencia social
4. Aquí entran los que van a bodas, entierros, fiestas del barrio o de la parroquia, etc., etc., porque eso es «lo que hay que hacer». Y se hace por mil motivos: para cumplir con un vecino o un pariente, porque es la misa de la empresa o del sitio en que uno trabaja, porque así me van a ver y se darán cuenta de que yo soy una buena persona.

 

* ¿Qué es lo que ha pasado?: El rito ha devorado al símbolo (comida):

En el rito, todo está previsto, reglado y determinado con una precisión agobiante: los gestos, las palabras, las vestiduras, la materia utilizada en la Eucaristía... Como el ritual es lo más importante, el símbolo ha pasado a segundo término hasta desaparecer.
Es decir, buscando la garantía JURÍDICA del rito, la institución, ha terminado por matar el símbolo universal de la mesa compartida.

 

Se afirma la presencia REAL, FÍSICA de Cristo.
Tenemos la garantía de hacerlo presente a través de unas palabras exactas y precisas, formuladas por personas especialmente habilitadas para hacer el rito (varones, por supuesto).


Cristo queda reducido a un espacio concreto, “prisionero en el sagrario”, se nos decía y allí podemos acudir siempre porque tenemos la certeza de su presencia.
Lo llevamos en procesión, ostentosamente, con toda clase de adoraciones.


Pero lo importante es que la institución eclesiástica controla todo el proceso.
* Ella establece cuándo se hace presente y cuándo no.
* Quiénes son las personas autorizadas para realizar el rito.
* Quiénes son las personas que pueden acercarse a comulgar.
* La contradicción más esquizofrénica es cuando se manda bajo pecado mortal asistir a misa los domingos y, al mismo tiempo, se prohíbe bajo pecado mortal acceder a la comunión (divorciados, por ejemplo).

 

2.- Las comidas:

1.- Ante todo, llama la atención la importancia que tiene la comida en los cuatro evangelios y en la vida de Jesús:

Los cuatro evangelios hablan con frecuencia de comidas y cenas, bastantes de ellas referidas a Jesús. Concretamente, relatos, palabras o expresiones referentes a la comida aparecen 137 veces en los evangelios. Y se reparten de esta forma: 28 veces en el evangelio de Mateo, 22 en el de Marcos, 56 en el de Lucas y 31 en el de Juan. Es evidente, por tanto, que el asunto de la comida tiene mucha importancia en el Evangelio. Dicho de otra manera, esto nos viene a indicar que la comida fue un asunto importante en la vida de Jesús y en el mensaje que él vio que tenía que dar a la gente. ¿Por qué? Vamos a verlo

 

Jesús come con Leví, el publicano (Mt 9,9-13; Mc 2,14-17; Lc 5,27-32)
Come en casa de Simón, un fariseo (Lc 7,36-50).
El propio Jesús se invita a casa de Zaqueo, el recaudador (Lc 19,
Come en casa de Marta, mientras su hermana María le escucha a sus pies (Lc 10,38-42).
María unge los pies de Jesús durante una comida en su casa, junto con Marta y Lázaro (Jn 12,1-8).


Una de las acusaciones que pretenden desacreditar más fuertemente a Jesús guarda relación con la comida: Viene el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: «¡Vaya un comilón y un borracho, amigo de recaudadores y descreídos! (Mt 11,19; Lc 7,34).
La vuelta del hijo perdido se celebra con un banquete (Lc 15,11)


La parábola de El rico epulón que se vestía de púrpura y lino, y banqueteaba todos los días espléndidamente. Un pobre llamado Lázaro estaba echado en el portal, cubierto de llagas; habría querido llenarse el estómago con lo que caía de la mesa del rico. (Lc 16,19-31).
Jesús compara el Reinado de Dios con un gran banquete: Lc 14,16-24;
Los dos discípulos que van a Emaús “abren los ojos” durante la comida.


