Estudios y trabajos >Casimiro Bodelón Sánchez

LOS HOMBRES ANTE EL PLACER

 

 

 

(Ideas para aclarar un tema siempre candente y siempre en entredicho)

El placer ocupa un lugar decisivo en la cultura occidental, donde determina todo el edificio <<moral>> (Evangelista Vilanova, en la editorial del nº 96 QVC)

Nuestra sociedad frecuentemente ha sospechado del placer y lo ha considerado culpable, y la más acusada en esta materia ha sido la Iglesia. Se le reconoce una pesada responsabilidad, y lo curioso del caso es que su actitud no queda justificada por un recurso a la Biblia, sino a otras influencias a las que ha sucumbido y después ha sacralizado.

 

Si bien, en teoría, la Iglesia siempre ha rechazado el reconocimiento de ciertas corrientes dualistas para las que el cuerpo y el placer pertenecían a un principio del mal, en la práctica, su tradición parece haber favorecido la convicción de que existe una ambigüedad en el placer y que la actitud del hombre en este terreno plantea una cuestión de vida o muerte. Acaso tendríamos que reconocer que la ambigüedad testimoniada en la actitud de la Iglesia se conecta con la propia ambigüedad de lo que en sí es el placer.

 

PLACER Y CRISTIANISMO (Marciano Vidal)


ORÍGENES HISTÓRICOS DE UN CONFLICTO ACTUAL

 

Entre los conflictos que la existencia cristiana ha tenido y ha de resolver e integrar destaca el que se origina en su necesaria confrontación con la realidad humana del placer. La opción cristiana, ¿supone un rechazo o una aceptación del placer como condición de una vida humana auténtica?

Han existido y existen formas de vivir y entender el cristianismo que rechazan, más o menos conscientemente y con mayor o menor radicalidad, toda inclinación hacia el placer. Para esta concepción cristiana, el término hedonismo, de origen griego (hedoné = placer), señala de forma condenatoria y amonestadora una desviación del cristianismo. Por otra parte, no han faltado ni faltan voces cristianas que expresan la normal relación entre cristianismo y placer; más aún, intentando superar malentendidos históricos y buscando un entendimiento con visiones antropológicas en las que tiene una importancia decisiva la realidad del placer (psicoanálisis), existen corrientes cristianas que encuadran el placer dentro de un amplio marco del derecho del hombre a su plena realización y se preguntan por <<el derecho al placer>>.

La presencia de estas dos formas de entender y de vivir la relación entre cristianismo y placer es una constante en la historia de la existencia cristiana (J. Caro Baroja, Las formas complejas de la vida religiosa, 1978, pp. 131-140 y 150-154). Esta situación conflictiva es la traducción externa del conflicto interior de todo cristiano ante la realidad del placer

 

1. DE LAS AMBIGÜEDADES HISTÓRICAS A LA CLARIFICACIÓN ACTUAL

 

EL CONCEPTO DE PLACER


En el ámbito de la afectividad

La filosofía escolástica insertó el placer en el cuadro de las <<pasiones>> (ver en Ferrater M, Diccionario de Filosofía: Placer). Conviene recordar que la filosofía posterior no ha aportado una mayor clarificación; unos autores, declarando el tema como <<inevitablemente provisional>> continúan refiriéndose a la <<teoría de los sentimientos y a la lista eclesiástica de las pasiones>> (Aranguren, Etica, p. 351 ss); otros traducen en un lenguaje más actual las formulaciones de las escolástica. Así C. Fabro define placer como “un sentimiento de satisfacción que se difunde desde la esfera espiritual como respuesta del sujeto a la consecución de un bien deseado”.

Más que a la reflexión filosófica acudiremos a los estudios psicológicos para comprender la realidad del placer. A pesar de que también en este campo existen notables interrogantes aún sin resolver, no obstante, la psicología presenta un horizonte más adecuado para situar la realidad del placer.

