Estudios y trabajos >Casimiro Bodelón Sánchez

PSICOSEXOLOGÍA DE LA UNIÓN CONYUGAL

 

 

 

(Reflexiones sobre el tema, partiendo de la praxis histórica mantenida por la Institución eclesial Católica desde los santos Padres hasta nuestros días)

 

 

INTRODUCCIÓN

Partiendo desde el siglo VI, aproximadamente, pasando por la alta y baja Edad Media, todo el período de la Reforma y la Contrarreforma, hasta llegar a finales del siglo XX, la Moral Católica ha tratado, a mi juicio de forma poco afortunada, el tema de la sexualidad humana. Y cuando digo <<de forma poco afortunada>> quiero decir que siempre ha mirado el tema de reojo, manteniéndolo bajo sospecha, en el mejor de los casos. En sí, la sexualidad no ha sido considerada como un valor a cultivar, sino como un mal menor a evitar, o, por lo menos, como una realidad incómoda a la que había que tener controlada y a la que, de alguna forma, había que buscarle un acomodo o una justificación. Mi personal criterio, tras estudios amplios e investigación minuciosa, es que esta forma de actuar mantenida contra viento y marea a lo largo de tanto tiempo, no se fundamenta en razones teológicas ni bíblicas, sino en razones de tipo histórico-coyunturales.

 

Si esto realmente fuera así, y yo no tengo razones mínimamente serias que me lleven a pensar de manera diferente, creo que ha llegado el momento de poner los argumentos sobre la mesa y empezar a educar a las nuevas generaciones de forma muy diferente a como se ha venido haciendo hasta el presente. Entrados ya en el siglo XXI, el tema sigue candente y una gran masa social (sobre todo la juventud), a la que no se han dado razones ni respuestas adecuadas a sus inquietudes, a sus preguntas, a sus impulsos..., han optado por abandonar masivamente las conductas de “contención” y se han lanzado a una vivencia de su sexualidad de forma y manera un tanto primaria, manteniendo conductas de alto riesgo y, en algunos casos, absolutamente irresponsables.

 

Roto el férreo dique de la moral tradicional, más fundamentada en el miedo y en la culpabilización que en razones de peso, hay un serio peligro de atropello e inundación masiva, con lo que supone de pérdida de valores altamente positivos, y una vivencia banal, hasta el hastío, de toda la riqueza que supone una sexualidad compartida en pareja, dentro de unos parámetros de respeto y apoyo mutuo.

El haber vivido durante siglos la sexualidad, a veces como un peligro, como algo bajo y hasta sucio (impuro), y siempre como un misterioso tabú, amén de las tragedias personales, ha tenido como consecuencia su poco estudio serio y la consabida acumulación de errores y mitos que han pesado y siguen pesando sobre muchas personas (generaciones enteras).

 

La Iglesia, como Institución con gran poder social, educativo y cultural, ha sido a la vez parte de la causa y, al mismo tiempo, víctima de esta ignorancia, por lo que carga, le guste o no, cierto grado de responsabilidad por haber ayudado a mantener esta postura negativista hacia los valores indiscutibles de esta dimensión fundante de la personalidad humana que es la sexualidad.

 

Hoy en día, los sorprendentes avances de las ciencias humanas, la Psicología, la Antropología, la Sociología, la Sexología, así como la Biología, unidos al proceso de secularización que arrebata, (velis nolis), el poder de decisión, de educación y orientación a la Institución religiosa, todo ello, insisto, ha creado un cambio de mentalidad y de conducta que choca, en algunos casos, frontalmente con lo vivido por amplísimas capas de población mundial hasta hace poco más de 20 años. Este choque crea desorientación y alarma en muchísimas personas y piden, necesitan, exigen nuevos parámetros donde poder agarrarse ante el “mareo o vértigo” que esta situación supone para sus mentes y sus conciencias con una formación poco profunda y, en la mayoría de los casos, fundada en el temor y en la culpabilidad.

 

Este profundo cambio socio-cultural, sumado al potente e imparable avance de las ciencias de la comunicación a escala mundial (internet convierte en instantánea la intercomunicación y el intercambio de ideas, imágenes y conductas de un extremo al otro de nuestro planeta), nos obliga de forma urgente e imperiosa a ofrecer una nueva visión de la sexualidad, desde paradigmas científicos, humanísticos y más reales que los ofrecidos hasta el presente, con el fin de que esta fuerza, esta dimensión básica de la persona humana que es la sexualidad, deje de convertirse en una carga y en una trampa destructora para nuestras generaciones jóvenes, siempre impacientes de vida y de intercambio.

