Estudios y trabajos >Casimiro Bodelón Sánchez

MÁS TRATO “HUMANO” Y MENOS “FARMACIA”, SI ES POSIBLE

 

 

 


Artículo de Opinión

La enfermedad mental, aunque parezca una perogrullada, es una enfermedad. ¿Por qué digo esto? Pues, sencillamente, porque cuando se habla de pacientes que están o han estado alguna vez ingresados en centros u hospitales psiquiátricos, una gran mayoría de la gente llamada “normal”, de alguna manera “compadece”, margina o desprecia a esos enfermos, a los que despectivamente se califica como <<locos>>.

 

A lo largo de la historia de la humanidad, han existido enfermedades y enfermos a los que se ha cargado con la “maldición” del desprecio y la marginalidad: la lepra, la peste, la epilepsia, la locura… y hoy, el sida. Cuando estudiamos detenidamente este fenómeno, siempre4 nos encontramos con que en la base subyace la ignorancia, teñida (para tranquilizar la conciencia personal y social) de matices pseudorreligiosos. Si el leproso o el enfermo mental, el enfermo de sida, el epiléptico… pagan las consecuencias de su “pecado” (¿?), o son viciosos poseídos del demonio…, rechazarlos casi resulta un acto de culto. Pero, realmente, no es más que un acto de incultura, que lleva a la intolerancia y a una conducta no más limpia que la de Pilatos. Éste pensó que con lavarse las manos también lavaba su mala conciencia. Una vez más, cabe recalcar que religión y creencia es algo más serio que simple ritualismo o folclore dominguero, sabático o del viernes (según el credo). La ignorancia y la incultura arrastran, generalmente, a estos atropellos, que son más lamentables cuando se intentan justificar poniendo a Dios como argumento o como escudo. ¡Dios!.

 

Cualquier enfermo, y muy especialmente los que sufren trastornos mentales, necesitan respeto y cariño, además de la farmacoterapia adecuada.

Todo ser humano, a sabiendas o ignorándolo, es (o puede serlo), en cuanto humano, ungüento y medicina para el sufrimiento de los demás seres vivos que le rodean. Su presencia serena y acogedora; la caricia de su mano o de su mirada cariñosa, distiende a cualquier ser (racional o irracional) crispado por el dolor, angustiado por el temor o desorientado por el extravío de su mente. A este respecto, el psicoanalista Dr. Balint dice refiriéndose a los médicos, pero todos nos lo podemos aplicar: “Nadie le ha enseñado las reglas en el manejo de esta droga que es él mismo, ni sus indicaciones o contraindicaciones, ni su posología o el modo de administración”.

 

Nuestros enfermos psíquicos (esquizofrénicos, depresivos, neuróticos, demenciados, con Alzheimer…) necesitan para su “soma” la química medicamentosa que compense las carencias de su organismo; pero su “psyque” también reclama de forma imperiosa la <<droga-persona>> que le proporcione afecto, compañía, presencia acogedora y compasiva; sin ambas aportaciones curativas, difícilmente la persona enferma encontrará mejoría en el descarrilamiento que sufre su proyecto vital.

 

La relación humana que establecemos con el enfermo, si es lo suficientemente profunda y con la calidad necesaria (¡), se convierte en un excelente catalizador-facilitador de mejora y, en algunos casos, de la curación.

 

Cualquier tipo de enfermedad produce una cierta ruptura del equilibrio psico-físico del sujeto paciente. La medicina psicosomática considera al ser humano como un todo, como una unidad de doble expresión: de psyque y soma. La enfermedad mental crea una ruptura en esa unidad de planos y, a partir de ahí, el ser humano flota en una realidad ajena (está “en-ajenado”, se dice) a la que vive el común de los mortales. Por eso es tan difícil establecer una “comunicación” adecuada entre ellos y nosotros.

Nos encontramos, pues, con un colectivo de personas a las que no se trata de marginar ni de hacer sufrir más de lo que ya sufren. Cuando de forma inconsciente usamos como insulto los términos: ¡subnormal!, ¡loco!, ¡lunático!, ¡esquizo!..., sin pensarlo, ahondamos en el mal de muchos de nuestros compañeros de viaje, nos alejamos de una verdadera comprensión de su desgracia, dejamos de ser saludables.

 

En temas de salud, que es vida con calidad (física, psíquica y social), todos podemos y debemos decir y hacer algo. Todos estamos comprometidos e implicados. No podemos dejar solos a los médicos, a las enfermeras y a los centros sanitarios, pidiéndoles que hagan milagros. Todos tenemos una enorme responsabilidad, tantas veces olvidada. Nuestra respuesta, además de llevarnos a mejorar la formación y la información, siempre escasa, ha de empujarnos a dar lo mucho de humano que cada uno lleva dentro de sí: podemos ofrecer apoyo, acogida, comprensión, compañía…, todo menos desprecio o marginación. Al menos, respeto, y, si es posible, atención mejor y más adecuada.

 

Entre todos, si mantenemos una mentalidad abierta y plenamente humana, conseguiremos, hoy para ellos y mañana para nosotros, un mejor trato, una mayor calidad de vida. Y que nadie se olvide de que no estamos libres del “descarrile”. Por eso, éste es un problema que debería ocuparnos y preocuparnos a todos sin excepción.

2ª Edición © Casimiro Bodelón Sánchez. León, 2006.