Para asombro nuestro, en los Evangelios tenemos SEIS RELATOS DE LA MULTIPLICACIÓN DE LOS PANES, cuando sólo tenemos TRES RELATOS de la comida en la última cena (más el de Pablo):

«Comprar» pan y «compartir» el pan
Frente a la idea, comúnmente establecida, de que el hambre se resuelve comprando la comida (Mc 6, 36; Mt 14 15), los cristianos afirmaron el principio revolucionario de que el hambre se resuelve compartiendo lo que cada uno tiene. De forma que, incluso en los casos de escasez (como ocurría entre las gentes que seguían a Jesús), cuando se comparte, hay para todos y sobra. En el fondo, la idea de Jesús es que la abundancia no es consecuencia del comercio, sino de la solidaridad.

 

2.- Las comidas que realiza Jesús son la expresión del Reinado de Dios hecho realidad en la vida diaria.

El criterio de Jesús, para la organización de fiestas y banquetes, es que, cuando se organiza una comida o una cena, no se debe invitar a amigos, parientes o vecinos ricos, sino al contrario, a pobres, lisiados, cojos y ciegos (Le 14, 12-13). Lo cual quiere decir que, en la mentalidad de Jesús sobre la alimentación, lo determinante no es cumplir con los usos e intereses sociales, sino compartir mesa y mantel, o sea la vida, con los más desgraciados de este mundo.

Jesús hace realidad dos características básicas del Reino de Dios: la igualdad y la inclusión de todos los seres humanos.

 

La sociedad en que vive Jesús se encuentra muy estratificada en clases y categorías sociales. Una de las fórmulas más rígidas para mantener y consolidar el estatus social era precisamente la comida. Las personas y los grupos no se mezclaban en las comidas. Al contrario, la separación en las comidas era una mecanismo para consolidar el estatus.

 

Jesús rompe ese esquema de segregación social. Come con fariseos, con publicanos, se identifica con la masa anónima durante las comidas al aire libre.

Algo debieron de percibir muy pronto los sectores marginados por lo que nos cuentan los tres sinópticos, respecto de Mateo-Leví, el publicano.

Al ver aquello preguntaron los fariseos a los discípulos: -¿Por qué razón come vuestro maestro con los recaudadores y descreídos?
Jesús lo oyó y dijo: -No sienten necesidad de médico los que son fuertes, sino los que se encuentran mal. (Mt 9,12 y paral.)

 

Comer con publicanos y descreídos (pecadores) es pasar a la categoría tanto religiosa como social de publicano y descreído.

La parábola de los invitados a la boda remacha aún más esta igualdad y esta inclusión. Los invitados se niegan a ir, con variadas excusas.

 

Entonces el dueño de la casa, indignado, le dijo: -Sal corriendo a las plazas y calles de la ciudad y tráete aquí a los pobres, lisiados, ciegos y cojos.
El criado dijo: -Señor, se ha hecho lo que mandaste, y todavía queda sitio.


Entonces el señor le dijo al criado: -Sal a los caminos y senderos y aprémiales a entrar hasta que se llene la casa; porque os digo que ninguno de aquellos invitados probará mi banquete. (Lc 14,21-24).

Es interesante verificar que, unos vv. antes, el mismo evangelista Lucas relata estos consejos de Jesús, precisamente en otra comida:

Y al que lo había invitado le dijo: -Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos ni a tus hermanos ni a tus parientes ni a vecinos ricos; no sea que te inviten ellos para corresponder y quedes pagado. Al revés, cuando des un banquete, invita a los pobres, lisiados, cojos y ciegos; y dichoso tú entonces, porque no pueden pagarte; te pagarán cuando resuciten los justos. (Lc 14,12-14).


En los dos textos se citan las mismas cuatro categorías de parias sociales.

Como resumen de estas referencias podemos deducir que

* Las comidas de Jesús tenían un carácter peligroso y claramente subversivo del orden social existente. Jesús rompió por completo con los criterios y las costumbres que todo el mundo tenía entonces en relación a las comidas.
* Esas comidas significaban poner patas arriba la escala de valores tanto religiosos como sociales que tenía la sociedad. Jesús no se acomodó a los criterios, a las creencias y a los valores que se imponían entre la gente de entonces. Estos criterios, creencias y valores se manifestaban, de forma muy destacada, con motivo de las comidas.