El placer pertenece fundamentalmente al mundo psíquico de los sentimientos, afectos y emociones. Lersch sitúa el placer en el fondo endotímico, descubriéndolo en las tres manifestaciones del citado fondo: el placer es <<una vivencia pulsional de la vitalidad>>, es una <<emoción de la vitalidad>> y forma parte del <<estado de ánimo>> relacionado con el sentimiento vital (Estructura de la personalidad, 1966,pp 112-114, 199-200, 270-272). Pinillos, por su parte, coloca el placer y el dolor dentro de la <<afectividad>>, la cual considera como <<una realidad psíquica con personalidad propia, o sea, inderivable del conocimiento y de la acción>> (Principios de psicología, 1975, p.547); para él el placer y el dolor establecen una modulación inherente a las vivencias afectivas; más que como a entidades concretas de la vida afectiva (como son los sentimientos y las emociones), <<el placer y el dolor constituyen la nota cualitativa propia de las vivencias afectivas>> (p. 549)

La alusión selectiva de los dos psicólogos citados descubre el nuevo horizonte en el que ha de comprenderse y valorarse la realidad del placer. La doctrina tradicional cristiana, al situarlo en el cuadro de las <<pasiones>>, inevitablemente se va a orientar por caminos estrechos y, en cierta manera, falsos.

Agradar y desagradar = modulación básica y necesaria de la vida psíquica

 

Aristóteles intuyó la función omnipresente del placer (y de su contrario el dolor) en la vida humana: <<desde la primera infancia se descubre en todos nosotros el sentimiento del placer; por eso resulta difícil despegarnos de una afección que da calor a nuestra vida>> (Ëtica a Nicómaco).

La psicología actual ha puesto de manifiesto la presencia del placer a lo largo de todo el devenir psíquico del hombre. En la estructura psíquica el placer constituye un componente básico y necesario. <<Podemos afirmar, sin que se nos pueda tachar de hedonistas, que la tendencia al gozo es una disposición natural>> (Lersch, 113). <<El fundamento radical de la afectividad como realidad psíquica con entidad propia, descansa en esta experiencia del mismo cambio que se nos hace presente en forma de placer o displacer>> (Pinillos, p.549).

 

Si el placer es una modulación básica de la vida psíquica, es incoherente toda postura que trate de <<olvidarlo>> o <<reprimirlo>>. La educación para el placer es una exigencia nacida de la antropología y que se sitúa entre los extremos del <<rechazo>> y la <<absolutización>>. La absolutización del placer es una tentación, sobre todo en personas caracterológicamente predispuestas (Lersch, pp. 113-114); pero no puede ser rechazada con la <<supresión>>, sino mediante la educación.

La modulación afectiva del placer: el <<pathos>> de la vitalidad

Para santo Tomás, el placer <<no es otra cosa que el descanso del apetito en el bien>>. El placer para la concepción tomista, tiene el matiz de gozo reposado, ya que se <<centra en la posesión del bien ya obtenido, que es como el término del movimiento>>.


A pesar de que la concepción tomista del placer no deja de resaltar la dimensión activa del placer, creemos que prevalece en ella una consideración demasiado estática. En todo caso, preferimos entender la modulación afectiva del placer como el <<pathos>> de la vitalidad..

El placer es la vivencia alegre del impulso vital, del encuentro con el mundo y de la relación con los semejantes. Es la epifanía y la fiesta de la vitalidad. Lersch ha expresado esto mismo con una frase lapidaria: <<es un pathos específico de la vitalidad lo que constituye la calidad endotímica del placer>> (199). En oposición al dolor, signo y presagio de muerte, el placer es signo y crecimiento de vitalidad. Desde su soporte biológico (neuro-hormonal) hasta su incidencia en la <<forma de estar en la realidad>>, pasando por sus gestos expresivos, el placer es una celebración festiva de la vida.

Desde las afirmaciones precedentes resaltan de forma estridente las actitudes de total ascetismo y de negación real de placer. Tales actitudes pertenecen al <<síndrome de necrofilia>> que como un negro fantasma recorre la cultura occidental y que continúa haciendo diversas <<apariciones>> en formas religiosas y sociales de hoy en día.

El placer: ¿realidad autónoma o parasitaria?

La comprensión de la tradición cristiana y su consiguiente valoración, descansa sobre un pilar fundamental: el placer no es una realidad autónoma, sino parasitaria. El placer no existe por sí mismo, y por eso no puede ser buscado por él mismo.

