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TÚ ME HAS HECHIZADO

 

 

 

Tubinga, 11 de febrero de 1981

León, 11 de febrero de 1998

* Estudio Bíblico-Teológico sobre: El Amor, el Matrimonio, las Relaciones prematrimoniales, el Control de natalidad, el Adulterio, el Divorcio, el Celibato y la Homosexualidad.

 

HERBERT HAAG, NOTA BIOGRÁFICA

El Dr. Herbert Haag es un sabio y venerable sacerdote que nació el año 1915 en Singen (Alemania). Se licenció en Filosofía, Teología y Ciencias Bíblicas. En 1942 se doctoró en Teología en Friburgo (Suiza). Durante un sexenio trabajó como párroco y del 1948 al 1960 ocupó la cátedra de Antiguo Testamento (su especia-lidad) en la Facultad Teológica de Luzerna; del 1960 al 1980, fecha de su jubilación, fue profesor en la Facultad Católica de Teología en la Universidad de Tubinga.
Su obsesión pastoral siempre ha sido el «construir puentes desde el mensaje bíblico a la gente de hoy». Como experto biblista es autor-director del "Bibel-Lexikon", traducido al castellano en Barcelona, "Diccionario de la Biblia" (1987).
Entre los derechos y deberes que ha ejercido y sigue ejerciendo este sabio sacerdote, siempre al servicio de la Iglesia, figura su crítica a los desarrollos deficientes. H. Haag no ha retrocedido ante los conflictos. Ni el miedo ni las amenazas de las que ha sido objeto por parte del “integrismo católico” le han hecho dar un paso atrás en su firme defensa de la libertad y de las personas, siguiendo el mensaje del A.T. y del Evangelio de Jesús.
Muy anciano ya, no quiere que muera este espíritu evangélico que le ha guiado toda su vida, y por ello ha donado su dinero y su persona a la Fundación Herbert Haag para la libertad en la Iglesia (Herbert Haag-Stiftung für Freiheit in der Kirche), fundada por iniciativa suya en 1985. La Fundación está al servicio de una fe católica abierta y con un sentido ecumenista.

 

DE QUÉ SE TRATA


"Me has hechizado, hermana y novia mía, me has hechizado con una sola de tus miradas" (Ct.,4,9). ¿Qué cristiano sabe que esta exclamación de un feliz enamorado está en la Biblia? Al contrario: estar enamorado, hechizado, apasionado, son realidades sobre las que, más de uno, se preguntará extrañado qué tiene que decir la Biblia. Más bien estamos acostumbrados a que la Iglesia, la que predica o debe predicar el mensaje de la Biblia, calle sobre el amor. En nuestras predicaciones se habla mucho de Dios, de Jesucristo, de la doctrina de la Iglesia, de dogmas y de moral, como también del comportamiento del hombre con su prójimo. Nada, sin embargo, oímos hablar de la alegría que dos personas pueden tener entre sí, del amor que abarca la totalidad del hombre apenas se habla. Necesita de la santificación sacral o sa-cramental en el matrimonio, y, aún entonces muchos matrimonios cristianos no pueden ser en él verdaderamente dichosos. Les trae más preocupaciones de conciencia que alegría querida y regalada por Dios. Tal vez es esta la razón por la que también los creyentes hoy creen más a los poetas o a los psicólogos que a sus predicadores.
No sólo para los jóvenes es tema número uno la relación con el partenaire. Ciencias como la Sociología y la Psicología han demostrado hace tiempo que el amor, y precisamente el amor erótico y sexual, marca al hombre decisivamente en su esencia, y al respecto, es igual tanto si el hombre, voluntaria o invo1untariamente, pone el amor entre paréntesis en su vida, o lo vive en el matrimonio. En cualquier caso, tiene que dominarlo de una manera positiva si es que no quiere convertirse en un ser inhumano. Cuestiones sexuales, problemas de pareja, dificultades matrimoniales, son los problemas que más intensamente ocupan a los hombres desde la pubertad hasta la edad más madura. Pero, por otro lado, tampoco allí donde se han roto todas las barreras con-vencionales y morales, los hombres son más felices. Centros de orientación psicológica son muy frecuentados por problemas de la pareja.


Dar con los motivos y causas de estos hechos no es nuestra tarea aquí; pero, sin embargo, queremos nombrar unos ámbitos que se han hecho problemáticos para el hombre de hoy. Se trata, en primer lugar, de las relaciones prematrimoniales, del control de natalidad, el adulterio, el divorcio, así como también, por otro lado, el celibato, la continencia sexual y la homosexualidad. Y todo esto, de nuevo, está en relación con la conciencia indivi-dual, que ha cambiado y con nuestra escala de valores, igualmen-te transformada.


Nadie va a negar que nuestras concepciones sobre estos temas se encuentran en cambio y que el amor y el matrimonio ocupan un lugar en la vida del hombre, un lugar fundamental distinto al que antes tenían.
Hasta ahora se daba por hecho que el código moral de la Iglesia era lo válido como norma para el comportamiento sexual y matrimonial, aun siendo la praxis a menudo distinta. No necesitamos más que hojear un manual de examen de conciencia de antes del Concilio Vat. II en lo referente al sexto mandamiento para ver la diferencia. ¿Qué no había allí prohibido?: naturalmente que miradas y tocamientos eran “impuros”, de tal manera que casi no se atrevía uno a bañarse; y ya no digamos la masturbación, uno de los “pecados mortales” que pesaba sobre mu-chos de los años de la juventud... Tilman Moser ha expuesto de manera convincente en su libro “Envenenamiento de Dios" las mise-rias anímicas que provoca la presión permanente de todas estas prohibiciones. No hablemos tampoco de las llamadas “faltas matrimoniales”; el no cumplimiento de todo lo que cae bajo la expresión estereotipada “deber matrimonial” y de cualquier intento para limitar el número de hijos.

Hoy en día ya no existen tales catálogos minuciosos de pecados, en los textos para una celebración penitencial. Y difí-cilmente serían aceptados. Esto lo pone de manifiesto y de una manera drástica la encíclica “Humanae vitae” del año 1968. El intento en ella realizado de reglamentar de una manera jurídica el comportamiento sexual de cristianos adultos fracasó. Sólo un mínimo tanto por ciento de católicos creyentes se atiene a ello.

 

¿Qué es lo que hay que hacer, pues, en este tiempo de cambio y de inseguridad? De que la respuesta sea un laissez-faire, no necesitamos gastar ni una palabra. ¿Acaso no tendrá sentido echar un vistazo a la Biblia? Tal vez saquemos de ello más que de la tantas veces citada enemistad con el cuerpo del apóstol Pablo. Tal vez ganemos -más allá de formulaciones temporalmente condicionadas- orientaciones fundamentales y de ayuda de cómo se puede vivir con la sexualidad sin falsas represiones, pero también atados a normas llenas de sentido.

 

 

SEXUALIDAD EN LA BIBLIA

 

COMO VARÓN Y MUJER LOS CREÓ

A cualquiera de nosotros le es conocida la llamada narración del Paraíso: Dios pone a Adán, a quien ha moldeado del barro de la tierra y dado vida, en el Paraíso. Pero algo le falta al hombre que no puede encontrar entre los animales. Se encuentra extraño y distante con ellos. Cuando Dios le presenta a la mujer que ha formado de una de sus costillas, la recibe con gozo y alegría: "Esta vez sí, es hueso de mis huesos y carne de mi car-ne. Por eso se llamará varona, porque ésta del varón ha sido tomada" (Gn.2,23). Notemos cuánto le importa al narrador bíblico el colocar a la mujer al margen de las demás criaturas y ponerla al lado del varón. Mientras éste no puede encontrar íntima compañía entre los animales, la encuentra al lado de la mujer. El mismo Dios conduce la mujer hacia el varón y éste espontánea-mente reconoce en ella su propia esencia. Acertadamente es llama-da por el narrador «lo que está frente al varón». Que por voluntad de Dios, ha de ser igual al varón, lo muestra ya la fonética de la palabra hebrea para varón y mujer: isch e ischa. No se habla aquí para nada de una inferioridad o superioridad. Nada semejante se puede deducir del hecho de que el varón estaba cronológicamente primero. La exposición descriptiva de la Biblia de la creación de Eva a partir de una costilla de Adán quiere hacer alusión más bien a la atracción erótica de los sexos entre sí: por esto tienen y deben llegar a ser "una sola carne", porque naturalmente se corresponden.

 

Sin embargo, no se puede hablar de una igualdad de derechos entre el varón y la mujer en este relato del paraíso, pues es el varón quien recibe el don y no la mujer. Se le pregunta a aquél si le gusta la mujer, pero no a la mujer si está de acuerdo con el varón que le ha sido asignado. La mujer está allí para satis-facer las necesidades del varón. Quién pueda satisfacer las necesidades de ella, de esto no se dice una palabra. Alegría y alborozo por parte del varón, ¿y ella? Después de la expulsión del paraíso, en el veredicto de la pena se dice de ella: "Tu de-seo te lanzará contra tu marido y él será tu señor" (Gn.3,16). Es importante ver que en la narración bíblica se pronuncian estas palabras por Dios después de caer en el pecado. El pecado trajo el desorden incluso en las relaciones entre los sexos. No es el varón quien deja padre y madre para amar a su mujer, sino que ella lo desea y es, sin embargo, dominada por él. Como el varón no está dispuesto a aceptar a la mujer corno un regalo, queda ella dependiente de él y se ve obligada a luchar por su amor y por su libertad. De aquí se originan otras distorsiones. Un esfuerzo emancipatorio de la mujer de sentido egoísta podría ser algo de caída pecaminosa. Pues aunque la mujer vale igual que el varón, no es igual a él. Tiene que desarrollar un estilo de vida y de profesión -y debe de hacerlo- distinto al del varón. Tiene que realizar y llevar a cabo otras ideas y otros objetivos, -y debe hacerlos-, distintos a los del varón. Pero no contra o por encima de él, sino juntamente y en colaboración con él. Con su apoyo, pero también con sus limitaciones. Por ello, el varón y la mujer, en base a la diferencia de sexo, no tienen los mismos, sino distintos derechos. De ningún modo la mujer -y así pareció durante miles de años- tiene menos derechos, y en algún caso, ninguno.

 

Entre tanto, el antiguo Israel siguió pensando y profundizado en la relación varón-mujer. En el relato de la creación está sencilla y casi lapidariamente:

Dios creó al hombre a su imagen
a imagen de Dios lo creó
como varón y mujer los creó Él (Gn. 1,27)

Aquí, varón y mujer como imagen de Dios se colocan, al mismo nivel. Ambos, varón y mujer, son, a su manera, imagen de Dios y, en conjunto son la imagen total de Dios. Aquí ya no se trata de determinadas condiciones o dependencias sociales o sexuales, sino de una afirmación sobre la esencia del varón y la mujer. A ambos por igual se les imputa el dominio sobre el mundo. Ambos están en la misma relación personal con Dios.

 

Pero al mismo tiempo creó Dios al hombre diferenciado como varón y mujer. El hombre existe bajo dos formas. Ninguno representa solo la totalidad del ser humano. A cada uno le falta precisamente lo que el otro tiene. Y esto es a lo que tiende. Gracias al sexo distinto está uno referido y relacionado al otro y sólo juntos son la totalidad. Diferenciación en una aspiración simultánea a la unidad es la situación humana querida por Dios. Esta polaridad determina una tensión permanente entre los sexos. En la diferencia están al mismo tiempo los valores específicos; de la fuerza de atracción nacen la creatividad y la riqueza imaginativa necesarias para la conservación y plenitud de senti-do de la vida. Por ello nada es más extraño a la Biblia que una mezcolanza igualitaria de los sexos. Se pone esto también de manifiesto en la ley por la que no se permite a los varones vestirse como mujeres y viceversa (Dtn.22,S). De todos modos, tal como vemos hoy, en la evolución actual, lo que vale como "ideal" o "típico” de lo femenino o masculino, siempre está condicionado por la cultura. Y esto, seguro que también atañe al vestido.