Este trasfondo tan enorme explica la importancia que los evangelistas le dan a las comidas. No son un hecho anecdótico. Son la expresión concreta sintetizada de todo cuanto Jesús iba haciendo y diciendo en su vida

La paternidad universal de Dios.
La igualdad de todos los seres humanos.
La apuesta incansable para que nadie quede excluido de la mesa común.


COMPARTIR es la forma más gozosa y eficaz de conseguir esa incorporación de todos y cada uno de los serse humanos a la gran familia común: el Reino de Dios, la sociedad alternativa.

Los criterios sociales de Jesús: todos son iguales, ricos y pobres


Ya antes de su nacimiento, el evangelio de Lucas pone en boca de María, su madre, un criterio subversivo. Dios tiene el proyecto de cambiar la situación hasta el extremo de que a los hambrientos los piensa colmar de bienes, mientras que a los «ricos» los va a despedir con las manos vacías (Le 1, 53). Todos sabemos que siempre ha habido ricos y pobres. Pero, en el pasado, los ricos no podían ver en la pantalla de su televisión cómo morían los pobres. Mientras que, por el contrario, un número cada vez mayor de pobres puede también contemplar en un vídeo, en una película o en la televisión, cómo viven los ricos.


Ahora mismo hay más de dos mil millones de hombres, mujeres y niños que tienen que ir tirando de la vida con menos de un dólar al día. Lo que significa que esa enorme cantidad de personas se alimentan por debajo de la cantidad mínima de calorías que necesitamos los seres humanos para seguir viviendo. Porque el hambre no espera. El hambre mata. Y mata pronto.


Qué comía, cómo, cuándo y con quién
Para explicar con cierto orden lo que esto nos viene a decir, hay que explicar cuatro cosas: 1) Lo que comía Jesús. 2) Cómo comía. 3) Cuándo comía. 4) Con quién comía. ¿Qué podemos saber sobre cada una de estas cosas? Y, sobre todo, ¿qué nos enseñan las costumbres de Jesús en cuanto afecta a todo lo relacionado con la comida?


1) Lo que comía,
Había algunos alimentos que estaban prohibidos, por ejemplo, la carne de cerdo. El hecho es que los judíos tenían el convencimiento de que hay alimentos que dejan «impuro» al que los come. Para Jesús, lo que mancha y deja impuro a un individuo no es lo que entra por la boca, sino lo que sale del corazón, es decir, de lo más profundo de la persona, de sus sentimientos, inclinaciones y deseos (Mc 7, 18-23). Por eso Marcos añade el siguiente comentario: «Con esto declaraba puros todos los alimentos» (Mc 7, 19; Mt 15, 10-20).Interesa es tener muy claro que Jesús no se sometió a las normas religiosas sobre los alimentos. Porque, para Jesús, lo que importa no es la norma religiosa, sino la bondad y la honradez del corazón humano. De ahí que Jesús tampoco hizo problema de comer mucho o comer poco.


2) Cómo comía,
Jesús fue consecuente con lo que acabo de explicar. Por eso no dio ninguna importancia a los complicados rituales religiosos, que tenían los judíos de entonces, para las purificaciones que tenían que hacer antes de las comidas.


3) Cuándo comía,
Está bien atestiguado que Jesús y sus discípulos no observaban los días de ayuno que eran obligatorios según la religión oficial y también según las enseñanzas de Juan Bautista (Mc 2, 18; Mt 9, 14; Le 5, 33). Jesús considera su presencia entre los suyos como una fiesta Y todo el mundo sabe que en una fiesta no se ayuna, sino que se disfruta de la alegría. O sea, en la mentalidad de Jesús no cabía ese respeto hacia lo religioso que, a veces, se ha puesto en privarse de todo alimento cuando tenemos que comulgar.