 

Santo Tomás formula de una manera muy precisa este punto esencial de la doctrina cristiana sobre el placer. <<El deseo del bien y el deseo del placer se reduce a una misma cosa que es el reposo del apetito en el bien>>; de esto se sigue que <<la delectación es agradable por otra cosa, es decir, por el bien, que es el objeto de la delectación, y, por lo mismo, el principio que le da forma; por consiguiente, la delectación es deseable porque es el reposo en el bien anhelado>>. Estas afirmaciones de santo Tomás se basan en la comprensión aristotélica del placer como perfección de la acción: <<el placer perfecciona el acto en forma de una cierta perfección final superviniente... Sin acto no hay placer y todo acto es rematado por el placer>>.

 

Esta doctrina aristotélico-tomista, que por cierto es la corriente doctrinal cristiana más crítica y abierta en la comprensión del placer, orienta de una manera decisiva la actitud ante el placer. Más adelante discutiremos este aspecto importante de la teoría cristiana del placer, analizando sus implicaciones éticas.

Desde la comprensión psicológica actual nos inclinamos a considerar el placer no como una realidad parasitaria, sino autónoma. El placer tiene consistencia por sí mismo y, por consiguiente, autonomía respecto a la acción y a los contenidos objetivos. Esta autonomía no significa independencia de las restantes dimensiones de la existencia humana, pero sí libertad de su pretendida condición parasitaria respecto a la acción y al bien objetivo. De aquí se deriva una valoración autónoma del placer, tal como veremos a continuación.

 

Las anotaciones de este primer apartado soportan las ambigüedades inherentes a la comprensión tradicional del placer y abren la puerta hacia una comprensión actual más coherente. Conviene hacer anotar que la valoración histórica la hemos realizado sobre la comprensión aristotélico-tomista, que consideramos como la corriente más crítica de las que han influido en el cristianismo y en la que existen valores positivos indiscutibles.

 

2. DE LA ALERGIA CRISTIANA HACIA EL PLACER A LA RELACIÓN INTEGRADORA

 

En el apartado anterior hemos tratado de analizar la relación, histórica y actual, del cristianismo con el placer centrándonos en la comprensión de la realidad humana del placer. En este apartado pretendemos hacerlo desde la instancia de la valoración. Toda comprensión de una realidad antropológica lleva a, y está condicionada por, una valoración.

La valoración cristiana del placer es un tema abierto a los estudios históricos y sistemáticos. A pesar de que no faltan aproximaciones de un cierto interés, (Plé, Pohier, Lumièr et vie, 114, Concilium, 100 y 109), no podemos decir que sea un tema cerrado. Cuanto digamos a continuación está condicionado por esta apreciación inicial.

 

a) << La alergia cristiana al placer>>

Es difícil recoger en una apreciación apodíctica la valoración que ha hecho el cristianismo sobre el placer. Reafirmándose en un estudio similar a este (M. Vidal, Sexualidad y cristianismo: del conflicto a la reconciliación, Concilium, 109, pp. 374-386) Marciano Vidal reconoce que resulta inadecuado involucrar en una afirmación unitaria actitudes tan diversas como se han dado en las diferentes épocas de la Iglesia y hasta dentro de cada época, en los diferentes estamentos que integran el llamado cristianismo histórico. Por otro lado, cuando en el contexto de este tema se habla del cristianismo, ha de entenderse por <<cristianismo>> no sólo ni preferentemente la posición de la Iglesia, sino más bien, las posiciones históricas de la cultura occidental cristiana. En este tema polémico, como en tantos otros, es difícil separar lo que pertenece al cristianismo como tal y lo que es propio de la cultura occidental.

Admitida esta complejidad del tema, creemos que el cristianismo histórico, sin que haya caído en un menosprecio total del placer, ha proyectado una actitud más bien negativa ante el mismo. Con razón se puede hablar de <<una alergia cristiana al placer>>. Esta alergia se concreta en una <<situación conflictiva>> en la que se encuentra la existencia cristiana a la hora de intentar comprender y realizar el placer (Pohier).

Ejemplificación de la conflictividad

El conflicto entre cristianismo histórico y placer tiene varias manifestaciones. Conscientemente, no se pretende hacer una exposición antológica de apreciaciones doctrinales y de comportamientos prácticos en, los que se hace patente la alergia cristiana al placer, aunque no sería difícil y, además sería divertido. Preferimos señalar los núcleos temáticos y los ámbitos de comportamiento que principalmente se convirtieron en objeto de conflicto.