 

EL HOMBRE CONOCIÓ A CHAWWAH

Según el Antiguo Testamento la nostalgia y el deseo del par-tenaire está ya enraizado en la creación. Y por ello, todas las cosas que tienen algo que ver con la sexualidad o el amor, son evidentemente naturales. Los escritos sagrados hablan de ello de una manera libre y sin prejuicios. La sexualidad se mira como un elemento central de la vida humana. Lo primero que la Biblia relata de los patriarcas que tenían que ir acomodándose al mundo duro, es que el varón conoció a su mujer Chawwah (Gn.4,1)., El narrador bíblico ve, evidentemente, en el amor la ayuda decisiva para que el hombre pueda subsistir en el mundo y dominar la dureza de la vida. En la dicha del paraíso parece que a los dos no se les pasó ni por la cabeza. En el momento en que les va mal, se entregan uno al otro.

 

Es digno de notarse aquí la palabra que el A.T. utiliza para la entrega sexual: el varón <conoce> a la mujer. Hoy decimos de una manera prosaica, «dormir juntos». Es decir, vemos la relación sexual únicamente como un acto físico. Mucho más humana es, por el contrario, la idea que subyace al uso lingüístico hebreo. Con el «conocer» se está pensando en hebreo, en primer lugar no en el conocimiento intelectual, sino en una comprensión totalizadora. Todo el hombre está implicado: espíritu, corazón, sentido... <Conocer> abarca la sexualidad y el amor, dos concep-tos que nosotros hoy separamos. La sexualidad está mediatizada por la corporalidad, el amor no es sólo corporalmente mediado, sino que abarca también el ámbito anímico-espiritual. El hombre del A.T. vivió todo unido. No hizo la separación de sexualidad y amor. Para él <conocer> era el descubrimiento del partenaire como varón o mujer. En la entrega se abren y descubren uno al otro; en el conocer se experimentan en su singularidad irrepe-tible en la profundidad más honda de su esencia. Se confían mutuamente, abiertamente y sin secreto alguno. Un fluir recíproco y dichoso suspende por momentos su identidad. Al mismo tiempo cada uno se experimenta de una nueva manera. En tanto cada uno se pierde en el otro, se vuelve a encontrar enriquecido, feliz y hechizado. Su autoconciencia se fortalece y se hace más segura en el otro. “y serán una sola carne” describe el narrador bíblico el culmen y la plenitud de este encuentro (Gn. 2,24). Y, puesto que según la concepción bíblica él no tiene cuerpo y alma, sino que es cuerpo y alma, espíritu y sentido, así también en el <conocer> y en el <ser una sola carne> no sólo participa una parte del hombre, sino todo el hombre. No algo en el varón y algo en la mujer se hacen uno, sino el mismo varón y la misma mujer.

 

Así pues, en una sexualidad correctamente vivida no es posi-ble poner a un lado de la actividad sexual algo de lo espiritual, de lo más elevado y de lo mejor, y considerar al cuerpo corno un instrumento del placer. Y donde, a pesar de todo, sucede esto, corno por ejemplo en la violación o en la prostitución, se da unido a ello un daño psíquico. Pudiera ser que las prostitutas llegaran a construirse una imagen profesional propia, según la cual, ponen a disposición sólo su cuerpo, y no ellas en sí, aún así, el hecho es que actúan en una relación humana. Y, si fuera cierto -volveremos a ello después- que hoy los jóvenes tienen muy poco de atadura personal y mucho de promiscuidad en general, ello vendría a ser una pobre valoración de la corporalidad e iría contra la vivencia real del amor.

 

Con relación al A.T. poseemos hoy un concepto muy tenue y espiritualizado del cuerpo. La comprensión del cuerpo del antiguo israelita implicaba al hombre total en una plenitud y capacidad expresiva que nosotros hoy sólo podemos admirar. Y así como en la muerte moría todo el hombre -no había separación de cuerpo y alma- así vivía y amaba también su totalidad. La sexualidad no era para él algo <junto> a él, sino algo <de él> y <dentro de él> Era algo integrado en su personalidad y sin ella no sería hombre.

 

iDAME HIJOS, SI NO, ME MUERO!

Y por ello, no es ningún milagro que las mujeres de Israel están ante nosotros como seres de carne y sangre, que conocen los encantos de su cuerpo, que no se asustan de la ironía y de la intriga que buscan con pasión el favor de los hombres y desean ardientemente hijos:
"Dame hijos, si no, me muero" acosa la hermosa y temperamental Raquel a su marido (Gn. 30,1), Y no le importa reñir con su rival Lea por las mandrágoras para conse-guir su objetivo (Gn. 30,14-16). O pensemos en el episodio en el que Labán persigue a Jacob que había huido con sus dos hijas Lea y Raquel para, al menos, recuperar la imagen de Dios que había sido secuestrada. Busca por todos los sitios, en la tienda de Jacob, en la de Lea y en la de las criadas. Cuando entra donde está Raquel, está ésta sentada sobre una silla de camello -bajo la que ha ocultado la imagen de Dios- y le dice llana y lisamen-te: "no te enfades porque no me pongo de pie delante de ti, porque me sucede lo que suele suceder a las mujeres". Astutamen-te sabe Raquel que durante la menstruación es impura y que por ello no se le puede acercar nadie. Y así Labán no encuentra la imagen de dios.

 

Son frecuentemente las mujeres quienes sacan de una situación sin salidas. Es así como Abigail salva a su malvado marido de la venganza de David. Deja caer sobre David toda una cascada de hermosas palabras para lograr su objetivo. Y aquél queda tan fascinado con su encanto e inteligencia que no sólo perdona al mezquino y malvado Nabal, sino que después de la muerte de éste la recibe a toda prisa en su casa como esposa (1Sam.25).

Ahí está también Esther, la hermosa judía que entra en el harén del Rey persa para interceder por su pueblo y preservarle de su destrucción. Deja que actúen todos sus encantos para salvar a su pueblo. Muchos cristianos se escandalizan con el relato de la atractiva y rica Judith que aleja con sus encantos al jefe enemigo para asesinarlo. Todas estas doncellas utilizan los medios que como mujeres tienen, para conseguir sus objetivos: su encanto femenino, su astucia, su inteligencia y su capacidad para debilitar a los hombres y dominarlos.

 

Ahí tenemos a Ruth que, contra el consejo de su suegro, sale de la tierra de Moab hacia Belén. Por su fidelidad desinteresada es premiada con el amor de Boas. La historia cuenta cómo Ruth llama la atención a Boas cuando recoge espigas sobre su campo, cómo le da privilegios durante todo un verano, cómo finalmente ella, animada por sus cuidados, lo mete por la noche, bajo su techo y le ruega que se case con ella y, por último, el final feliz. Con qué delicadeza pinta aquí el narrador bíblico a una mujer que, sola, en un país extraño, busca amor y protección y un marido que llega a ser su protector y su amante desinteresado y sin falsedad. Pero también, qué libertad, que hoy nos puede escandalizar, ha poseído Ruth cuando, contra toda costumbre y contra su buena fama, se mete en el lecho de su dormido enamorado (Ruth, 1-3)

 

ELLA DURMIÓ A SUS PIES HASTA EL AMANECER

Tenemos la propensión de ver estas historias o demasiado hermosas o, incluso, sentimentales. Nos sentimos como en los cuentos de hadas y de príncipes. ¿Dónde hay esto en la realidad? Si leemos de nuevo con atención el texto bíblico, no encontraremos en él nada cursi. Más bien contiene todos los niveles del afecto y de la ternura. Abarca desde la mirada
observadora, pa-sando por las palabras que se entrecruzan hasta tocarse. Boas se fija en la joven mujer cuando está cogiendo espigas y cuando su criado le dice que está allí desde las primeras horas de la mañana ininterrumpidamente, se impresiona y siente ternura. Su atractiva amabilidad despierta en él un atractivo hacia ella. Le habla y le deja coger tanto cuanto ella quiera, y en vez de dejarla comer y beber con las criadas, le deja comer con él y con sus segadores. Allí no se habla mucho, pero él le alarga las espigas tostadas y el vinagre para empapar el pan. Cierto que algo ayuda la suegra aconsejándole que Ruth tiene que embellecerse y que cuando Boas, después del trabajo, se acueste en la era para dormir, ella debe acostarse junto a él bajo la manta. Boas se asusta cuando a la medianoche descubre a la mujer a sus pies. Pero él queda impresionado tanto de su confianza como de la claridad y determinación de sus objetivos, que ella deja claros con estas palabras: “extiende el borde de tu manto sobre tu esclava”, que en el lenguaje de aquel tiempo significaba tanto como «cásate conmigo» (3,9) Y él, con la misma determinación le responde: "Todo lo que tú ansías, te lo haré" (3,11) Y con una finura inimitable continúa el relator: «durmió, pues, a sus pies hasta la mañana» (3,14).

 

Era afecto lo que empujaba a Ruth a acercarse a Boas. Éste se fijó en ella, comparte su sino y así la ternura del sentimien-to se convirtió en ternura de comportamiento. La ternura no consiste en palabras y grandes hechos, sino en la intensidad del sentimiento. Enamorados y amantes se abrazan, se besan, se ponen motes, se acercan, se tocan, pero no hablan mucho.

Aquí se ve claro que la ternura tiene algo que ver con los sentidos. Yo puedo mirar a alguien sin ser yo visto, pero yo no puedo tocar a alguien (incluso anímicamente), sin ser yo mismo tocado. Cuando mi mano acaricia la de otra persona, acaricia a la misma persona y no una parte de ella sólo. La ternura, por muy indefinible y compleja que pueda ser, siempre está vinculada al cuerpo. Más bien es posible en todas las relaciones interhumanas. Tal vez es la timidez en acercarse a alguien la que nos impide ser tiernos con el prójimo. Es también, tal vez, el miedo a manifestar sentimientos, mostrando así un flanco débil. Tenemos miedo al contacto. Prejuicios centenarios han desterrado la ternura de nuestra vida; una ñoñez anticorporal la ha hecho sospechosa de tener algo en común con la sensualidad o el instin-to o peligro de desencadenarlas. De todos modos, en nuestro mundo objetivado y planificado, hemos perdido la sensibilidad para los matices que hacen la vida más humana. ¿NO nos sucede a menudo que nos sorprendemos ante una palabra amistosa o una mirada compren-siva?, ¿Que quedamos agradecidos a alguien que nos acompaña unos pasos? Lo que aquí tiene lugar son signos del interés que animan y alegran la vida.

 

Hoy sabemos -desgraciadamente gracias a experiencias negati-vas- que a nuestro mundo le amenaza la muerte precisamente por la muerte del sentimiento. Ya los niños pequeños sufren a menudo la falta de amor que más tarde se traduce en lesiones psíquicas.

Los jóvenes -lo dicen los psicólogos- establecen demasiado prematuramente amistades íntimas porque carecen del mimo y cariño de sus padres. Enfermos graves no fallecen sólo por sufrimientos orgánicos, sino también por falta de atención y por el sentimien-to de estar desplazados y muertos antes de morir realmente. Y aquí sería suficiente -justamente en el trato con los enfermos- una caricia, una mirada amable, un cuchicheo tranquilizador para transmitir comprensión y seguridad. La ternura acepta al otro en serio. Y cuanto más quebradizo es el hombre, tanto más agradece el ser aceptado ... Mi presencia. mi estar-ahí puede ser más importante para un hombre abatido o moribundo que una oración. Pues la atención cariñosa a un hombre solo. a un enfermo. a un triste. le consuela: quiere atemperar, en la medida que un hombre sufre. la falta de amor y sentimiento. Y por eso la ternura es un comportamiento profundísimamente humano, más aún, cristiano, que no debe oprimirnos, pero para el que se necesita valor.