4) Con quién comía
Por lo que cuentan los evangelios, con frecuencia Jesús andaba con malas compañías, lo que se ponía de manifiesto, sobre todo, en las comidas. Jesús solía comer con gentes de mala fama. Los relatos hablan de «pecadores» y «publícanos» (Mt 9, 10-11; Me 2, 15; Le 5, 29-32). Pero el problema está en eso, en que los pecadores y los publícanos eran los grupos que la religión y sus dirigentes rechazaban, de forma que ese comportamiento de Jesús era motivo de críticas y de ser mal visto en los ambientes más piadosos de aquel tiempo (Lc 15, 2)

 

3.- El ORIGEN DE LA EUCARISTÍA: LA ÚLTIMA CENA

A) Lo que ocurrió:
Empezó por ser una cena
La misa tuvo su origen en una cena. O dicho de otra manera, la misa empezó por ser una cena. Lo que pasa es que una misa de ahora no se parece casi en nada, prácticamente en nada, a una cena de despedida. La despedida definitiva y trágica


1. Fue una cena de despedida. Jesús sabía que había llegado su último momento, «la hora de pasar de este mundo al Padre» (Jn. 13, 1). Lo iban a matar al día siguiente. «todos vosotros van a fallar» (Mc 14, 27 par). Y eso iba a suceder aquella «misma noche» (Mc 14, 30 par), en víspera del trágico final.


2. Además, la despedida era definitiva. El mismo Jesús lo aseguró de forma firme y tajante: «Nunca más comeré (esta cena)» (Lc 22, 15). «Desde ahora no beberé más del fruto de la vid» (Lc 22, 18 par). Con estas afirmaciones tan fuertes, Jesús estaba afirmando que aquello era su última cena en este mundo. La despedida, por tanto, era definitiva: ya no se volverían a ver más en esta vida.


3. Y, para colmo, aquella cena resultó trágica. no era una despedida cualquiera. No es que Jesús se iba de viaje o algo parecido. Se trataba de que a Jesús lo iban a asesinar. Y lo iban a asesinar con la complicidad, más aún, mediante la «traición» de uno de los que estaban allí mismo aquella noche, cenando con los demás, como si tal cosa, dando la impresión (por parte del traidor) de que no iba a pasar nada.
Por tanto, lo que es seguro es que aquella cena se comió de forma que allí se vivieron experiencias humanas muy fuertes.

 

Conclusiones
De todo lo anterior, podemos sacar dos conclusiones bastante claras:
1) La última cena de Jesús con sus apóstoles no fue una ceremonia sagrada.
2) La última cena de Jesús con sus apóstoles fue una cena en la que se vivieron experiencias muy fuertes, muy profundas en la vida de cualquier persona normal. Estas experiencias fueron: a) la experiencia del dolor por la separación definitiva de alguien a quien se quiere mucho; b) la experiencia de soledad y vacío que deja semejante ausencia; c) la experiencia que tuvo Jesús al verse traicionado por un amigo; d) la experiencia del que se siente abandonado y solo porque está seguro de que todos le van a fallar, van a huir; e) y más que nada, la experiencia de quien se ve abocado a una muerte inminente, cruel e injusta.


Lo que debemos recordar es que, en el momento central de aquella cena, Jesús les mandó a los que le acompañaban que hicieran lo que él estaba haciendo, para que así se acordaran de él, es decir, para que, haciendo lo que él hacía, le tuvieran siempre presente. A esto se refieren las palabras de Jesús que siempre recordamos en la misa: «Haced esto en memoria mía» (1 Cor 11, 24; Le 22, 19).


Ante todo, Jesús no mandó que digamos lo que él dijo, sino que hagamos lo que él hizo. No es lo mismo «decir» que «hacer». Como «no es lo mismo predicar que dar trigo», según dice el antiguo refrán y es cosa que comprende cualquiera. En cada misa, cuando llega el momento que llamamos de la consagración, el sacerdote tiene buen cuidado de «decir» exactamente las palabras que Jesús dijo. Pero lo que no está tan claro es que, en cada misa y en cada parroquia o en cada convento, el sacerdote que preside la misa (y los cristianos que están allí con él) tengan también el mismo cuidado de «hacer» lo que hizo Jesús. Exactamente, lo que hizo Jesús en aquella cena. Lo cual es mucho más serio de lo que parece a primera vista.