El menosprecio del cuerpo es ahora causa y efecto del conflicto del cristianismo ante el placer. Partiendo de los que decía Aristóteles, <<los placeres del cuerpo le han usurpado los derechos del nombre>> y de ahí que al placer se le ha relacionado estrechamente con la realidad corporal. Ahora bien, del menosprecio del cuerpo es normal que se pase al menosprecio del placer.

La sexualidad ha constituido un terreno privilegiado para la manifestación del conflicto del cristianismo con el placer. Han sido muy estudiadas y son de sobra conocidas las ambigüedades y contradicciones de la moral cristiana en relación con el placer sexual.
El matrimonio (ética conyugal, espiritualidad matrimonial) ha constituido un ámbito singularmente conflictivo para el cristiano respecto a la integración entre cristianismo y placer.

La moral del placer en general se ha visto bastante turbada por razón de la no aceptación inicial de esta realidad humana. Basta recordar el afán escrupuloso para distinguir entre placeres <<legítimos>> e <<ilegítimos>>, distinción que no preocupaba, por ejemplo, en el orden de las verdades (no se las distinguía en <legítimas> e <ilegítimas>); recordemos también la connotación peyorativa de la <<delectación>> en los análisis tan casuísticos de la <<delectación morosa>>

El ambiente de ascetismo exagerado en la espiritualidad, en la educación y en las manifestaciones religiosas hizo que el cristianismo histórico proyectara un rostro duro y de negación ante el placer.

Los ámbitos cristianos, teóricos y prácticos, que hemos señalado son demasiado importantes como para que reconozcamos el alto nivel traumático que ha supuesto la relación del cristianismo histórico con el placer.

 

Etiología de la conflictividad

 

De la misma manera que en el conflicto con la sexualidad, hemos de reconocer que la conflictividad en relación con el placer tampoco proviene de la más genuina cosmovisión bíblica. Han sido otros factores extraños a la auténtica corriente cristiana los que han favorecido la situación conflictiva. Recordemos algunos:

La influencia del estoicismo ha sido profunda en la cultura occidental y más concretamente en el cristianismo. La moral cristiana ha sufrido influencias estoicas desde diversos flancos: concepto de ley natural, reducción a la procreación en la ética sexual, etc. En lo tocante al tema del placer, es conocida la postura negativa de los estoicos ante las <<pasiones>> (entre las que destaca la hedoné). Uno de los rasgos del ideal ético del estoico es el de la apátheia o ausencia de pasión: el estado del alma que ha alcanzado un absoluto dominio de sí misma y ya no sufre la fuerza de las pasiones. Este estado lo consigue el estoico mediante la ataraxia, que consiste en no dejarse turbar por nada.

El ideal estoico es diametralmente opuesto al placer. A pesar de que esta postura tuvo un rechazo teórico por parte de autores cristianos como Agustín y Tomás de Aquino, sin embargo, no dejó de ejercer influencias en el cristianismo.

El dualismo helénico y el neoplatonismo también han dejado su impronta profunda en el cristianismo. Este influjo se manifiesta a través de una metafísica despreciadora de la materia y se manifiesta de una manera general en la tonalidad de abstención en todo lo relacionado con el placer. La influencia encratista se nota en prohibiciones que hoy nos resultan escandalosas (restricciones un tanto tabuicas del acto conyugal en determinadas circunstancias), en concepciones negativas del acto conyugal como <<acto permitido, pero escabroso>>; en el pesimismo ante todo lo que es sexual; en la misma virtud de la <<castidad>> con un cierto matiz restrictivo y de abstención; en el ascetismo como medio para alcanzar una vida más pura y más dedicada a la contemplación.