No se trata de hacer borrón y cuenta nueva, porque eso sería como afirmar que todo lo hecho hasta ahora haya sido un error y una mentira (aunque la ignorancia suele llevar a cometer más errores de los deseados y, a veces a tener que “contar mentiras” porque no se sabe dar auténticas razones). Ha habido, y no hemos de sentir rubor en reconocerlo, mucha ignorancia y bastante fanatismo (¿papanatismo pasivo, fiados en el argumento de autoridad?), pero también, y justo es reafirmarlo, se han inculcado valores como el “esfuerzo”, la capacidad de lucha y de espera paciente, el espíritu de entrega, la renuncia generosa para entregarse al colectivo..., y todo esto no podemos dejar que se vaya a la hoguera con la cizaña.

 

Durante siglos (demasiados) hemos mantenido al 50% de la población, el mundo femenino, sojuzgado, sometido, considerando a la mujer como un ser menor de edad, incapaz de autogobierno y autodecisión, y, gracias a Dios, esto se ha acabado; pero al tratarse de media humanidad, el cambio que supone la entrada imparable (casi en tromba) de todo este colectivo, rico en valores y en capacidades, conlleva un vuelco socio-cultural que hace tambalearse a muchos “edificios”, muchas ideas, muchos principios que durante siglos parecían fijos e inamovibles.

 

A pesar de todo, la realidad no es discutible y no se puede negar. Tenemos que afrontarla y propiciar los múltiples y nada fáciles reajustes, no permitiendo que nadie sea atropellado mortalmente. No hay duda de que se van a producir muchas “fracturas”; son inevitables y tendremos que “escayolar” lo mejor que sepamos; pero hemos de vigilar también y sobre todo para que no se produzcan “traumas” irreparables. Aquí ya va a ser muy difícil el uso de la “escayola”. El mundo de nuestra sexualidad forma parte de un todo cultural en el que están seriamente implicadas cuestiones tan vivas y renovadoras como el nuevo papel de la mujer en el mundo, la importancia y el sentido positivo del placer en la vida de cada uno y en las relaciones de pareja, el valor del cuerpo humano y las investigaciones sobre la regulación de la natalidad.

 

El mundo de la sexualidad humana está en el centro de este “maremoto” psico-sexo-socio-cultural. Debemos poner todos los medios para evitar el mayor número de errores. Los inmovilistas y los iconoclastas (dos caras de la misma moneda: el radicalismo fundamentalista y fanático), van a intentar aprovechar el momento para arrimar el ascua a su sardina, y acaso unos y otros intenten rompernos el acuario. Tales fundamentalistas deben topar con nuestra firme presencia, porque los que hemos tenido la suerte de recibir formación, además de haber vivido y sobrevivido en realidades plurales, a veces contradictorias, peinando ya canas, es decir, abastecidos de equilibrio y experiencia vital, no podemos dejar que esta ingente riqueza acumulada, esta historia personal y colectiva muera y sea estéril. Lo que hemos recibido, lo que hemos conquistado, no podemos llevarlo a la tumba, porque sería un crimen imperdonable el no ser generosos, el que no estuviéramos dispuestos a dejar el camino que han de andar nuestros hijos y nuestros venideros, mejor iluminado y señalado que lo tuvimos nosotros. Plantar árboles, sembrar las vías de luz y poner metas accesibles para los que vienen detrás de nosotros, es una de las tareas más nobles y dignas de un ser humano evolucionado y maduro.

 

Nos planteamos esta difícil, pero hermosa tarea con el deseo de ser fieles a la verdad y no acomodaticios a las contingencias o presiones históricas, al mismo tiempo que intentamos dar respuesta a las cuestiones sobre el tema que nos plantea de forma imperiosa la cultura de hoy, ciertamente muy diferente a la realidad de los primeros siglos de la era cristiana, a la del medievo, el renacimiento y hasta la edad moderna. Nuestros interlocutores ya viven, vivimos, en la pos-modernidad. Estamos en otras coordenadas, muy diferentes a aquellas en las que se plantearon los problemas cuyas respuestas hoy no nos satisfacen o no responden a lo que hoy sabemos y vivimos.

 

Casimiro Bodelón Sánchez, Psicólogo clínico, Máster en Sexualidad Humana