 

Este valor lo tuvo Jesús. Dejó que una mujer, para asombro de la sociedad machista judía, le besase y acariciase los pies. Quería y abrazaba a los niños, se dejó tocar por los enfermos, ponía su mano sobre la parte enferma (algo impuro para la mentalidad de la época), ungía los ojos a los ciegos, miró al joven rico con amor, cogió de la mano a la hija de Jairo vol-viéndola a la vida y lloró por la muerte de su amigo Lázaro. Qué otra cosa es esto sino signos de ternura con los que una y otra vez asegura al hombre: tú eres amado. Tú no estás abandonado ni dejado a un lado. Ahí hay alguien que te aprecia. Tú también eres digno de aprecio. Tu vida tiene sentido y es valiosa; tienes un futuro.

 

María Magdalena. Juana. Susana. y otras muchas

Así pues, si la Biblia fuera sólo el A. T., no se podría reprochar que el amor, la ternura y la sexualidad no hayan tenido ningún lugar en nuestra predicación. Pero ya en la primitiva literatura judía aparece la relación entre los sexos cada vez más intensamente y negativamente condicionada por la unilateral e incluso falsa interpretación del relato del Paraíso y de la historia de la tentación. Adán tiene que morir por culpa de Eva. La mujer trajo el pecado al mundo. En tiempos de Jesús este tema jugaba un papel dominante en el pensamiento judío.

 

No puede por ello sorprender que el N.T. no tenga mucho que decir sobre el amor y la sexualidad. Ha desaparecido la ingenui-dad y el interés por ella, y sólo puede ser débil. Ciertamente para Jesús las mujeres no fueron ningún problema. Se sabe que no estaba casado pero, para su doctrina esto era intranscendente. En la medida en que nuestras fuentes alcanzan, sabemos que su comportamiento y trato con las mujeres era natural, libre, desen-vuelto y normal. Así como curó a otros enfermos, también curó a mujeres. Le seguían mujeres, le apoyaban económicamente, le reci-bían en sus casas. Los evangelios citan por su nombre a varias mujeres amigas de Jesús: María y Marta de Betania; María Magdala, Juana, Susana y "otras muchas" (Lc.8,1-3; 10,38-42). No rechazó a las prostitutas como tampoco a los recaudadores y a otros pecadores. Impuso sus manos también a mujeres y dejó que le tocasen: (Mc.S,2S-34: la hemorroisa; Lc.7,36-S0: la pecadora que le ungió). Y esto era ciertamente escandaloso. Por otro lado, Jesús no cambió la situación social de la mujer ni influyó en ello. Enseñó a mujeres -y también esto iba contra las enseñanzas de los rabinos de Jerusalén, pero él no fue ningún precursor en la lucha por la emancipación de la mujer... De todos modos, hay indicios de que las mujeres desempeñaron un papel preferente en su vida: fueron ellas las últimas bajo la cruz y las primeras testigos de la resurrección. Ninguna misoginia por lo tanto, aunque igualmente quedamos sorprendidos del discreto lugar que ocupa el ámbito sexual en la predicación de Jesús. No hay ninguna manifestación de Jesús contra la prostitución, ni una palabra so-bre la homosexualidad, ni una palabra sobre la lujuria, la masturbación, las relaciones pre- o extramatrimoniales, ni una palabra sobre prescripciones de pureza en el contexto de la vida sexual, ni siquiera sobre el lugar jurídico de la mujer. Es muy poco lo que queda sobre lo que Jesús se ha pronunciado: matrimonio, divorcio, adulterio. Pero sobre esto hablaremos más tarde.

 

Por lo que atañe a Pablo, es conocida su postura ambivalente ante el amor erótico y la sexualidad. Seguramente que él hubiera preferido que el hombre pudiera pasar sin él. Aquí no podemos tratar de evidenciar los trasfondos de un pensamiento semejante. Tenemos que limitarnos a un par de observaciones esenciales. Y, efectivamente llama la atención el hecho de que Pablo representa una moral sexual rigurosa que ha de ser comprendida a partir del enfrentamiento con el paganismo del cambio de milenio.

 

Los primeros cristianos veían la lujuria como el signo distintivo, incluso como la quinta esencia del paganismo de la época. Para ellos lujuria era signo de sexualidad desenfrenada. No es ningún milagro que frecuentemente aparezca a la cabeza de los catálogos paulinos de pecados (Rom.1, 24ss.; 1 Cor.5,10, 6, 9; Gal.5, 19) y que evitar la lujuria ocupe un lugar tan amplio en la doctrina moral del apóstol. Quien se abra a este «estilo de vida pagano» no puede, en su opinión, satisfacer las exigencias que se piden a los discípulos de Jesús. Nosotros diríamos hoy: en una atmósfera de desenfrenada promiscuidad el cristianismo no puede crecer. Estas exigencias san Pablo no las puede desligar de su creencia en un fin inminente: El tiempo de este mundo es corto por lo tanto, permanecer virgen es lo mejor. Pero quien es demasiado débil para esto, es mejor que se case antes de caer en la homosexualidad o en la prostitución (1 Cor.6,12-7,38)

 

Comprendiendo toda la seriedad del apóstol, ha de decirse, no obstante: Pablo no pudo tener una opinión alta de la mujer cuando la considera, por así decir, como medio contra la sexualidad ilegítima. El partenaire, en este caso la mujer, queda así instrumentalizada, se hace instrumento de la propia satisfac-ción, siendo lesionada profundamente en su dignidad. Y precisamente a esto lo contradice el papel totalizador que la sexualidad desempeña en el A.T. y en la actualidad. Y aquí se inicia el proceso que en la Iglesia todavía no ha concluido: que la activi-dad sexual es una actividad que afecta al hombre pero que no es del hombre. Pablo deduce una desvalorización de los sexos equivocadamen-te partiendo incluso del mismo A.T.: sólo del varón se dice en el relato de la creación que él es imagen de Dios (lo que no es cierto); la mujer viene del varón y no al revés. Las mujeres, por lo tanto, son únicamente un reflejo del varón (1 Cor.11, 7ss). También el pasaje “no es bueno que el hombre esté sólo” (Gn.2, 18) no le hace pensar a Pablo que dos hombres pueden ser una ayuda para la vida y habla también aquí de una subordinación de la mujer. No sólo eso, la mujer no sólo se debe someter al varón, sino que, incluso ha de temerlo (Ef.5, 33).

 

Casi tiene uno la impresión que el fenómeno «amor» es ajeno al apóstol. Exclusivamente le importa el papel social de la pareja. De una relación emocional o incluso espiritual, no hay una palabra. Por otro lado, la mujer desempeñaba un papel significativo en la comunidad paulina (Feba, Prisca y otras; ver sobre todo Rom.16, 1-16); pero en este caso se las valora como colabora-doras, no como mujeres.

 

Lo malo fue que a lo largo de los siguientes siglos esta actitud negativa para con la sexualidad y la mujer en la Iglesia se fue imponiendo más y más. “¿no sabes que eres Eva? Tú eres la puerta del diablo, la que has herido aquel árbol (del Paraíso) tú eres la que has seducido a aquél (Adán), al que el demonio no era suficientemente fuerte para atacar. Por tu culpa incluso tuvo que morir el Hijo de Dios”. Así escribe el gran Padre de la Igle-sia Tertuliano en el S. IV (1).

Eva tiene la culpa de todo este grito de guerra que se mantiene en la Iglesia hasta el día de hoy, no es otra cosa que el intento de los varones de lavarse las manos, de alejar de ellos la culpa. No hay de qué extrañarse, pues tanto los autores del Nuevo Testamento como los Padres de la Iglesia, los teólogos y los sacerdotes, son varones hasta el momento actual. ¿Acaso esto no los legitima?
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(1).- De cultu feminae, 1,1

 

 

AMOR SIN MATRIMONIO

Así es mi amado

De nuevo podemos volver a decir: ¡qué suerte que la Biblia no esté formada sólo por el N. T .! En el Antiguo Testamento, llana y naturalmente se habla de lo maravilloso que es estar enamorado y de la fascinación que irradia. La salerosa Rebeca junto al pozo representa un tema miles de veces pintado en el Barroco. Y lo que para una muchacha israelita era un hombre hermoso lo sabemos muy bien de una manera plástica a partir del Cantar de los Cantares. Casi se corresponde con el ideal de belleza renacentista que plasmó de una manera tan equilibrada en el <David> Miguel Ángel. El que haya sin más en la Biblia una tal poesía amorosa nos puede dejar boquiabiertos. Las poesías de amor están por encima del tiempo. Todavía hoy, en el Israel moderno, están vigentes las poesías amorosas a base de motivos y formulaciones del bíblico Cantar de los Cantares. Las amigas preguntan: "¿Qué tiene tu amante que no tengan los otros?" y la amada recorre, entonces, con su mirada el cuerpo de su amado desde la cabeza a los pies:

Mi amado es blanco y colorado
llama la atención entre miles
Su cabeza es oro puro
sus guedejas como palmas, negras como el cuervo,
sus ojos son como palomas junto a los arroyos de agua,
sus dientes bañados en leche están donde deben estar,
sus mejillas son como parterres de balsameras
en donde crecen hierbas aromáticas,
sus labios son lirios
que destilan mirra que fluye,
sus brazos son anillos de oro
engastados de piedras de Tarsis,
su vientre, marfil trabajado
recubierto de zafiros,
sus piernas son columnas de alabastro
asentadas sobre bases de oro puro,
su aspecto, majestuoso como el Líbano,
como los elegidos cedros,
sus palabras son la misma suavidad,
todo en él es encantador.
Así es mi amado, así es mi amigo,
oh hijas de Jerusalém (5,10-16)

 

Tal vez este lenguaje nos resulte extraño. Toda la descrip-ción del amado se resume en una sola idea. Algo así como si la muchacha no pudiera cesar de cantar su hermosura, se va encadenando una impresión tras otra, hasta que al final, fuera de sí, exclama: ¡Así es él! No le describe de una manera directa. No puede uno hacerse una imagen ni de su estatura, ni del color de sus ojos, ni de la expresión de su cara, y, no obstante, está ante nosotros lleno de vida, armonía de color, de irradiación y de formas. En un contraste cromático ahí está, por ejemplo el color de sus cabellos negros y la blancura de sus dientes, el color broncíneo de su cara y de sus brazos y el ebúrneo de todo su cuerpo. Igualmente los perfiles y líneas se contraponen a la
fuerza de sus brazos y de sus piernas. El cuadro toma vida gracias al movimiento de los ojos, el jugueteo de los labios y el aroma de las mejillas.

Un contrapunto a esta canción la encontramos en el capítulo séptimo del Cantar de los Cantares. Es ahora el varón quien canta a su amada, y, contrariamente a la canción anterior, su mirada va desde los pies hasta su cabello:

 

¡QUÉ HERMOSOS SON TUS PIES EN LAS SANDALIAS,
PRINCESA!
LOS CONTORNOS DE TUS CADERAS SON COMO COLLARES,
OBRAS DE MANOS DE ARTISTA.
TU REGAZO ES COMO COPA REDONDEADA
EN LA QUE NUNCA FALTA EL VINO MEZCLADO!
TU VIENTRE ES MONTÓN DE TRIGO
RODEADO DE LIRIOS.
TUS PECHOS SON COMO DOS CRÍAS MELLIZAS DE GACELA. TU CUELLO COMO TORRE DE MARFIL,
TUS OJOS COMO LAS PISCINAS DE HESCHBON
JUNTO A LA PUERTA DE BAT-RABÍN.
TU NARIZ COMO LA TORRE DEL LÍBANO
QUE MIRA HACIA DAMASCO.
TU CABEZA SE YERGUE COMO EL CARMELO
Y LA CABELLERA DE TU CABEZA ES COMO PÚRPURA (7,2-6).

 

Aunque los dos textos, desde el punto de vista lingüístico, son semejantes, predomina, sin embargo aquí, la impresión de una orgullosa descripción y del gracejo. El gracioso movimiento de sus pasos y el contoneo de las caderas está en consciente contraste con la torre de marfil y la del Líbano con que se compara el cuello y la nariz de la amada. La alegría por la belleza de la muchacha capacita al poeta también para una desacostumbrada belleza del lenguaje.