 

Un aspecto muy importante donde se presenta la influencia extra-cristiana es el de la valoración del placer, que va inherente al comportamiento sexual. A lo largo de la moral cristiana ha perdurado este malestar de no saber encajar perfectamente el placer dentro de una concepción integral de la sexualidad. Desde la concepción agustiniana del placer sexual como un mal únicamente justificable con la excusa de la procreación, la solución al problema recibirá una impostación negativa que todavía permanece. Es cierto que no han faltado teólogos que han encontrado la forma de encajar el placer en el conjunto armónico del comportamiento sexual, pero la doctrina común ha sido negativa a este respecto. Recordemos que sólo a principios del siglo XX se pusieron de acuerdo los moralistas sobre la no ilicitud de la búsqueda del placer moderado entre esposos fuera del acto conyugal. Recordemos también la dificultad que ha habido en integrar armónicamente el amor espiritual y el acto carnal: consecuencia evidente del dualismo helénico y de las tendencias neoplatónicas.

 

Conviene recordar igualmente la influencia que ejercieron en la actitud cristiana ante el placer los movimientos extremistas suscitados dentro del cristianismo: gnósticos, encratistas, maniqueos, cátaros, puritanos, jansenistas, etc.; todos ellos dejaron su impronta de recelo ante el placer en el pensamiento y en la vida cristiana.

Si además de los factores reseñados añadimos otros no menos importantes, como la exageración de la corriente ascética, el miedo religioso ante la condenación eterna, el ambiente general de represión, etc, podemos explicar –aunque nunca justificar—el conflicto del cristianismo histórico ante la realidad humana del placer.

b) Los caminos de la reconciliación

Si en la comprensión del placer podemos trazar un puente desde las ambigüedades del pasado hasta la clarificación actual, creemos que del mismo modo podemos y debemos hacerlo con la valoración. La <<alergia cristiana al placer>> no tiene justificación en los orígenes del cristianismo. Por este motivo podemos liberarle de las claras sospechas que ha tenido ante la realidad del placer.

 

Creemos que el camino de la reconciliación ha de pasar por las siguientes etapas:

 <<Liberar>> el tema y la realidad del placer. La reflexión cristiana determina, tal como ya se ha dicho, <<destabuizar>> el tema y la realidad del placer. Acertadamente Albert Plé , siguiendo a Aristóteles y a Santo Tomás, señala que el placer ha de entrar plenamente en el estudio de la moral. “¿Cómo puede el moralista desentenderse del placer si éste acompaña, por derecho propio, toda acción; si cuanto más buena es una acción, más bueno es el placer, y si, a fin de cuentas, el placer de obrar moralmente bien es el mejor estímulo para practicar la virtud y el criterio más seguro de la moralidad “ (Vida afectiva y castidad, pp.163-164).
La <<destabuización>> del placer comporta: eliminar todo lenguaje negativo en relación con éste; desterrar el miedo ante él; profundizar en su sentido antropológico y cristiano; buscar los canales de su integración dentro de la plenitud humano-cristiana.
 No identificar el pecado con el placer <<buscado por sí mismo>>. En el terreno de la sexualidad se ha insistido en el hecho de que el pecado radica, en última instancia en la búsqueda desordenada del placer.
Esta reducción del pecado a la realidad del placer lleva a una forma de moral desvinculada con la realidad, centrada neuróticamente sobre las puras intenciones del sujeto, y orientada hacia mecanismos represivos. La culpabilidad también se da en el placer, pero el placer no es el lugar donde necesariamente se concreta la culpabilidad de otros ámbitos de la vida humana.
En este sentido habría que superar definitivamente todo planteamiento moral que haga consistir el valor ético de un comportamiento en la distinción de placeres <<lícitos>> e <<ilícitos>>. La dimensión moral de una situación o de un comportamiento se mide desde la estructura de realidad comprometida en estos.
 Nuevos caminos para la <<moralización>> del placer. La moral tradicional se ha preocupado de <<moralizar>> el placer. Para hacerlo ha empleado diversos procedimientos: 1. <<ordenando>> los placeres, sobre todo los sensibles, en el término medio de la virtud de la templanza. 2. haciendo depender la moralidad del placer de la moralidad del bien en el que aquél descansa: considerando el placer como una realidad parasitaria en un bien determinado, se sigue que la moralidad también es parasitaria y dependiente de la moralidad de este bien; 3. declarando inmoral toda búsqueda del placer por sí mismo (<<ob solam voluptatem>>).
Creemos que la moral del placer se ha de buscar por caminos nuevos. En el fondo de la moral tradicional aletea una ambigüedad: considerar el placer como un epifenómeno del bien. Esta consideración ha conducido a algo negativo: <<negar>> de hecho la realidad del placer (Pohier). Estando de acuerdo en la primera conclusión (la no absolutización del placer) y queriendo evitar la segunda (la negación del placer), creemos que la moralización del placer se ha de efectuar desde una consideración autónoma del mismo. La moral del placer ha de tener su propia y peculiar consistencia. Dicha moral se ha de formular desde los presupuestos generales y comunes del discernimiento ético.
Si adoptamos este método de moralización, la dimensión ética del placer se resitúa en perspectivas cualitativamente distintas de las adoptadas por la moral tradicional