Lo importante es hacer presente lo que la comida del pan y el vino representan, que es la presencia en nuestras vidas del mismo Jesús. Y, más en concreto, la presencia de Jesús que se hace actual mediante una comida compartida. Ahora bien, ¿qué significa eso?

 

B) El significado, el simbolismo:

El pan y el vino del Reino
¿Qué «interpretación» le dio Jesús al pan y al vino de la cena de despedida? Por lo que se refiere al pan, la cosa está clara: las palabras «esto es mi cuerpo», según dicen los entendidos en la lengua que hablaba Jesús, el arameo, serían lo mismo que decir: «esto soy yo en persona» (M. Theobald, Q. Dalman). Jesús, por tanto, afirma su presencia en el pan de la eucaristía.


Jesús relacionó aquella comida y aquella bebida con el Reino de Dios: «Les aseguro que ya no beberé más del fruto de la vid hasta el día aquel en que lo beba, de nuevo, en el Reino de mi Padre» (Mt 26, 29); «Les digo que desde ahora no beberé más del fruto de la vid hasta que llegue el día que lo beba con ustedes, de nuevo, en el Reino de Dios» (Mc 14, 25); «Les digo que nunca más comeré hasta que tenga su cumplimiento en el Reino de Dios» (Lc 22, 16); «Les digo que desde ahora no beberé más del fruto de la vid hasta que llegue el Reino de Dios» (Lc 22, 18). Por tanto, nos encontramos con este dato fundamental: los tres evangelios, que cuentan la institución de la eucaristía, relacionan esa comida y esa bebida con la realización plena del Reino de Dios. Lo cual quiere decir que, según los tres evangelios sinópticos, Jesús «interpretó» la eucaristía por su relación con el Reino de Dios en su consumación plena y total. ¿Qué quiere decirnos esto?


Que la eucaristía representa el nuevo orden de salvación, de solución y de vida, ya en este mundo. En la hora de la separación, Jesús quiso capacitar a los suyos para que celebraran sin él el banquete del Reino de Dios. El banquete de bodas, la gran fiesta en la que se acoge a todos. La fiesta en la que todos se sienten dichosos y felices. La fiesta del gozo y la alegría. Porque es la fiesta en la que ya no hay llanto, ni luto, ni hambre, ni desigualdad, ni exclusión de nadie.


Cuando Jesús terminó diciendo: «haced esto en memoria mía» (1 Cor 11, 24. 26; Lc 22, 19), estaba mandando a los creyentes que vivieran así, que celebrasen esta fiesta sin fin. Y que la vivieran con la seguridad de que, por más fracasos que nos puedan venir, por más traiciones, soledades y desamparos, que vivamos siempre con la seguridad de que este festín tendrá una consumación definitiva que colma nuestras aspiraciones más legítimas y más humanas.


La significación «religiosa» de la eucaristía
Si celebramos la eucaristía sin relación alguna con lo que Jesús hizo y dijo sobre el Reino de Dios, en realidad no celebramos la eucaristía que Jesús instituyó Quizá celebramos una función sagrada, solemne, hermosa, posiblemente un ritual grandioso y hasta espectacular (pensemos en las misas en la plaza de san Pedro de Roma). Pero, por eso sólo, no celebramos la eucaristía, por mucho que repitamos las mismas palabras que dijo Jesús sobre un trozo de pan y sobre una copa de vino. Si es que queremos ser fieles a lo que los evangelios y Pablo nos dicen sobre el origen de la eucaristía, es evidente que, cuando los cristianos nos olvidamos de esta relación entre la eucaristía y el Reino de Dios, en realidad de lo que nos olvidamos es de la eucaristía misma. Celebramos otra cosa, que quizá nos emociona, nos entretiene y quizá nos engaña. Pero, desde luego, no celebramos la eucaristía que Jesús quiso.