La belleza es claramente, el momento desencadenante para el amor. En el A.T. todos los hombres importantes y queridos han sido hermosos. Varones como José, Absalón, y, sobre todo David son denominados expresamente como hermosos. La hermosura es, evidentemente, una de las bendiciones con las que Jaweh premia a sus predilectos. Mientras que en el A.T. oímos más de una docena de veces hablar de mujeres que son hermosas (2), en el N.T. ni siquiera esto se dice de María.

No sabemos cuándo el varón israelita veía por primera vez a su mujer, hablaba con ella y podía tocarla. Jacob, padre del pueblo, se nos presenta como modelo de naturalidad. La primera mujer que encuentra en su viaje, la besa aún antes de haberse presentado (Gn.29, 11). Y Raquel, manifiestamente, no muestra re-pugnancia -hay amor desde la primera mirada. Pero para una menta-lidad puritana esto ya es demasiado. Para salvaguardar la se-cuencia correcta moralmente, Calvino reordena el texto: primero tiene que presentarse Jacob, después se le permite besarla.
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(2) .- Sara (mujer de Abraham), Rebeca, Raquel, Abigail, Betsabé, Tamar, Abischag, Vasti, Esther, las tres hijas de Jacob, la muchacha del Cantar de los Cantares, Judit, Sara (de Tobías) .

Ven, amado mío. salgamos al campo

En el Cantar de los Cantares vemos la libertad de movimien-tos y el amor desembarazado en un medio pastoril.

Ven, amado mío, salgamos al campo ...
allí te daré mis amores. (7, 12ss.)

El Cantar de los Cantares no parece ver nada malo en que la pareja escape a las miradas ajenas, para entregarse uno al otro, sin ser molestados. La muchacha tampoco se inhibe para manifestar sus sentimientos. Único es el amado como el amor. Nada puede igualársele. Nada ni nadie puede separar a los amantes: "Yo soy para mi amado y mi amado es para mí" (Cnt. 6 , 3), aunque es un amor secreto e ilegítimo. Uno de los textos en que con toda verosimilitud tiene que suponerse unas relaciones prematrimoniales, es la siguiente canción:

Sobre mi lecho, en la noche, busqué a aquel
a aquel que mi alma ama.
Le busqué y no le hallé.
Me levanté y di vueltas por la ciudad,
por las calles y las plazas
busqué al amado de mi alma.
Lo busqué y no lo hallé.
Me encontraron los guardias,
los que hacen la ronda por la ciudad:
“¿Habéis visto al que ama mi corazón?”
Acababa de dejarlos
cuando encontré al que ama mi corazón.
Le agarré y no le soltaré
hasta que lo meta en la casa de mi madre,
en la alcoba de la que me parió.
Os conjuro, hijas de Jerusalem,
por las gacelas y los ciervos de los campos,
no despertéis ni estorbéis al Amor
hasta que él quiera (3,1-5).

 

De qué otra manera ha de interpretarse la canción, sino como dos amantes que secretamente en la noche se buscan y se encuen-tran. Pues difícilmente una esposa busca a su marido por la noche en las calles. Nuestros intérpretes cristianos se sirven las más de las veces de la idea de que se trata de “un sueño de una muchacha” sin ningún nexo con la realidad. ¿Pero es que hay por principio sueños sin relación con la realidad? ¿No es precisamente la poesía la que toma en serio nuestros sueños nocturnos y diurnos y les da forma? El hecho de que tales canciones fuesen cantadas en Israel hacen pensar que las muchachas hacían lo que cantaban, y que las madres dieran cobijo, pone de manifiesto su comprensión para esta situación, probablemente por propia experiencia. Manifiestamente los criterios rígidos, con los que nosotros, cristianos, medimos estos textos, no eran los de aquellos tiempos.
Sin embargo, no se puede hablar aquí de una ausencia total de freno sexual. Los dos son muy conscientes de sus relaciones. La muchacha conoce sólo a “su amado” y el varón sólo a “su amiga”
Hay pues un vínculo personal entre los dos y, como veremos, aquí está lo decisivo.

 

¡No os deneguéis el derecho sexual mutuo!

La ley israelita no se ocupa de las eventuales complicacio-nes que pudieran surgir del amor entre personas solteras (hijos ilegítimos, obligaciones de la paternidad y similares). La entrega voluntaria de una muchacha no prometida no es castigada. Si hay violación, el varón tiene que casarse con la muchacha y pagar al padre la dote acostumbrada (Dt. 22, 28). La razón para esta exigencia es distinta de la que nosotros tenemos. Mientras que para nosotros es una cuestión de honor no dejar a una mucha-cha con un niño en la estacada, en el antiguo Israel se conside-raba la violación como una atenuación de un estado de posesión. La muchacha se «devalúa» al perder la virginidad, por lo que un padre, en caso de un matrimonio futuro, exigiría un precio menor por la novia. De aquí la determinación de que el varón culpable tiene que pagar inmediatamente el precio de la novia. Con ello la ley protege más bien la propiedad del padre que la honra de la muchacha.

 

De otra manera reacciona la ley veterotestamentaria en el caso de que la muchacha estuviera prometida. En el primitivo Israel, la prometida estaba jurídicamente equiparada a la casada. Ya era considerada como pertenencia del varón. Por eso se le permitía a la prometida lo que, según la moral cristiana tradi-cional sólo se le permite a la casada. Podían amarse aun cuando la mujer no estuviera viviendo en la casa del varón. Por otro lado, el trato íntimo de una prometida con otro varón, era considerado adulterio y era castigado como tal (Dt. 22, 23ss.). Conocemos esta situación por la historia del nacimiento de Jesús: “Se había desposado su madre María con José, y antes de que cohabitaran, se halló estar encinta por obra del Espíritu Santo. José su esposo, como era justo y no quería denunciarla, pensó en repudiarla secretamente” (Mt.1, 18ss.). “Secretamente” quiere decir: sin denunciarla, lo que hubiera significado la pena de muerte para María. Más bien quería José separarse de María sin ruido alguno.

Puesto que al prometerse, desde un punto de vista jurídico, se equiparaba al matrimonio, los prometidos se podían entregar el uno al otro del todo. El matrimonio se consumaba legalmente cuando la joven mujer entraba a vivir en casa del varón. Y con seguridad, por lo regular, el matrimonio se consumaba por primera vez con la entrada en casa, ya que los jóvenes difícilmente tenían ocasiones para encontrarse sin ser observados.

 

Mientras el A.T. no conoce el problema de las relaciones prematrimoniales, parece ser que Pablo las excluye, pues para él sólo hay la alternativa: o contenerse o casarse (lCor. 7, 1- 9) . Una tercera posibilidad para él parece que ni se contempla. Pablo fundamenta su postura teológicamente diciendo que el cuerpo del bautizado es miembro de Cristo y templo del Espíritu Santo (lCor., 6,15.19). Pero hay que tener en cuenta aquí que Pablo no ve el problema de las relaciones prematrimoniales tal como hoy se nos plantea. Su polémica apasionada contra la fornicación (//OPNEIA) tiene ante los ojos, más bien la prostitución, tan corriente en Corinto (Recordar la existencia del templo y cultos de la Fecundidad). Tiene aquí validez la advertencia: "Huid de la fornicación" (lCor., 6, 18). Para escapar a este peligro es mejor que el varón se case pronto. Para protegerse de esto estando ya casado no está permitido a los esposos negarse mutuamente: "No os deneguéis el derecho mutuo a las relaciones sexuales (lCor., 7, 3-5).

Es aquí donde aparece en Pablo el concepto <deber matrimo-nial> que más tarde no va a faltar en ningún manual de examen de conciencia. De todos modos, tanto los derechos como los deberes, los deseos y las necesidades son aquí unilateralmente repartidos, pues en la praxis era la mujer la que las más de las veces tenía que estar a disposición del varón, aun en contra de su voluntad, y la que no encontraba ninguna satisfacción. Muy raramente se atrevía la mujer a exigir sus derechos. Y en esto no se ha cambiado mucho hasta en el día de hoy. Según encuestas recientes, el 18% de las mujeres afirman ser violadas en el matrimonio por sus maridos.

 

Sabemos de qué manera tan controvertida son juzgadas hoy las relaciones prematrimoniales. Por un lado no se puede negar lo que el resultado de las encuestas ratifican una y otra vez: que el 90% de los varones y el 70% de las mujeres tienen relaciones íntimas prematrimoniales (3). Pero la doctrina del magisterio eclesial rechaza tales relaciones como inmorales y pecaminosas. ¿Pero no podría seguir ayudándonos mirar a la legislación del A.T.? También se puede determinar que en nuestra sociedad las relaciones prematrimoniales no se consuman en una promiscuidad y libertad total, sino que la tendencia hacia un compañero fijo aumenta de año en año. Se trata, con mucho, no siempre, de un superficial flirteo de una noche, sino de una consciente elección de compañero, de vinculación y duración, de lo que se dice «relaciones estables». Antiguamente los estudiantes buscaban sus primeras experiencias amorosas entre prostitutas, muchachas de servicio o camareras; hoy lo hacen entre amigas, colegas y compañeras. Si antes eran relaciones sexuales sin ningún tipo de participación u obligación personal, hoy sólo se acepta una rela-ción sexual entre jóvenes, si subyace una relación de amor (4). y por ello queda limitado normalmente, de manera fundamental, a un solo partenaire. Y en esa misma medida está justificado hablar de un comportamiento «análogamente matrimonial», incluso de una «anticipación del matrimonio». Ouien tiene ocasión de convivir con jóvenes parejas, no tendrá más remedio que admirar la serie-dad de su amor, la mutua responsabilidad y la fidelidad recíproca. Y, cuando estos jóvenes no se casan, la razón, con frecuencia está en la inseguridad profesional y social y más frecuentemente todavía en la angustia de vincularse para siempre, lo que ha de valorarse más bien como signo de responsabilidad que como falta de control.

 

Pero también por otro tipo de motivo y razón tiene sentido la relación prematrimonial en los casos en que se toma en serio. Hoy se sabe hasta qué punto la calidad de un matrimonio depende de la armonía sexual de los esposos. Aquí dejan de tener efecto las más pequeñas tensiones, y tienen lugar las reconciliaciones. Cuán frecuentemente se separan los jóvenes, yendo cada uno por su lado, porque en el terreno sexual no van al unísono. Si esta experiencia la hubieran hecho antes del matrimonio (o les fuera permitido hacerla). se hubieran ahorrado tragedias.

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(3) .-Estas cifras son desde 1949 casi constantes, cfer.L. von Friedeburg, La encuesta en la esfera íntima, Stutgart, 1953, 89; E. Noelle-Neumann, Anuario de la opinión pública 1958-1964, Allensbach, 1956, 592.

(4) . - H .Giese & G. Schmidt, Sexualidad de los estudiantes. Comportamiento y actitud, Reinbek, 1968, 189 ss.
Por esta razón aumentan las voces (el primero fue Siegfried Keil y Stephan Pfurtner y últimamente también Jacob David y Wil-fried Rohrbach) que están a favor de que la petición de mano, que había pasado de moda, vuelva a revalorizarse. Podría, como en el antiguo Israel, convertirse en una zona protegida de las relacio-nes sexuales para aquellas parejas no casadas todavía pero con voluntad de hacerlo, y para dar expresión, aun públicamente, a la intención de hacerla de una manera permanente. De esta manera se tendría en cuenta el deseo de innumerables jóvenes de una «obligación, pero sin el carácter definitivo» y no tendrán que ser excluidos y deshonrados por la Iglesia como «pecadores públicos». Por parte de estas parejas, tales relaciones prematrimoniales ya no se consideran, frecuentemente, como peca-minosas. En la valoración están al mismo nivel que el llamado «petting».