  • El lugar del placer en el sistema moral .La moral ha de entrar en el placer. Pero también el placer ha de entrar en la moral. La <<absolutización>> del placer en el sistema moral nos lleva a la <<desorbitación>>: aquí radica la vulnerabilidad de los sistemas éticos cerrados en el hedonismo. Por otra parte, la <<negación>> del placer en el universo moral lleva a una <<mutilación>> de una parte de la realidad humana: aquí radica la <<inhumanidad>> de los sistemas éticos que se cierran a la realidad del placer. Todo sistema moral auténtico asigna un lugar específico al placer y, por consiguiente, comporta una cierta dosis de hedonismo (Plé)
  • Confrontación con las ideologías contemporáneas del placer. La actitud cristiana ante el placer no sólo ha de partir de los conocimientos aportados por las ciencias humanas (sobre todo la psicología), sino que también ha de confrontar su punto de vista con las ideologías contemporáneas del placer. Pensemos en particular en el anarquismo y en el freudismo, ésta con su pugna entre el <<principio del placer>> y el <<principio de realidad>>.

 

En el esquema del psiquismo humano, Freud señala dos clases de instintos: eros y thánatos = de unión y desunión. Los primeros son regidos por el <<principio del placer>>: la acumulación tensional de su energía (libido) resulta desagradable y su descarga produce placer. La sexualidad es la única fuente de placer de que disfruta el hombre. Los instintos de thánatos son regidos por el <<principio de la repetición>>. Tiende siempre a repetir lo que es más antiguo y originario, hasta reducir al ser vivo, por medio de la muerte y la desintegración al estado primigenio inanimado, del que surgió la vida en virtud de un rígido evolucionismo mecanicista.

Por encima de los instintos está el YO. Éste hace el oficio de mediador entre los instintos del <ello> y el mundo exterior. Actúa bajo la fuerza del <<principio de la realidad>>. Freud admite una realidad represiva continua al admitir el principio de realidad. Esto es necesario para poder sobrevivir. Para poder tener los bienes de la cultura, del derecho y de la moral, hemos de reprimir los instintos del ello y vivir bajo el principio de la realidad

Freud admite el principio de que todo progreso se lleva a cabo a costa de una infelicidad. El desarrollo de la cultura va ligado a la represión de los deseos instintivos y, por lo mismo, al displacer. Al reprimir las fuerzas excedentes del instinto del eros, el cuerpo se transforma en instrumento de trabajo y no en instrumento de placer; lo mismo sucede con el instinto de thánatos. La represión conduce automáticamente al progreso cultural.

 

La postura de Marcuse es diferente a la de Freud, trata de superar la postura freudiana. Marcuse considera que la civilización occidental basa y ha basado siempre su éxito en la represión. Toda la historia es una permanente sucesión de regímenes represores. La filosofía neoplatónica y aristotélica, con su gran influencia en la cultura occidental, ayudan a fijar más la situación alienante del hombre, que para poder sobrevivir en este mundo de obstrucciones, tiene que sublimar los instintos.

Ante esta realidad nos preguntamos: ¿ha de identificarse definitivamente civilización y represión?, ¿realmente existe conflicto entre principio del placer y principio de la realidad?. Marcuse cree que es necesario superar esta contradicción, dar un salto cualitativo y pasar de una sociedad represiva a una sociedad no represiva, donde funcione más el principio del placer. ¿Utopía?.

Reconocemos claramente la existencia de un auténtico conflicto entre cristianismo y placer, pero afirmamos que existe la posibilidad de una adecuada integración. Pensamos que dentro de la estimativa cristiana hay un lugar honroso para la realidad humana del placer.