Ahora bien, ¿qué es celebrar la eucaristía de forma que tal celebración tenga una estrecha relación con el Reino de Dios? la eucaristía tiene que celebrarse de manera que quienes toman parte en esa celebración salgan de ella con más esperanza, con más seguridad de que la vida no está condenada al fracaso y a la destrucción, sino que tenemos una esperanza y una garantía de futuro que supera las limitaciones que son propias de la condición humana. La eucaristía es, pues, fuente de alegría y de paz, precisamente en las situaciones difíciles de la vida, y hasta en las situaciones límite, cuando ya, humanamente hablando, parece que no tenemos salida.
Lo que Jesús hizo y dijo, al anunciar el Reino de Dios, interesó vivamente a todo el mundo, fuera cual fuera su religión o su forma de vivir. El Reino, por tanto, no se relaciona directamente ni con una religión, ni con una cultura, ni con un pueblo (el «pueblo elegido»). El Reino se relaciona con lo que es común a todos, con lo que a todos los seres humanos nos interesa y todos necesitamos. ¿Qué puede ser eso? Es evidente que eso no puede ser otra cosa sino la vida, la plenitud de la vida, la dignidad de la vida, la seguridad de nuestras vidas. Por eso Jesús anunció el Reino de Dios curando enfermos, expulsando demonios, acogiendo a los pecadores y a gentes excluidas y marginales en la sociedad.

 

4.- LA PRESENCIA DE CRISTO EN LA EUCARISTÍA
Lo central y lo que interesa en la eucaristía no es la presencia física de Jesús. Por la sencilla razón de que esa presencia ya no es posible. Cristo ya no existe «físicamente». El cuerpo de Cristo resucitado es el «cuerpo espiritual» del que habla el apóstol Pablo (1 Cor 15, 44). Y esto quiere decir que, cuando recibimos al Señor en la comunión, no recibimos el cuerpo que nació de María, el cuerpo que caminó por Galilea o la sangre que se derramó en la cruz. Por eso Jesús dijo en aquella ocasión: «Es el Espíritu quien da vida, la carne no sirve para nada» (Jn 6, 63). Por eso hay que pasar más adelante en este asunto. Y nos hacemos la siguiente pregunta.


¿Qué es comulgar?
No es recibir una «cosa» santa y sagrada, una «cosa» que sería la carne de Jesús y su misma sangre. Comulgar es unirse a una «persona», con quien nos fundimos y que se funde con nosotros. Comulgar es, por tanto, hacer presente a Jesús, el Señor, en nuestra vida. En la eucaristía expresamos, mediante los símbolos del pan y del vino, que la persona y la vida de Jesús se hacen presentes en nuestras vidas. Por eso se puede (y se debe) afirmar que comulga de verdad el que de verdad empieza a vivir (en cuanto eso es posible) como vivió Jesús. las personas sólo pueden dársenos mediante experiencias simbólicas. Las experiencias de amor, sinceridad, fidelidad, generosidad, donación. Ahora bien, tales experiencias no se pueden comunicar sino mediante gestos simbólicos, una persona que ama a otra, ¿cómo le expresa su amor y su fidelidad a aquél o aquella a quien quiere? La mirada, la expresividad del rostro, el abrazo, el beso, la caricia o el regalo..., todo eso no es sino una serie de expresiones simbólicas mediante las que comunicamos nuestras experiencias de entrega y donación a la persona a la que amamos y por la que nos dejamos amar.


Ahora bien, el amor funde a las personas en un mismo sentir y querer. De donde se produce una comunión de convicciones, una sintonía de preferencias y una coincidencia en la forma de vivir y comportarse. Por eso resulta tan extraño el hecho de que haya personas, que se pasan la vida acudiendo cada día a misa, y sin embargo, después de cuarenta años comulgando, resulta que tienen los mismos defectos que tenían el día que hicieron la primera comunión.