CAMBIARON LAS RELACIONES NATURALES POR LAS ANTINATURALES

Mientras las relaciones prematrimoniales -como por lo demás la masturbación- se consideran comportamientos totalmente norma-les y, por ello no son en la Biblia objeto de juicio moral, hasta hoy el odio de lo anormal, de lo reprobable e, incluso de lo siniestro, está asociado a la homosexualidad. Y por otro lado, la homosexualidad o la homofília, como se prefiere decir hoy, se ha dado siempre y en todo lugar. En la antigüedad estaba muy extendida. En Egipto, Babilonia y sobre todo en el mundo helenista, era un fenómeno cotidiano (cfer. Rom., 1, 26ss.). También en el antiguo Israel era conocida la homosexualidad, tal como nos muestra la historia de Lot y los hombres de Sodoma. Cuando dos mensajeros celestiales se hospedan en la casa de Lot, los habitantes de la ciudad rodean su casa y exigen la entrega de los extranjeros: “No se habían acostado todavía cuando los hombres de la ciudad, los hombres de Sodoma, rodearon la casa, desde los jóvenes a los mayores, todo el pueblo sin excepción. Llamaron a Lot y le dijeron: ¿dónde están los hombres que han venido esta noche a tu casa? Sácanoslos porque queremos convivir con ellos” (Gn., 19, 4ss. ); textualmente dice: <los queremos conocer>. Estas ideas son para Lot tan espantosas que prefiere entregarles a su propia hija soltera como sustitución. De la misma manera piensa un levita que está de camino con una de sus mujeres y pasa la noche en Gibea en la tribu de Benjamín. Cuando también aquí los hombres de la ciudad le piden que se ponga a su disposición, les envía a su mujer. Y sobre ésta se abalanzan los hombres, abusan y la violan hasta dejarla muerta al amanecer en el dintel de la puerta de casa (Juec., 19). y realmente los castigos son terribles: Sodoma se arrasa con fuego y azufre; la tribu de Benjamín casi se aniquila. Pero la abominación de la homosexualidad es tan grande que para evitarla se sacrifica in-cluso la propia hija virgen y la esposa. También las rigurosas leyes de Israel ponen de manifiesto que la homosexualidad se con-sidera una de las conductas peores. Leemos: "No te acostarás con varón, como se acuesta con mujer; es una abominación" (Lev.18,22) Esta regulación se agrava aún más con esta otra: "El varón que se acuesta con otro como con mujer, ambos han cometido una infa-mia, morirán y su sangre caerá sobre ellos" (Lev. 20,13).

 

Son varias las razones de esta prohibición tan radical. Por un lado contradice la polaridad sexual querida por Dios y radi-calmente asentada en el relato de la creación; además aparecía como un comportamiento típico del mundo infiel, equiparable al servicio de idolatría, a la magia y a la fe en los demonios. La esencia pagana era incompatible con la fe en Jaweh. Finalmente, la homofilia contradecía la misión divina de la creación: "Creced y multiplicaos" (Gn.1, 28) . Como además la abundancia de hijos era muy importante en Israel, tenía que considerarse la homosexuali-dad como algo pecaminoso e irresponsable.

 

En el N.T. la homosexualidad apenas juega papel alguno. Jesús ni la cita. Incluso en las cartas a las comunidades cris-tianas no judías, a las que era familiar el amor a los jóvenes muy practicado en el ámbito cultural griego, no aparece el tema. Pablo cita a los homosexuales en el catálogo de pecados de 1Cor., 6,9ss., juntamente con la idolatría, adulterio, robo, usura y ebriedad. Todos estos quedan excluidos del Reino de Dios. Más extensamente habla de esto en la carta a los Romanos en relación con el retrato moral que esboza del mundo pagano:

“Por eso los entregó Dios a pasiones afrentosas. Pues sus mujeres trucaron el uso natural en el uso contra la naturaleza. Y los varones igualmente dejando el uso natural de la mujer se abrasaron en la concupiscencia de unos por los otros. Varones que con varones perpe-tran torpezas” (l,26ss.)

Pero Pablo no dice cómo hay que tratar a los homosexuales y no pide ningún castigo para ellos, más bien considera esta confusión ya como castigo y precisamente como castigo por la actitud desordenada y previa a esto del hombre para con Dios. La falsa actitud del hombre para con Dios conduce igualmente a la falsa actitud del hombre para con su prójimo y para consigo mismo. Cuando Dios en su ira se aleja del hombre, éste se convierte en esclavo de sus desviadas pasiones. La homosexualidad la entiende Pablo no tanto moral como teológicamente, como consecuencia de la perturbación en la relación con Dios. Aparece allí donde el hombre se ha apartado de Dios.

El rechazo inequívoco de la homosexualidad por la Biblia tuvo consecuencias inhumanas en la historia de los pueblos cristianos. En Inglaterra se castigaba, hasta el año 1830 con la muerte en la horca. Y, todavía hoy se castiga en estados como América, Inglaterra, Austria, Finlandia, Unión Soviética (5). Entretanto, hoy, podemos compartir esta actitud de la Biblia en este punto. Para nosotros la homosexualidad no es problema teoló-gico sino psicológico y médico. y por ello el juicio moral de ella se discute mucho incluso entre moralistas católicos. Por otro lado, incluso las distintas orientaciones de la investiga-ción científica no acaban de coincidir. No se sabe hasta qué punto la homosexualidad y la inclinación lesbiana es una dispo-sición y hasta qué punto se debe a un desarrollo fallido de la primera niñez, o si es algo innato o algo adquirido. Probablemen-te se dan los dos tipos. Se la conoce como fase de transición a la pubertad, pero también como una disposición latente y como es-tado permanente entre los adultos.

 

Y, a decir verdad, la homofilia no se corresponde con el sentido pleno de la sexualidad, ya que tiene que renunciar a la procreación, embarazo y nacimiento de niños. Sin embargo, los afectados encuentran aquí cumplimiento sexual y, a menudo, también el humano. En la antigüedad y también en el primitivo Israel no se sabía lo que hoy sabemos: que una sexualidad vivida con sentido es algo necesario para el despliegue de la persona, de su capacidad de amar y de su mundo sentimental. Lo que a las personas con disposición heterosexual es correcto, según esto, debería ser para los homosexuales. sin importancia. Si hoy inclu-so la Iglesia admite que la sexualidad no se orienta exclusiva y primariamente a la procreación, sino que sirve también para la manifestación y expresión del amor y una ayuda mutua en y para la vida, entonces se tiene que admitir también para personas con disposición homosexual «auténticas relaciones amorosas» (6). En todo caso no se debería ya hablar más de culpa en tales contextos. Tampoco se puede –como por ejemplo Juan Pablo II- pro-hibir sencillamente la homosexualidad, pues pecar sólo es posible en una acción libre.
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(5).- Ver para este tema G. Friedrich, Sexualidad y matrimonio. Preguntas al Nuevo Testamento, Stuttgart,1977, 54-57.
(6) .- J. David, Moral sexual cristiana en un mundo secularizado en Sexualidad sin tabú y moral cristiana, editor E. Kellner, Mun-chen/Mainz, 1970, 21-23.
Un homofílico se encuentra a sí mismo como tal y esto para él es normal, vivir la sexualidad a su manera. Como no se puede cambiar a un zurdo, tampoco se puede cambiar a un verdadero homosexual. De todos modos, es difícil de imaginar que Jesús, que tuvo precisamente un corazón para los desvalidos y los marginados, para los pecadores y los adúlteros, no hubiera dejado acercarse a los homosexuales.

 

MATRIMONIO * ADULTERIO * CELIBATO

¿POR VENTURA NO SOY YO MEJOR PARA TI OUE DIEZ HIJOS?

Normalmente el A.T. presupone el matrimonio monógamo. De manera distinta no se puede entender el relato del Paraíso: "Y por ello abandona el varón a su padre y a su madre y se une a su mujer" (Gn. 2,24) . Aquí se habla de una relación personal, cordial y sentida, que deja al margen toda consideración jurídica, y si, en este contexto se llama a la mujer ayuda para el varón, no ha de entenderse como si fuera su criada. Más bien se deduce de todo el contexto con claridad que se trata de una ayuda para la vida, de una ayuda, podríamos decir, vital. Compañerismo y ayuda vital es. según la narración bíblica. el primer sentido y finalidad del matrimonio. Del amor en cuanto tal, de la felicidad del matrimo-nio es de lo que se trata, y lo recalcan una y otra vez no sólo los Proverbios (Prov.5,18-20; 31,10-31), sino que, incluso el escéptico <predicador> exige para una vida feliz de la pareja:

Goza de la vida con la mujer que amas
todos los días de tu vida fugaz
que Dios te da bajo el sol (Koh.,9,10).

Estos textos demuestras que la mujer no está sólo para engendrar hijos y que el primer fin del matrimonio no se ve en los hijos. En pasajes fundamentales se habla sólo de la comunidad del varón y la mujer y no de los hijos.

De todos modos, en el primitivo Israel, la situación de la mujer en el matrimonio está ampliamente determinada por el hecho de tener hijos. Y con frecuencia nos cuenta la Biblia tragedias humanas que se desencadenan porque la mujer no tiene hijos. Conocemos la historia de Sara, la mujer de Abraham. Cuando no tiene más remedio que enterrar la esperanza de tener hijos, se muestra, obligada por la necesidad, a estar de acuerdo en que su marido se acueste con la esclava Hagar, pues el no tener hijos se considera un castigo de Dios. Pero se puede atenuar sustitu-yendo los propios hijos por los de la esclava. Es claro que la poligamia, necesaria en tales casos y practicada con toda natu-ralidad, tenía que conducir a muchas tensiones matrimoniales. En este caso Hagar se burla de Sara, se ríe de ella y la humilla, por 10 que Sara la trata tan duramente que termina huyendo. El papel que juega en esta triple relación Abraham, no es nada honroso. Cobardemente abandona y entrega a Hagar a la ira de Sara y lava sus manos en la inocencia (Gn., 16,1-6). Por esta historia vemos cómo también el matrimonio en el A.T. podía estar lleno de pro-blemas, que las consideraciones humanas y sociales pesaban, no pocas veces, sobre el amor.

 

Pero por mucho que tales mujeres ganan en prestigio social por el hecho de tener hijos, hay también sobrecogedoras historias en la Biblia en las que para un varón o una mujer el amor del compañero le vale más que hijos, seguridad social, honra y honor.

Elcana consuela a su estéril mujer Ana: "Ana, ¿por qué lloras?, ¿por qué no comes?, ¿por qué está triste tu corazón?, ¿Por ventura no soy yo para ti mejor que diez hijos? (lSam.,1,8).

Hay también una sobrecogedora historia de dos hombres que, a pesar de todos los obstáculos se guardan fidelidad. Pero la historia también pone de manifiesto qué dificultades tenían ya (o precisamente) en el primitivo Israel los amantes. Se trata de un amigo que no gusta a los padres, un matrimonio forzado, y, sin embargo, los dos mantienen la decisión personal propia. Michal, la hija de Saúl, se enamora de David. Saúl, para ir retrasando el matrimonio, exige como precio de la novia, de parte de David una lucha loca contra los filisteos, esperando que en ella muera David. Pero cuando éste vuelve victorioso de la batalla, Saúl no le puede privar por más tiempo de su hija (lSam.,18,20 al 27), Y ésta protege astutamente y sin miedo a David de las asechanzas de su padre (lSam.,19,11-17). Mientras que David huye al desierto Saúl da a Mical otro marido, de nombre Paltí (lSam.,25,44). Cuan-do finalmente David es nombrado Rey llama de nuevo a Mical a quien sigue amando todavía. Entonces Ischabal, un hijo de Saúl, por medio de su capitán Abner, coge a éste y lo conduce a David. Entre tanto Abner ama tanto a su mujer que no la quiere entregar. “Su marido”, así se cuenta, "iba con ella llorando hasta Bahurín. y le mandó entonces Abner: anda, vuélvete. y se volvió (2Sam., 3,16).