De la «comunión» de vida a la «adoración» religiosa
A partir del s. IX, se hizo más normal pensar en la eucaristía con la idea de que lo más importante en ella es la presencia real de Cristo. Por eso, a partir de entonces, lo que le interesaba a la gente era el sentimiento de que el Señor está presente en la sagrada forma. Ya en el s. VIII, el altar se quitó del centro del templo y se puso en el sitio más alto y pegado a la pared o al retablo. Los sacerdotes empezaron así a decir la misa de espaldas al pueblo y mirando solamente al altar o el cielo. Por otra parte, en aquellos tiempos, la gente empezó a no entender el latín, pero los sacerdotes siguieron diciendo la misa en la antigua lengua de los romanos. A partir del s. XII, se contaban frecuentes historias de milagros realizados por la hostia consagrada. Y el pueblo quería que el sacerdote elevara la hostia, después de recordar lo que hizo Jesús en la última cena. El año 1246 se empieza a celebrar la fiesta del Corpus, con las procesiones que pasean con lujo al humilde Jesús que nació pobre y murió condenado como un malhechor. Poco después se empezó a exponer el Santísimo Sacramento en ricas custodias de oro, plata y piedras preciosas. Y se empezó también a dar la bendición con el Santísimo.


Cómo se ha explicado la presencia de Cristo en la eucaristía
El hecho de la presencia nunca se ha puesto en duda. Otra cosa es la explicación que se le ha dado a ese hecho. Un hecho que no resulta fácil de explicar.


Las tres explicaciones principales, que se han dado de la presencia de Cristo en la eucaristía, han sido las siguientes:


1. Explicación simbólica. Fue la explicación generalmente admitida en la Iglesia hasta el s. XI. O sea, se trata de la explicación más antigua y que, además, duró mucho tiempo, más de diez siglos. Esta explicación tiene su fundamento y su razón de ser en las ideas y en la forma de hablar de un sabio griego, Platón, que entendía el símbolo como la expresión más fuerte de la realidad, o sea de las cosas y experiencias más reales y más serias de la vida.


2. Explicación de Aristóteles. en aquellos tiempos, se empezó a conocer en Europa lo que escribió otro sabio de Grecia, Aristóteles. Y este sabio decía que cualquier cosa se compone de «substancia» y de «accidentes». Los accidentes son todo lo que nosotros podemos ver, tocar, medir, oler, pesar, etc. La substancia es algo más profundo. Es lo que hace que una cosa sea pan y no sea otra cosa cualquiera. Esto supuesto, puede ocurrir que en una cosa cambie la substancia pero sigan igual los accidentes. Y eso es lo que ocurre en la misa. El pan se sigue viendo como pan. Y el vino, como vino. Pero en realidad allí está presente el cuerpo y la sangre de Cristo. Esta explicación es la que se tomó en la Iglesia como explicación oficial. Es la doctrina que se ha enseñado y se sigue enseñando. Y fue la explicación que admitió el concilio de Trento en el s. XVl


3. Explicación significativa. Hace menos de cincuenta años, después de la segunda guerra mundial. no decían que la doctrina de Trento sea falsa,. lo que decían es que no es suficiente. Por eso echaron mano de otra explicación. Esta explicación dice que lo que importa, en cada cosa, es saber qué significación tiene (qué significa esa cosa...) Y qué finalidad tiene (para qué sirve esa tal cosa...). Dicho de otra manera, lo que importa en cada cosa no es su substancia (ya que de eso no podemos saber con certeza casi nada), sino lo que significa esa cosa y la finalidad que tiene. En el caso concreto del pan y el vino de la eucaristía, según esta explicación, habrá que decir que ese pan, antes de la misa, es pan y nada más que pan, que tiene la significación de un alimento y la finalidad de quitar el hambre a quien se lo come. Pero después de la misa, cuando lo vamos a recibir en la comunión, ya tiene otra significación y otra finalidad. Porque entonces ya significa que allí está Jesús, el Señor. Y tiene como finalidad hacer presente a Cristo en nuestra vida.


La explicación oficial de la Iglesia en la actualidad es la que enseñó el concilio de Trento, Hoy, lo más sencillo y lo más razonable, para un cristiano, es afirmar que, cuando comulgamos, recibimos de verdad y realmente a Jesucristo, el Señor resucitado. Sin olvidar que el Resucitado es el Crucificado. Es decir, el Resucitado es Jesús como «el Viviente» que ha vencido la muerte. En la comunión, por consiguiente, Jesús se une a nuestra vida. Y nuestra vida se funde con la suya.