 

La narración se oye como una novela: una mujer, por el odio de su padre, se separa del hombre al que ella ama apasionadamente y se casa con otro hasta que vuelve a encontrar su primer amor. Otro hombre a quien se arrebata su mujer se consume de amor por ella. Para él, que no tenía nada que ver con la enemistad entre David y Saúl, termina la historia de una manera trágica. Más tarde parece que el amor entre Mical y David se enfrió, pues Mical despreció a David cuando éste danzó delante del arca de la Alianza, a lo que David reaccionó de una manera bastante cínica (2Sam., 12,23). Esta tensión tiene una prehistoria interior. Tal vez Mical se arrepintió de haber dejado el amor de Paltí por el de David. Mical y David no tenían hijos, un signo de que la bendición de Dios no la tenía esta unión.

 

También una tragedia humana cubre el amor entre David y Betsabé: David contempla desde su terraza cómo se baña la hermosa Betsabé, manda que se la traigan y se acuesta con ella mientras su marido, Urías está en la guerra; al quedar embarazada Betsabé intenta primero David cargar el hijo a Urías, pero cuando esto no da resultado, coloca a Urías en primera línea de batalla para que caiga y poder casarse con Betsabé (2Sam., 11). Un doble crimen del Rey cuya culpa la tuvo un deseo espontáneo. Tales crímenes en ningún lado son perdonados, bagatelizados o discul-pados. Con toda claridad amenaza por ello el profeta Natán al rey con desdicha y con la muerte del niño. Pero lo que en esta historia impresiona no es tanto el hecho de que David no se con-trolara, ni su maldad al programar la muerte de Urías, sino la sincera confesión de David: "He pecado contra Dios", y la inmediata respuesta de Natán: "Así también Jaweh ha perdonado tus pecados (2Sam., 12,13). La pasión por Betsabé no fue una ofusca-ción ni un desvío del que uno se arrepiente y sigue viviendo como antes. David amó profundamente a Betsabé. La tuvo junto a sí hasta el fin de su vida. En ella encontró la mujer que cambió decisivamente su vida. Este ejemplo de un amor que echó fuera de su camino a esta pareja, pero que luego determinó y modeló toda su vida debe de tener su significado para nuestras reflexiones en torno al reconocimiento eclesial del matrimonio de divorciados. No se trata de querer poner como modelo un destino tan singular, pero hay hombres y vidas que no encajan en lo normal.

 

Hay también en la vida del individuo cambios y evoluciones que tiene que aceptar si es que uno no quiere entregarse y destruirse. Y, en ciertas circunstancias, forma parte de esto el que un matrimonio se separe para encontrar en otro matrimonio un amor y una plenitud mayor. Separación y un nuevo comienzo pueden ser algo más correcto que un empecinamiento en una fachada de vida muerta y sin amor. Dios, al menos así parece, ha aceptado tanto el arrepentimiento como el amor de David por Betsabé. Bendice al hijo de ambos, Salomón y le elige para continuar la herencia davídica. Dios es capaz de valorar el corazón del hombre y las realidades de la vida con más justeza que las leyes, por muy necesarias que éstas puedan ser.

 

Le odió más de lo que antes la había amado

La misma pasión explosiva que en él mismo, también en esta ocasión con un desenlace trágico, tuvo que vivirla David con su hijo mayor Amnón (2Sam., 13). Éste se había enamorado hasta la médula de su media hermana Tamar y estaba tan poseído del deseo de su entrega que enfermó gravemente. Su estado todavía empeoró más cuando vio la imposibilidad de acercarse a Tamar ya que las hijas del Rey vivían juntas y estaban en clausura estricta. Amnón no podía hacer lo mismo que había hecho su padre David con Betsa-bé; entonces su primo le ayudó con un engaño. Aconsejó a Amnón presentarse enfermo ante su padre y rogarle que le permitiese a Tamara que fuese junto a él para que le preparase la comida preferida. Si pudiera comerla, aseguró, rápidamente recuperaría la salud.

David le concede el deseo y Tamara va junto a Amnón para cocinar para él. La contempla y la manera de ser de la muchacha, amistosa y simpática, aumentó tal vez sus deseos. Con el pretexto de que podía comer solo, hace salir a todos los demás. Sin rodeo coge a Tamar y le obliga a que se le entregue. Tamar le ruega que la deje, haciéndole ver las consecuencias: “Piensa en mí... ¿dónde iría yo con mi infamia? .. Y tú mismo serías uno de los grandes pecadores de Israel!” Pero él no la escuchó, se abalanzó sobre ella y la violó.

 

Pero entonces sucedió algo todavía peor para la sensibilidad de Tamar: se apoderó de Amnón un odio muy profundo, un odio que era mayor que el amor con el que antes la había amado". Ordena que su siervo arroje a Tamar fuera de su casa y que cierre la puerta con llave. Pero Tamar rasga su vestido, el propio de la hija del rey, esparce ceniza sobre su cabeza -gesto de dolor que sobre todo se hacía en casos de muerte- y se aleja llorando en alta voz.

Ciertamente el crimen de Amnón fue reparado pronto. Su propio hermano Absalón aprovechó la primera ocasión que se le ofreció para matarlo, pero para Tamar, en lo sucesivo, la vida fue llanto y vergüenza. Quedó sola como una viuda en casa de su hermano Absalón. Lo que esto significa para una hija del rey, joven y hermosa, que, como todas las mujeres israelitas nada tan ardientemente deseaban como el amor y niños, sólo nos lo deja entrever el texto.
Lo más incomprensible para los intérpretes del texto es el cambio en el comportamiento de Amnón desde un amor apasionado a un odio profundo. Sin duda que se trata de un fenómeno psicoló-gico-sexual: <post coitum, tristitia>, es un dicho antiguo que como sabiduría de la vida ha entrado también en nuestros libros sobre el matrimonio. Se habla de la repugnancia, aversión e in-cluso hastío que el varón siente ante la mujer deseada hasta el momento. Pero esto, como sabe todo el que vive en pareja y como lo reafirman los psicólogos, no tiene que ser necesariamente así Este sentimiento del hastío aparece más bien cuando antes de la relación hay cautelas hacia el otro, cuando preceden insatisfac-ciones y desacuerdos y cuando la entrega se realiza sin placer, con irritación o de manera forzada. Y este es el caso cuando los sentimientos y los impulsos como los sentimientos de culpabilidad a ello unido, son reprimidos hasta el momento de la descarga eruptiva. Después se vengan en el rechazo del compañero, pudiendo intensificarse -como por ejemplo en una violación- en agresiones que se desatan repentinamente, llegando, incluso, al asesinato de la víctima. Tal quiebra de los sentimientos parece que se dio en Amnón.

 

Pero de todos modos, se pone de manifiesto en el caso de Tamar, con más claridad que en casos precedentes, la ambivalen-cia de la sexualidad. Según la visión bíblica, el pecado no sólo arrastró al dolor en las relaciones humanas en general, sino también a las sexuales. En la historia del Paraíso, la consecuen-cia inmediata para la primera pareja es caer en la cuenta de su sexualidad y la experiencia de la vergüienza (Gn., 2,25; 3,7). Pero es precisamente la vergüenza la que vigila el ámbito más sensible del hombre. Sobra allí donde el amor y la seguridad la relevan. Y, aún entonces el amor cobija una y otra vez experiencias de la duda, la alienación y la tristeza. Egoísmo y autoafirmación tienen aquí efectos más fatales que todos los demás niveles humanos.

 

Pero, incluso sin estos comportamientos equivocados, tiene lo sexual en sí algo que divide y que inquieta. Por algo y desde siempre se coloca el amor cerca de la muerte. Pues nunca, menos en la muerte, se ve el hombre tan separado de sí mismo como en la vivencia orgástica, y nunca se pierde tanto a sí mismo ni se ve tan conducido al borde de su experiencia existencial. y en ningún otro sitio experimenta él una corroboración tan absoluta y la experiencia de vivir de otro y para otro. "Fuerte como la muerte es el amor" (Cant., 8,6). Parece ser como si en la fugacidad de la satisfacción sexual ha experimentado el hombre igualmente la amenaza que pesa sobre la felicidad humana, de la vida, en una palabra. La angustia y el rechazo se unen con el deseo y la tendencia al cumplimiento y a la duración. La ambi-valencia de la relación sexual se rodeó frecuentemente y de manera necesaria con tabúes y el ámbito de lo sexual se consi-deró como perteneciente al terreno de lo numinoso. Miedos y angustias mágicas animistas requerían medidas de precaución contra los poderes y fuerzas demoníacos, que era precisamente aquí, supuestamente, donde tenían el lugar de entrada mayor y más peligroso en el hombre.

 

Por esto, lo santo era incompatible con lo sexual. Basta con pensar en las prescripciones del A.T. con relación a la pureza. Los fenómenos naturales de la vida sexual arrastran tras sí impureza cultual, que de una manera correspondiente deben de ser <expiadas o reparadas> (Lev., 15). Además en Israel se conoce la perversión de la sexualidad (Lev., 18,19-30). En la interpreta-ción del legislador israelita era esta la razón por la que Dios arrebató la tierra a los cananeos y se la entregó a Israel. El hecho de que la legislación se ocupa de tales perversiones, parece indicar que no eran raras (ver ha de Lot).

Hasta qué grado la sexualidad puede ser destructiva en el hombre, lo ponen en evidencia de modo especial algunas adverten-cias en el libro de los Proverbios. Es verdad que se trata de la mujer «extraña», es decir, de la que no es la esposa, de la que el varón tiene que protegerse. Y aquí se trata no tanto de la usurpación de la propiedad de otro varón -a la que pertenece se-gún el derecho israelita también la mujer- sino más bien de la peligrosidad de tal relación.

Sus pies descienden hasta la muerte
al sheol conducen sus pasos (Prov., 5, 5)

Su casa es el camino del sheol
que desciende hacia las cámaras de la muerte (7, 27)

Y esto no significa más que la mujer ajena arrastra hasta la perdición al varón, con sus artes seductoras.

Así pues, en el A.T. la sexualidad se considera desde un punto de vista absolutamente crítico, lo que viene a ser una nueva prueba de cómo el antiguo Israel estaba cercano a la realidad. De todos modos, el aspecto negativo se coloca, con relación al positivo, muy en segundo plano.

Todo aquel que mira a una mujer con ojos concupiscentes ...

Entre las faltas que se pueden cometer en el matrimonio la Biblia considera en primer lugar el adulterio. La seriedad con la que el A.T. se acerca a él, se explica porque se consideró un pecado contra Dios. Y es llamativo que se habla con mucha más frecuencia de adúlteras que de adúlteros. El varón, en efecto, disponía de una espacio libre más amplio que la mujer. Se le permitía tener una o más «concubinas», mientras que a la mujer no se le permitía tener un segundo varón. Según las ideas israe-litas se daba adulterio sólo cuando la mujer estuviera casada. Si el varón implicado estaba soltero o casado, era indiferente. Esto significa: el varón sólo podía romper el matrimonio ajeno, no el propio; la mujer sólo podía romper el propio, no el ajeno. Además el varón nunca podía ser sometido a investigación tan humillante corno la mujer. El castigo para ambos era la muerte por lapidación (Dt., 22,22). Lo mejor que le podía pasar a la mujer es que el marido se separase de ella, es decir, que la expulsase de su casa. La «secretamente despedida» no tenía valor alguno, estaba al margen de la sociedad y desamparada económicamente.

El N.T. condena toda forma de adulterio y no hace diferencia alguna entre varón y mujer:
Habéis oído: no adulterarás. Pero yo os digo: todo el que miró a una mujer con ojos concupiscentes, ya adul-teró con ella en su corazón (Mt., 5, 27ss.).

Tal vez alguien se extrañe de que Jesús condene aquí tan radicalmente el adulterio, mientras absuelve sin reserva a la adúltera que los fariseos le presentan para ser lapidada (Jn.8,3) Pero es algo distinto el que por una parte Jesús condene el adulterio y por otra acoja a quien comete adulterio. En un caso concreto Jesús se decide por el hombre y contra la ley. De este modo también debería orientarse nuestro comportamiento.