 

5.- Nuestras celebraciones:

Todo este trasfondo de las comidas comunitarias que celebraba Jesús en tantas ocasiones nos sirven como telón de fondo para analizar nuestras celebraciones en unos contextos culturales y religiosos tan distintos. En la Eucaristía se comparte una comida que nos da la Vida.

 

1) Es fundamental tener presente que Jesús no compartía bienes materiales que no tenía. Pero compartió su vida entera: su esfuerzo, su tarea de liberación, su ternura, su asombrosa capacidad para transmitir confianza...

 

2) Ahora bien, cuando las comunidades se van haciendo sedentarias, el hecho de compartir ya no es tan “normal”, porque no es inmediato. Tenemos el escándalo de Corinto, donde ni siquiera se compartía en la misma celebración eucarística: Cada uno se adelanta a comerse su propia cena, y mientras uno pasa hambre, el otro está borracho (1Co 11,21).

 

3) En la reprensión que hace Pablo a los corintios parece reflejarse que ya se ha renunciado a la radicalidad evangélica de la solidaridad compartida. Pablo les dice: ¿Será que no tenéis casas para comer y beber? O ¿es que tenéis en poco a la asamblea de Dios y queréis abochornar a los que no tienen? Se acepta el hecho sociológico de ricos y pobres.

 

4) Las palabras “comida”, “bebida” “banquete” tienen resonancias completamente distintas para quien nunca logra saciar su hambre y para quienes estamos siempre saciados. No podemos perder nunca de vista esta realidad sangrante de los millones de hambrientos que nos rodean y que nos invaden en esta isla nuestra de la abundancia.

 

5) No podemos perder de vista que la comida y la bebida son las bases materiales de toda vida humana. Lo elemental y primario para sobrevivir. Por eso, necesitamos profundizar y saborear esta formulación: la presencia de Dios y de Jesús se encuentra en la comida y en la bebida ofrecidas a todo el mundo por igual.

 

6) Como síntesis, entiendo que nuestras celebraciones eucarísticas, por lo menos en pequeños grupos más conscientes, deberían tener de forma más o menos explícita estos cuatro niveles de expresión:

 

1. Una crítica política:
* La sociedad en que vivimos es radicalmente injusta porque excluye de la mesa común a la inmensa mayoría de la humanidad.
* Es urgente crear estructuras de solidaridad para hacer efectivo el reparto de los bienes indispensables para todo ser humano.

2. Un desafío económico:
* El reto de compartir no es sólo de los poderes públicos. Me implica también a mí como persona y nos implica como comunidad.
* Necesitamos buscar fórmulas de solidaridad económica, social, cultural, educativa, derechos humanos... para que la utopía de compartir vaya ganando terreno en nuestra vida personal y comunitaria.

3. Un rito sagrado
* Los dos puntos anteriores pueden ser compartidos por otras muchas personas que practican estos mismos valores y estos mismos compromisos de solidaridad, más allá de cualquier confesión religiosa o adscripción política.
* Quienes creemos en Jesús, el Cristo, recordamos además de forma muy detenida y gozosa toda la vida, la muerte y resurrección de Jesús, como el símbolo más estimulante y sencillo de cómo vivir para los demás.

4. Un culto litúrgico
* Nos sentimos unidos y vinculados a los millones de personas creyentes que en todo el mundo intentan seguir los pasos de Jesús. Esa Iglesia, comunidad de fe, que tiene su origen en Jesús de Nazaret y que lo confiesa con el Cristo, el Hijo de Dios.
* Muchas veces participamos en eucaristías más o menos numerosas (entierros, bodas, primeras comuniones...) en ese anonimato de quienes buscamos a nuestro modo abrirnos al Espíritu.
* Por muy pequeño que sea el grupo que celebra la Eucaristía (donde dos o más se reúnen en mi nombre...) formamos parte de esa gran comunidad, la Iglesia santa y pecadora, donde el trigo y la cizaña crecen juntamente mientras se va realizando el esclarecimiento progresivo con el paso de la historia.

 

José María García-Mauriño
Huelva 10 de Diciembre de 2003