 

Pero además de todo esto debería ser necesaria una revisión de nuestro concepto de adulterio. No son los juristas los que deben decir si estamos o no ante un adulterio. como tampoco son ellos los que han de decir si hay o no una relación sexual consumada. Pues no toda «cana al aire» es adulterio. mientras que hay matrimonios rotos aunque en el terreno sexual no ocurra nada anormal. La ruptura tiene lugar cuando una de las dos partes se aleja interiormente del otro: cuando da su amor a otro o lo busca en otro lugar. porque allí ya no existe. Hay un desplazamiento del centro de gravedad interior. Y esto precisamente no se da en una «cana al aire»!!, aunque haya de tomarse en serio, porque la sexualidad, como hemos visto, afecta al ámbito más sensible y vulnerable del hombre. Y se dio el caso de que un artista que viajaba mucho y que de vez en cuando visitaba un burdel, declarase en su muerte no tener conciencia de culpa con respecto a la fidelidad en el matrimonio. La relación amorosa personal era para él algo totalmente distinto a la relación sexual en el prostíbulo; para esto había pagado según la tarifa. Y para él esto no tenía nada que ver con una vinculación interior con la prostituta o con una ruptura en su matrimonio. No había ido a buscar una nueva relación con otra mujer, no estaba interiormente distanciado de su mujer, a la que amaba y pertenecía. De todos modos queda abierta la pregunta de si este amor no tiene que implicar la renuncia a la mujer «no amada». Pero, en principio. el verdadero amor hace imposible el adulterio.

 

¿Le está permitido al varón repudiar a su mujer?

Tan decididamente como el adulterio condena Jesús igualmente la praxis judía de dar a la esposa una carta de repudio por el motivo que sea. La manifestación típica de esto la encontramos en Mc. 10,2-9 (Mt., 19, 1-9) donde los fariseos preguntan a Jesús si se permite al varón repudiar a su mujer

Pero él les respondió y les dijo: "¿Qué os ordenó Moisés? Le contestaron: "Moisés permitió redactar el acta de divorcio y así repudiarla". Pero Jesús les dice: "En razón de la dureza de vuestros corazones os escribió Moisés esta prescripción. Pero desde el principio de la creación Dios los creó varón y mujer. Por esta causa dejará el hombre a su padre y a su madre y serán los dos una sola carne. Por consiguiente, lo que Dios juntó, no lo separe el hombre”.

Aquí se yuxtaponen dos concepciones: la veterotestamentaria, sacada a la palestra por los fariseos contra Jesús y la definida por Jesús. A primera vista, nos resulta fuerte la reacción de Jesús. Parece no corresponderse con la comprensión y la manse-dumbre con la que sale al encuentro de la debilidad del hombre. ¿Quería poner Jesús una carga inaguantable sobre las espaldas de los hombres? Y es que así ha sido la interpretación literal de sus palabras y no solo para la multitud de personas que se aferran a un matrimonio muerto, sino también para todos los divorciados y vueltos a casarse que son excluidos de los sacramentos de la Iglesia.

Y en esto incluso parece haber sido más humana la legisla-ción veterotestamentaria. El divorcio allí era, al menos una po-sibilidad legítima. La ordenación a la que Jesús se refería decía:
Si un varón toma a una mujer y se casa con ella pero descubre en ella algo repugnante, le escribirá el libelo de repudio y la despedirá a su casa. Y ella puede casarse con otro (Dt., 4,1).

 

Sin embargo, la ley por la que el varón tenía que escribir una carta de repudio si se quería separar de su mujer. era. originariamente. una defensa de la mujer. Antes, el varón la po-día despedir sin más, en un momento de ira o de capricho. Ahora tenía que redactar un escrito, solicitar con ello una carta de despido y encontrar unos testigos para la entrega. Además transcurría un tiempo que podía hacerle cambiar de parecer. De todos modos, la protección originaria, se convirtió poco a poco en puro capricho. La cláusula «encuentra algo repugnante» sig-nificaba en principio algún defecto físico, pero luego podía ser un comportamiento algo chocante -lo que abría de par en par y de modo natural la posibilidad para cualquier susceptibilidad del varón o de sus celos. Una concepción laxa considera cualquier motivo banal, como puede ser quemarse la sopa, como motivo de divorcio; llegando a darse el caso de casarse por una sola noche. Si la mujer no correspondía a sus ideas o expectativas, la des-pedía a la mañana siguiente.

Con este trasfondo es como debemos entender el rechazo estricto de Jesús al divorcio. Jesús se refiere aquí al relato de la creación (Gn., 1,27) y deduce de la afirmación de que Dios creó al hombre como varón y mujer. el ideal del matrimonio monógamo (lo que de aquí no se deduce necesariamente) . La especi-ficación de la ley mosaica para Él no es más que una concesión a la debilidad y maldad del hombre. «Al comienzo» Dios había pensado otra cosa bien distinta. Aludiendo al orden de la crea-ción rechaza Jesús toda huída humana y toda sofistería. La praxis divorcista contradice la voluntad de Dios.

 

Sin embargo, no quería Jesús sustituir una vieja ley que se había demostrado cada vez más dura, por otra de mayor dureza. Es-to lo pone de manifiesto otro dicho de Jesús sobre el adulterio y el contexto en el que está:

Se os ha dicho también: quien despide a su mujer le tiene que dar un acta de repudio. Pero yo os digo: todo el que repudia a su mujer -a no ser que se trate de adulterio- hace que se rompa el matrimonio;, y quien se casa con una repudiada, rompe el matrimonio (Mt., 5,32; cfer. 19,9).
Este dicho no se diferencia mucho del de Marcos; aquí ya no se trata de mantener un matrimonio a cualquier precio; se prevé una excepción: si la mujer mantiene una relación con otro hombre al margen del matrimonio, rompe éste y se le permite al varón separarse de ella. Si, por el contrario no se le puede echar nada en cara a la mujer, el varón no puede separarse, pues en ese caso la lanza al adulterio, que se da una vez que ella se vuelva a casar.

Aun manteniendo en cuenta que la cláusula «a no ser por fornicación» (= adulterio) no procede de Jesús. sino que ha sido añadida por Mateo a causa de la praxis dominante en la comunidad. es importante constatar que los Evangelios no hablan de manera unánime de un matrimonio siempre y en todo caso indisoluble. Más bien busca Mateo un compromiso entre la exigencia de Jesús de la indisolubilidad del matrimonio y la realidad concreta de la comunidad. Como fundamental se sigue manteniendo la indisolubili-dad matrimonial. Hay sin embargo matrimonios que están tan des-trozados que no sólo está permitido deshacerlos, sino que, tal vez incluso hay que hacerlo.

Ciertamente no hay nada que borrar o acortar en la exigencia de Jesús, que nos puede parecer tan rigurosa; pero ante los ojos se tiene un ideal que no se puede alcanzar en la realidad con-creta. Igual que la exigencia de que aquel a quien su ojo o su mano le sea ocasión de pecado debe cortársela (Mt., 5,29ss.) no quiere ser literalmente entendida; como tampoco ha de entenderse al pie de la letra el precepto de que quien es golpeado en una mejilla se deje golpear más (Mt., 5,39), o que un cristiano no debe jurar nunca (Mt., 5,34); como también y sobre todo que la totalidad del Sermón de la Montaña no se puede cumplir ... De la misma manera también la prohibición del divorcio es una aspira-ción ética a la que el hombre siempre tiene que orientarse, ,aun cuando no la alcance. Jesús no quiere obligar a los hombres a una ley inmisericorde, aunque sí quiere dejarle claro a sus discípu-los con qué seriedad toma la obediencia a Dios.

 

Para la mujer, por el contrario, la prohibición de Jesús del divorcio significa una ayuda y una liberación. La protegía del capricho del varón y arrinconaba sus privilegios unilaterales. En Marcos encontramos incluso el apéndice: “Y si ella abandona a su marido y se casa con otro, comete adulterio” (Mc.,10,12). Marcos, contrariamente a Mateo, escribe para una comunidad greco-romana. El que una mujer pudiera repudiar a su marido era impen-sable según el derecho judío, pero posible en el derecho romano. Según esto, en Marcos, el varón y la mujer tienen los mismos derechos y los mismos deberes.

Pablo presupone la misma situación cuando escribe a los corintios: (lCor., 7,10)

 

Y a los casados les mando no yo, sino el Señor, que una mujer no deba separarse de su marido; si ella, no obs-tante, se ha separado, debe permanecer sin casarse.

Apelando a un dicho del Señor rechaza también Pablo el divorcio de una manera clara. E incluso en caso de separación subsiste el matrimonio -una exigencia que ha encontrado cabida en el derecho de la Iglesia. Sin embargo también para Pablo permite la regla una excep-ción: cuando uno de los cónyuges no era cristiano había muchos problemas sobre todo con la mujer. No ha de extrañar, por tanto, que Pablo desaconseje tales matrimonios, pero cuando son un hecho, anima a vivir juntos. Sólo cuando el cónyuge no creyente quiere disolver por su parte el matrimonio, debe de quedar roto (lCor., 7,15) y en la Iglesia católica siempre se entendió en tal caso que el cónyuge cristiano podía contraer nuevo matrimonio. Así pues, también Pablo permite una excepción. impuesta por las circunstancias: también para él hay casos en los que es mejor divorciarse. (!!)

Las tres respuestas del N.T. a la cuestión del divorcio: *
+total indisolubilidad
+posible divorcio por adulterio de uno
+posible divorcio por motivos religiosos

están yuxtapuestos con igual valor jurídico. Ninguno de ellos fue retocado a expensas del otro. Las desviaciones, con relación a la exigencia ideal, permitidas por la Iglesia primitiva corres-pondían a las necesidades de aquel tiempo. *¿NO TENDRÍAMOS OUE TRADUCIRLAS y TRANSFERIRLAS A LAS NECESIDADES DE NUESTRO TIEMPO?

A la mujer veterotestamentaria, si era arrojada fuera del hogar, no le quedaba, en realidad más que el burdel, la prostitución. Aun cuando tales mujeres, según parece, también eran despreciadas, al menos por los «piadosos» eran toleradas. Las prostitutas pertenecían a la capa más baja de la sociedad, pero no se podía imaginar la sociedad sin ellas, como sin panaderos o alfareros. Nos sorprende la naturalidad con la que la Biblia habla de ellas, como por ejemplo en el A.T. de las dos que acuden a Salomón disputándose el niño vivo (lRe., 3,16-28). O en el N.T. la pecadora pública que lavó los pies de Jesús con sus lágrimas y los ungió con aceite oloroso (Lc., 7,36-50). Y la prostituta Rahab de Jericó jugó un papel clave en la historia salvífica. En cuanto se pone al lado de los israelitas conquista-dores y reconoce a su Dios, se pone de parte de la vida (Jos.,2, 1-21). Y por esto es alabada en el N. T. como alguien que participó de la salvación (Hbr., 11,31; San., 2,25). El hecho de que sea una prostituta juega un papel totalmente subordinado en la valoración bíblica. El corazón, el comprometerse con la vida, puede ayudar más que un comportamiento ciertamente ortodoxo, pero en el fondo, falto de amor para el que siempre se puede apelar a la ley o a la razón.

 

AQUELLOS A QUIENES LES HA SIDO DADO

Enlazando con la conversación que Jesús mantuvo con los fariseos sobre el divorcio, los discípulos sienten pena por el hombre. Si todos cometen adulterio después del divorcio, es mejor no casarse. En Mateo es éste el dicho clave que Jesús dice sobre el problema del celibato.
Pero Él les dijo: "No todos comprenden esto sino sólo aquellos a quienes les es concedido. Pues algunos son incapaces para el matrimonio por nacimiento, y los hay porque los hombres los inhabi1itaron. y los hay porque ellos mismos se impusieron el celibato por causa del Reino de los Cielos. Quien sea capaz de entender, que entienda (Mt., 19,12).

Este es uno de los pasajes decisivos del N.T. que se traen a colación a favor del celibato. Sin embargo, tenemos que situar este texto en su contexto (7). La palabra griega para incapaz de matrimonio es «EUNOUKOI» (eunuco), y tomado al pie de la letra no quiere decir célibe, sino incapaz de engendrar. A los solteros en general pertenecen todos aquellos que no encuentran su compa-ñero/ a o por motivos económicos no pueden casarse, y además, todos aquellos que prefieren quedar sin ataduras y de ningún modo quisieran casarse. Pero el eunuco es precisamente no el que renuncia al matrimonio, sino el que es incapaz de consumar el matrimonio.

Ahora bien, en el mundo de Jesús había dos clases de <eunucos>: unos eran los impotentes de nacimiento, los otros los castrados. En Oriente había una costumbre bien vista: castrar a los vigilantes de los harenes, y, en general a los servidores de mujeres importantes.
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(7).- Ver para este tema J. Blinzner, Para el matrimonio inhábil. (Interpretación de Mateo 19,12) en Artículos completos I. Stuttgart, 1969, 20-40.
El tesorero de la reina de Etiopía (Hc., 8,27) era uno de ellos. Además había sacerdotes de algunos cul-tos como el de Cibeles, Artemisa de Éfeso y otros que se dejaban castrar para estar en una relación más intensa con la diosa. Y por ello disfrutaban de una alta consideración. De todos modos, la autocastración contradecía totalmente el pensamiento judío.
El A.T. no sólo prohíbe la castración de hombres, sino, incluso de animales (Dtn., 23,2; Lev., 22,24) -una nueva prueba de su sano sentido. Más tarde, esta ley fue liberalizada (Is.,56,3-5). Pero los judíos ortodoxos, para quienes era un deber moral tener hijos, rechazaban toda castración.

Por lo tanto, las palabras de Jesús, "hay eunucos que se autocastran por el Reino de los Cielos" es imposible entenderlas literalmente., más bien está pensando Jesús en todos aquellos que se han dejado coger totalmente por el ideal del Reino de Dios, que están tan fascinados, entusiasmados y comprometidos que ninguna otra cosa tiene cabida en su pensamiento y en su acción, sea dinero o propiedades, matrimonio o familia. Se entregan con una alegría indescriptible y sin límites al seguimiento de Cristo.

De todos modos Jesús deja bien claro que existen tales hombres, y Él mismo no se casó porque vivió el Reino de Dios de esta forma; pero no hace de esta <incapacidad para el matrimonio> una condición para pertenecer a Él, ni siquiera para sus más íntimos. Además el celibato en el que Jesús piensa no es negación o renuncia ni sacrificio heroico que uno tiene que hacer todos los días, sino un impulso y coacción interior, un carisma. Pero un carisma no es algo que se pueda exigir, es un don libre a «algunos» (Mt., 19,12). De ningún modo se puede legitimar con este texto sobre la «incapacidad para el matrimonio», es decir, el celibato obligatorio actual.

Pablo, también célibe, tenía, sin duda una predilección por el celibato y por ello escribe a los corintios: "De verdad desearía que todos los hombres estuvieran como yo". Al mismo tiempo tiene claro que no todos están en esta disposición y, por ello admite:"Sin embargo cada uno tiene su propio don de Dios" (lCor., 7,7), en cuyo contexto sólo puede tratarse del celibato y del matrimonio. También sabe Pablo que una persona que se cree
llamada al celibato puede equivocarse. Y por ello no devalúa el matrimonio, e incluso, en casos determinados, aconseja a ello, cuando alguien se ve consumido por un deseo ardiente: "Si no se pueden contener, deben casarse. Es mejor casarse que arder (en deseos) (7,9). Y quien crea ser deudor del acoso de una muchacha, debe casarse (7,36).

Pero es mejor quedar sin casarse, pues el matrimonio aparta de Dios, exige tanto a los cónyuges que abandonan la oración (7,5.32.34). Detrás está tal vez una valoración realista del matrimonio. Este no siempre trae la felicidad suprema ni el cum-plimiento de todos nuestros anhelos, con frecuencia supone grandes cargas, preocupaciones y problemas, en vez de hacer más llevadera la vida, los cónyuges pueden proporcionarse desengaños paralizadores y opresores. Pero Pablo dice expresamente: "Deseo que estéis sin preocupaciones. El célibe se preocupa de las cosas del Señor y de cómo agradarle. El casado se preocupa de las cosas del mundo y cómo agradar a la mujer (7, 32ss.).

Es muy importante agradar a Dios pues el mundo corre a su fin. Es corto el tiempo que queda hasta la segunda venida de Cristo. Entonces va a dominar un orden nuevo. Por ello tanto casados como no, vivid con los ojos puestos en el mundo venidero y no perderse en este mundo (7, 29-31).

Con relación al celibato o al matrimonio, Pablo como Jesús, se hace abogado de la libertad. Pablo ve también el celibato como carisma, como un don libre de Dios, que no se puede mandar legalmente: "Cada uno tiene su propio regalo de Dios" (lCor., 7 , 7) Por ello Pablo no prohíbe a nadie casarse, ni a las jóvenes (7,25ss.) ni a los jóvenes (7,26-28), ni a las viudas (7,39ss.), como tampoco exige el celibato.

Y ni Pablo ni Jesús regulan de una manera especial los estados determinados como pueden ser los «ancianos» (Presbíte-ros) o los presidentes de la comunidad (Episkopoi). En el N.T. no hay éticas especiales para grupos destacados. Y, por eso cuando el Papa Juan Pablo 11 en su "Carta a todos los sacerdotes de la Iglesia en el jueves santo de 1979" dice que el celibato ministerial u obligatorio se asienta en la <doctrina apostólica> dicho así no es correcto.

Por vez primera con los Padres de la Iglesia y bajo influjo neoplatónico, según el cual se considera el cuerpo como cárcel del alma, fue ganando importancia creciente la continencia y el autodominio, entendiéndose siempre la continencia como continencia sexual (8). Ahora el amor total a Dios excluye el amor a un hombre. Ahora es el sacerdote el escogido, un «segundo cristo» y tiene que esforzarse en vivir como Cristo: santo, puro y célibe. Entonces no se veía lo que hoy sabemos: que la pureza, o dicho con una palabra pasada de moda pero insustituible, la castidad es algo más que sólo continencia. También un hombre que vive con continencia sexual puede ser en su pensamiento y en su fantasía oscuro y sucio, y por otro lado, la relación sexual tie-ne que estar marcada por la pureza. «Castidad», así habla el teólogo inglés Robinson, «no es sencillamente continencia, es la sinceridad en lo sexual» (9). Sinceridad, claridad es inseparable de la santidad, sea el terreno que sea.

La convicción de que la santidad y la relación sexual se excluyen es, de todos modos, algo presente en muchas culturas antiguas. También en el A.T. es así. Esto lo pone de manifiesto no sólo las prescripciones de pureza del Levítico, sino que un episodio de la vida de David lo clarifica. David, huyendo de Saúl llega a Nob junto al sacerdote Abimelech. El sacerdote no tiene a mano pan corriente, sino sólo pan sagrado. Se lo da a David sólo después de tener certeza de que la gente ha estado lejos de las mujeres durante los últimos días (lSam.21, 1-7).

Por añadidura, se extendió entre los Padres de la primitiva Iglesia un pensamiento maniqueo y dualista que, consecuentemente condujo a una exageración acentuada del celibato y a la desvalorización de la sexualidad. La celebración de la eucaristía pronto se hizo incompatible con la relación sexual. Qué duración tenía que tener la continencia antes del servicio divino, era algo de lo que se tenían diversas opiniones. De todos modos, tenían que ser un par de días. Cuando en el siglo III se llegó a una celebración diaria de la misa. se exigió a los clérigos la continencia total. Con ello se estableció fundamentalmente el celibato ministerial. aun cuando no llegó a convertirse en ley obligatoria hasta el siglo XII. (10)

Visto desde el punto de vista bíblico el celibato obligado a los sacerdotes no fue ni es jamás idéntico al carisma de renuncia al matrimonio, proclamado por Jesús y por Pablo.
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(8).- Ver para el tema B. Kötting, El celibato en la Iglesia primitiva. Munster, 1968.
(9).- J.A.T. Robinson, Moral cristiana hoy, Munchen, 1964, 54

TÚ ME HAS SEDUCIDO

Amor, seducción, fascinación, no es sólo un tema o asunto que atañe a los hombres aquí y acullá, sino una fuerza que lo determina de una manera total y absoluta hasta lo último de su esencia. Nosotros tenemos que exponernos a él no sólo como hombre sino también como cristianos. Podemos con derecho, afirmar que nuestro tiempo ha ganado una nueva actitud con relación al cuerpo y a la sexualidad. El amor y la sexualidad se aceptan con respon-sabilidad individual con mucha más conciencia que antes. En contraposición a la desvalorización anterior y represión ñoña. la sexualidad se entiende hoy como un valor que pertenece al hombre y en el que se expresa y experimenta lo que es ser hombre. Por otro lado hay un extendido consenso que ve en la sexualidad algo de lo que libremente se puede disponer, que es cosa del individuo, algo que se puede tomar de forma caprichosa, con lo que se pueden hacer pruebas y experimentos. Esta liberalidad sin control y esta actitud consumista frente a la sexualidad está bajo el nivel de ser hombre de un modo responsable, como también bajo el nivel de la comprensión bíblica del amor.

Puede resultarnos muy iluminador del camino el concepto de amor del A.T. El «conocer» como varón y mujer es la experien-cia del hombre en su unidad y en su totalidad en la sexualidad; el Cantar de los Cantares es un testimonio de un amor auténti-camente erótico. Pero el amor, y justamente el amor erótico, deja su impronta en la esencia del hombre. Aislado y desde fuera no se puede comprender. Pero cuando el hombre se abre al amor, entonces el amor le da forma, lo cambia, lo sensibiliza para valores y ámbitos que a él mismo le trascienden. No es por tanto exagerado hablar del milagro del amor. Pues el amor hace saltar al hombre con sus experiencias inmanentemente limitadas y cotidianas. El encanto y la magia de un encuentro está más allá de toda demostración. El corazón tiene razones que la razón no conoce. Gracias a esta fuerza que trasciende al hombre el amor tiene algo que ver con Dios, más aún, más que todos los argumentos racionales, puede incluso llegar a ser la prueba de la existencia de Dios. Es por esto por lo que el amor tiene un lugar también en la Biblia.
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(10) .-Ver para este tema R. Kottje, La aparición de la eucaristía diaria en la Iglesia occidental y la exigencia del celibato, Rev. para la Historia de la Iglesia, n° 82, 1971, 218-228

E P Í L O G O

La observación de que muchas de las afirmaciones bíblicas sobre el amor y la sexualidad se corresponden, en gran medida, con nuestra sensibilidad moderna, fue el motivo de esta «MEDITACIÓN TEOLÓGICA». Vale la pena, por tanto intentar buscar una respuesta, partiendo de la Biblia, a problemas actuales que han sido insuficientemente tratados y captados por la tradición eclesial, y con las que pueda vivir el cristiano joven.

Numerosas conversaciones y trabajos previos antecedieron a este estudio. Debo dar las gracias en primer lugar a mi colaboradora desde hace muchos años, Catharina Elliger. Sin su ayuda este trabajo, aun suponiendo que se publique, ciertamente no hubiera adquirido la forma actual. También Ingrid Weiss leyó el manuscrito y aportó numerosas correcciones y mejoras.

Desde el punto de vista de la Teología Bíblica y Moral como desde la ética teológica han colaborado mis colegas ALFONS AUER, WOLFGANG BARTHOLOMAUS, NORBERT GREINACHER y MEINRAD LIMBECK con valiosas observaciones. Christian Brencher examinó las citas bíblicas.

HERBERT HAAG

Tübingen, a 11 de febrero de 1981

 

DR. HERBERT HAAG, especialista en estudios bíblicos
Profesor emérito de la Universidad de Tubinga